3 de julio de 2009

La costilla de Adán

1920. Miles de millones de mujeres entendieron en la última década que son más que simples máquinas de amasar y criar. Salieron a trabajar, movieron revoluciones, mantuvieron unidas a las familias, separaron a los que dañaban a los suyos y crearon desde cero su completo ser.
1930. Miles de millones de mujeres comienzan a pensar que quizás, solamente quizás, estaban erradas. ¿Qué más fácil que ser mamá, esposa o abuela? Después de todo, si te lo proponen, porqué no tomar el camino fácil para respirar.
1940. Miles de millones de mujeres ven como el mundo explota a sus pies. Y esta vez, a diferencia de las anteriores, no pueden lavarse las manos y asumir que simplemente la culpa es de los hombres: ellas se comprometieron, pero nunca pensaron que realmente tenían que tomar en sus manos las consecuencias y rogar que no fueran granadas a punto de explotar.
1950. Miles de millones de mujeres, agotadas de luchar por el más absoluto vacío y la más maravillosa de las parodias, deciden no ser más las valientes heroínas de la historia sin recibir a cambio más que mejores hornos y mayores responsabilidades.
1960. Miles de millones de hijas, mujeres, hermanas, madres, jóvenes, ven a sus madres, a sus abuelas, a sus profesoras, a sus tías, a sus referentes, y no se pueden ver. Se levantan, se entienden y se acompañan. Deciden que no sólo van a intervenir, no sólo se van a hacer responsables de las consecuencias, sino que además se van a quedar con los beneficios de lucha, de una vez por todas. Toman sus cuerpos, sus mentes y sus almas y deciden que les pertenecen, de modo tal que pueden utilizarlos cuando y como quieran.
1970. Miles de millones de mujeres, sudadas, sin dormir y perdidas en los logros y las pérdidas incalculables de la década del deseo, se pierden en todo lo que tienen y podrían tener. Y en todo lo que no tienen. La lucha interna y externa se refleja en la necesidad de ser fuertes e independientes, y ser felices. Difícil no saber que no iba a ser una guerra que duraría décadas.
1980. Miles de millones de mujeres no encuentran descanso para ser modernas. Libres, rebeldes y despeinadas. Acordes a una etapa en la que todo se reduce a ser destellante, el neón y la sobrepoblación excéntrica ocupa las calles de cualquier población más o menos abuindante.
1990. Miles de millones de mujeres se sienten empresarias. La economía se cae, se reconstruye y las deja ubicadas como el ícono de la contemporaneidad. Y la sociedad les deja al alcance de la mano la posibilidad que siempre desearon, la de ser hombres.
2000. Miles de millones de mujeres sienten que ganaron. Tienen derechos y obligaciones. Las mismas que décadas atrás solamente tenían los hombres. Saben que pueden acceder a las mismas posiciones y a los mismos beneficios que los hombres. Entienden que son iguales a los hombres.
2010. Con suerte, miles de millones de mujeres van a poder ver lo que yo. No somos iguales, no estamos paradas en el mismo lugar, no vivimos igual. Las mujeres tenemos las obligaciones de las primeras décadas del Siglo XX, con las del XXI, a cambio de obtener regulaciones que simplemente dejan aún más en claro lo diferentes y especiales que somos. La igualdad jamás llegó. Seguimos siendo las que nacieron de la costilla de Adán, las accesorias y las dependientes. Asumimos que algún hombre siempre va a estar para defendernos: nuestro papá, nuestro hermano, nuestro tío, nuestro mejor amigo. Preferimos dejarnos estar en la realidad de creernos iguales. Dejamos de lado la posibilidad de cambiar. Las luchadoras de la revolución revolucionan el planeta por la igualdad de los trabajadores, pero siguen usando tacos sólo porque la imagen lo pide. Cuando se enfrentan a otra mujer, luchan por la edad y la posición de poder y no por sus capacidades. Tienen miedo de quedar en descubierto, en lo débiles que muestran no ser y que realmente son.

Estamos criadas para tratar de ser hombres. Lo que tenemos que entender es que no lo somos ni debemos serlo. No creo en la igualdad marcada por los valores actuales. No creo en la discriminación positiva. No creo en la visión masculina de la sociedad para decirme cómo necesito que me ayuden. Creo en que no hay nadie mejor para decidirlo que las mujeres que ven las cosas como son. La igualdad proviene del hecho de que somos personas. Todos, todas. Hombres, mujeres, travestis, transexuales, hermafroditas. Heterosexuales, homosexuales, bisexuales, asexuales. Somos personas, con diferencias que nos hacen únicos y que obviamente requiere que nos tratemos con discresión. Pero no voy a dejar que decidan por mí qué necesito o hasta dónde puedo llegar. No lo permito con la política, con la ideología, con la moral, con la religión, con lo académico. Tampoco quiero permitirlo con mi posibilidad de vivir y soñar. Cada vez que tuve que tropezar o luchar por algo, pocas veces fueron las que un hombre se interpuso en el camino. La mayor parte de las oportunidades, fueron mujeres o yo misma y mi ideal de agradar, ser sensible y acatar mi posición de mujer en la sociedad. Por suerte, recordé que yo nací de un útero, como cualquiera, y que nadie me creó de ninguna costilla. Por suerte. O por mí.

18 de junio de 2009

Revolución

Suena un teléfono. Un hombre escucha su porvenir. Otro hombre ejecuta su destino y el de tantos otros. Un tercer hombre desata la tormenta.
Suena una alarma. Una voz amenaza a la muerte. Otra voz se alza por la muerte. Una tercera voz toma los silencios abandonados y bajo el manto tenue de la noche comienza a hacerlos sonar.
Suena un timbre. Una mano alza una bandera y la acompaña por la ciudad. Otra mano aparece por abajo y le roba la banderapara quemarla. Una tercer mano surge de los oscuro y enarbola el símbolo de la pacificación.
Suenan los truenos. Un par de ojos bien abiertos atraen todo el paisaje a sus retinas. Otro par se cierra para evitar cualquier posibilidad de ser heridos. Un tercer par pestañea con la única finalidad de aclarar la visión y comprender el panorama.
No suena nada más. Un hombre se levanta. Otro hombre lo acompaña. Un tercer hombre entiende que la Revolución ha comenzado.

14 de junio de 2009

Capricho*

Tengo algo para contarte: ayer descubrí lo que es el capricho. Es una mezcla de obsesión con ausencia, que con un poco de paciencia puede incluso parecer amor. Es como una semilla, que parece de rosal, pero que no es más que de potus. O de hiedra, si tuviera. También descubrí lo nefasto del capricho: su capacidad de pintar todo de negro. El capricho es un par de orejeras que nos enfocan detrás de una liebre que, si tenemos suerte de alcanzar, nunca entenderemos para qué la perseguimos alguna vez. Desaparecen nuestros planes y deseos, nuestros ideales, nuestros instintos asesinos, nuestros frenos de mano; desaparece todo lo que hasta el momento de que nos acribillara ese capricho parecía absolutamente primordial.
El capricho es la neblina de la madrugada. Con suerte y un poco de viento a favor, por la tarde no queda rastro de ella sobre nosotros. Y está en cada uno aprender durante ese período de paz el camino que trazamos, porque es probable que en cuanto nos levantamos, vuelva a cubrirnos esa espesa neblina, dejándonos cegados y encaprichados.

8 de junio de 2009

Cuando dejó de llover (y comenzó a granizar)

Te dejé mientras me iba, aunque me decías que no.

Me rogaban tus ojos que me quedara siempre.
Escuchaba tu voz agotando mis oídos por piedad.
Corrí escapando de tu pedido de misericordia.
Te dejé mientras te quedabas, tan simple.
Sentía tu corazón quebrarse por la espalda.
Me alejé con el miedo a lo desconocido en mis hombros.
Suspiré por lo imposible y así te dejé, por primera vez.
Te dejé miles de veces, te dejé de pie, de rodillas.
Repetimos la escena cientos de veces
y cada vez más, esos imaginarios encuentros
se convertían en táctiles para los dos.
Te dejé una mañana de lluvia con la tormenta detrás.
Te dejé mientras no estabas, mientras escapabas.
Te dejé sin dejarte, cuando nunca te enterarías.
Te dejé como no se puede: sin dejar de quererte.

5 de junio de 2009

La imposible tarea de juzgar a un libro por su portada

Cómo creer en lo que se ve si al final, por detrás, aparece un nuevo halo que demuestra que todo no es lo que parece. Viví intentando confiar en lo que el mundo decidía mostrarme, pero ni siquiera se tomó el trabajo de mentirme con su disfraz. Imposible juzgar a un libro por su portada en esta sociedad, porque esas portadas, la mayor parte de las veces, no tienen nada que ver con el contenido del libro.
Ribetes de oro, gráfica impecable y letrística digna del medioevo cubren por completo conjuntos de hojas que muchas veces serían más fructíferas como hojas en blanco.
El problema no surge de aquellos libros necios, reiterativos, funcionales a la sordera moderna. El problema resalta y se define, volviéndose un cartel de neón en una noche en el desierto, cuando la mentira "portil" se subyace en los libros que acompañan la esperanza, la libertad, el cambio. Miles y miles de páginas llenas de tinta y vacías de realidad predican e inspiran en hombres y mujeres ansiosos de felicidad, una serie de máscaras aislantes, que tras sus brillantes cristales de revolución, duermen los sentimientos más ideales e imaginativos del sistema actual.
Entonces, nosotros, los intrépidos, los mágicos, los soñadores, abrimos estos libros con la intención de sumergirnos en tan maravilloso océano. En en cuanto logramos la profundidad, que notamos que el agua cristalina es más bien petróleo frío; la vegetación colorida, chatarra de pintura; la fama maravillosa, burbujas de sumisión. Y una vez tan profundo, ya no podemos salir y nos resignamos a hundirnos lentamente, ahogándonos en la tristeza.
 

2 de junio de 2009

Si...

Si pudieras aparecer ahora,

serías sordera.
Si quisieras salvarme ahora,
serías ceguera.
Si estuvieras a mi lado,
serías la muerte.
Si supieras cómo revivirme,
serías amnesia.

Crees que sabes quién eres.
Crees que sabes quién soy.
Crees que sabes lo que necesito.
Crees que lo sabes, pero
si lo creyeras, serías mi alma.

30 de mayo de 2009

Su perfume

Cuando me arremetió nuevamente aquella mañana, me tomó por sorpresa y no me dio siquiera tiempo para rearmarme y contraatacar. Desde mi derecha, aquel acompañante ocasional de subterráneo me atacó de golpe mientras mediaba un sueño pseudo conciliado entre la realidad y yo. No sé cómo se llamaba, de qué color eran sus ojos, no recuerdo ni siquiera bien el color de su pelo. Pero si inspiro profundo mientras con los ojos cerrados trato de ver, puedo rememorar la esencia que no pude dejar de lado. Esa mezcla entre red de pesca y trampa de cazador, hicieron en mi mente soñolienta una especie de solución inseparable, donde cada una de las partículas que se acercaban a mí no hacían otra cosa más que agrandar mi confusión. Sin que se diera cuenta, y con la sutileza de una cascabel, retome esa inspiración, ahora tratando de que todos los sistemas que componían ese perfume alcanzaran lo más profundo de mi alma. Entre la ilusión y la certeza de lo imposible, todas las sensaciones de esperanza y tristeza se alojaron en mi espíritu, llenando mi corazón de insoportable turbación. Y es que era, sin lugar a dudas, la primera vez que sentía que mis pulmones, otrora tan potentes, no eran lo suficientemente amplios para recoger toda su magnificencia; la primera vez que mi sentido del olfato no era lo suficientemente perfecto como para entender cada una de sus cualidades, de sus respuestas a mis preguntas, de sus intespestivas aclaraciones y, sin lugar a dudas, de su inevitable significado.
Diez estaciones más tarde, el perfume se fue. Mientras la estela que lo hacía inmortal tanto en el vagón como en mi mente, oscilaba entre el placer de saberse invencible y la desidia del amor que no requiere esfuerzo alguno, su imagen vino a mi mente y la confusión que reinaba en ella se volvió aún más tormentosa, si eso pudiera ser posible. La moral, las buenas costumbres, la religión y el sentido de la culpa atacaron cada una de mis células y sintiendo que el piso se movía bajo mis pies, una agradable mujer me ofreció su asiento. Un caramelo surgió desde algún alma caritativa y mientras las cien personas que compartían ese viaje conmigo creían que mi problema era físico, yo repasaba cada una de las sensaciones que ese aroma había producido en mí. Es que en el fondo, más allá de mi insalvable muralla, yo sabía que ya no podría dejar de invocar su imagen frente a su perfume, su sonrisa frente a su carcajada, su canto frente a su voz, nuestra incoordinación frente a mi sentir. Porque en ese momento entendí que era su perfume el que siempre, siempre, me llevaría a él en todo momento, en todo lugar. 

24 de mayo de 2009

La similitud de llamarse Paula.-

Caminó hasta el subte como cada vez. Bajó a la terminal y subió al vagón. Miró cómo cambiaba el paisaje inerte y guardó esas imágenes en la retina de sus ojos miel. Sin contar las estaciones, supo dónde bajarse y porqué, aunque hacía rato que dormía como no había podido dormir en toda la noche. Cruzó el pasillo que la separaba del siguiente andén, y una vez allí se paró en el borde, segura de sentir el viento en su pelo suelto, una de las pocas cosas que la hacían sentir viva. Incluso si el subte jamás llegaba, los sábados la hacían sentir una persona completamente distinta. Las puertas automáticas se abrieron y caminó hacia el tren que con la más hogareña comodidad la esperaba en esa cálida mañana de mayo. La música cruzaba sus sienes dejando a su paso la paz que sólo la brisa otoñal esparce sobre las ramas de los ejemplares arbóreos mientras se deshacen felizmente de las ya marchitas y obtusas hojas cobrizas. Justamente, quizás como una parodia del destino, todo su camino había simulado un atardecer permanente, detrás de los antojos de sol marrones que la acompañaban a todos lados y que la proveían de la fachada de mujer dura que la escoltaba a donde fuera. Las puertas automáticas se bajaron a la orden de “You don’t love me/Baby, You’ve hurt me” y Paula pisó la nueva plataforma con los ojos de los pasajeros clavados en su nuca, que más allá de su conocimiento, jamás correspondía. Caminó a paso seguro por el pasillo que la separaba de la calle y subió por la escalera fija que acompañaba paralelamente vacía a los cientos de personas que avanzaban en su quietud cada vez más retardada por la escalera mecánica. “Los porteños no cambian más – pensó -. Al final, tardo menos yo con mis piernas cortas…”.

Caminó desde el subte como cada vez. Pero esta vez, todo era distinto. Él ya no estaba allí, en su mente no existían ni podrían existir más príncipes ni sapos. El azul se desteñía con cada paso que daba, tiñendo todo a su alrededor, mientras abandonaba su propio corazón. Parecía una mañana de cuento, de primavera, casi casi de mentira. Sonrió para sus adentros, escondiendo allí también una lágrima. Levantó la mirada para encontrarse con la de él, el nuevo extraño que durante una fracción de segundo cambiaría el mundo con sus ojos. Él la volvió al piso, ella la mantuvo en el horizonte que la ciudad le negaba. Siempre aparecería otra, y se repetiría la escena, y lo sabía. En el entretiempo, simplemente bastaba con seguir caminando. Porque lo que Paula finalmente no podría ya evitar era su negación a confiar, a creer, a amar. Él se había llevado sus cualidades más preciadas, y aunque la vida parecía vacía sin ellas, su cobardía y delicadeza eran demasiado grandes como para dejarla desaparecer. En ese camino, como cada mañana, el horizonte invisible le permitía seguir avanzando, con la certeza de su frialdad, de su inteligencia y de su atracción. Y junto a él, saber que nunca podría abandonarlo, porque como alguna vez había escuchado “no se deja a quien se ama. Cuando uno lo abandona, es porque ya no lo ama”. Ella jamás lo iba a abandonar, pero difícil era estar a su lado si él prefería matarla en vida. 

16 de mayo de 2009

El desatino del destino

Terminó de hablar pero realmente no lo noté. Dos horas habían pasado desde la última vez que había mirado el reloj, y aunque mi costumbre era chequearlo cada cinco minutos más o menos, durante ese rato no existió un segundo en el cual me acordara que existía ese reloj en mi muñeca, que existían esos segundos pasando, ni siquiera de que esos momentos en realidad eran momentos de otra, momentos que no me correspondía tener. Le sonreí contestándole algo que sin lugar a dudas tenía sentido respecto de lo que había estado diciendo, pero no respecto de lo que yo sentía.  Él se rió de mi torpeza para respirar, mientras yo me reía de su brillantez y de lo simpático que se veía con su bufanda bohemia y su sentido de la pasión inextinguible. 
Retomó su discurso del conocimiento, y mientras recorríamos juntos culturas que me eran claramente desconocidas, pero que le eran claramente propias, yo sentía que tomaba mi mano y me guiaba con su fuerte andar, mostrándome paso a paso cada una de las baldosas a pisar, para evitar mojarme con el agua acumulada debajo de las piezas flojas. Veía cuadros, escuchaba canciones, desentrañaba pensamientos y filosofías con la facilidad de quien conoce un idioma de nacimiento o de quien es ungido con cualquiera de los dones que un ser humano puede tener. Recorríamos pasillos angostos poblados de personajes fantásticos y reales, reconocía a todos aquellos que le hablaban en ruso mientras los valores de religiones que me eran extrañas se inmiscuían en su relatar. Llegó a mostrarme Rusia, China, Japón, Kazajstán, Italia, Francia, Arabia, Israel, Estados Unidos y su propio planeta. 
Otra vez se rió de mi fascinación, una fascinación inocultable e indescriptible, de aquellas que sólo los más valiosos hombres y mujeres pueden recibir de cualquier ser que las rodee, por más pequeño que sea. Se sorprendió cuando finalmente mi raciocinio volvió a tomar control de mis actos, y en un sorpresivo movimiento de manga leía mi reloj de pulsera, cada vez más blanco, cada vez más molesto. No creo que le haya molestado mi obsesión por el tiempo perdido, sino su inoperancia ficticia para lograr mantener mi atención eternamente en su ser. Lo que él no entendía, no sé si por su juventud, su ignorancia sobre mi persona o su avasallante necesidad de entender todo lo que lo rodeaba, era que jamás podría ya perder la atención que de mi parte había atrapado. 
Lo único que lograría apartar de él mi decisión de no perder su compañía era el conocimiento de la existencia de ella. La que siempre destruye todas mis intenciones y hacer desvanecer cada una de mis ideas. Ella, que me antecede, me anticipa y me gana de mano en cada uno de los mano a mano que tenemos. Ella es indiferente a mis necesidades y constante en leer mis deseos para adelantarse y deshacerlos cuando yo los creía posibles. Ella, la que no es otra más que la inoperancia del destino, la falta de ubicación de mi sexto sentido, la ignorancia de mi corazón. 
Mi mente volvió a funcionar como se suponía. Dejé de reír  y sonreír a sus historias y conocimientos y comencé a verlo como a cualquier otro profesor. Miré ahora varias veces mi reloj, cinco veces en media hora de hecho. Creo que él no lo notó, se había abandonado a saberme confluida en su soberbia. Finalmente, hizo una pausa. Tomó aire. Llenó sus pulmones con todo el aire que parecía no existir a mi alrededor y con la más calma gesticulación se quedó en silencio. Y es que, los velorios nunca son entretenidos, y menos cuando la difunta es la esperanza de volver a amar. 

12 de mayo de 2009

La era del hielo

Me encuentro sentada omnubilada frente a la pantalla de mi computadora pensando en que falta una milésima de segundo para que mi cerebro explote, no sé si por el dolor de cabeza o por la falta de coherencia que la vida me hace observar. La gripe me ataca de la manera más feroz. El peligro de estar seriamente siendo burlada por Cupido creo que es más virulenta aún. 
La nariz tapada, los ojos hinchados, la cabeza tamborileante, el silencio atosigante. Todo me hace creer que puedo estar contrayendo la peor de las pestes habidas y por haber en la historia de la humanidad pero, claro está, sólo la etapa sintomática (y la más dolorosa) va a poder resolver esta duda.
Leo anonadada que el amor aparece como parte del léxico de la persona que no puede amar. Y aún más sorprendida me doy cuenta de que yo, la diosa del romanticismo sin sentido tiene que ver al mismísimo Adán hablar filosóficamente de amor y sacrificio en la era del hielo. No entiendo porqué yo soy la que tiene que soportar semejante ataque a mi idolatría por los sentimientos más dulces, mientras a mi alrededor se construyen miles y miles de castillos llenos de hadas, princesas y príncipes que más que caballeros parecen adoradores de las emperatrices que los adoran. 
Mientras en mi mirada se confunden los miedos, la ignorancia, la sorpresa, el dolor y el rencor más extenso. Yo ya no sé si pienso, siento o escupo dolor. Me cruzo con la sorpresa de ver que el amor me esquiva. Y para colmo, osa burlarse de mí, como si Dios hablara con un Obispo por medio de la más poseída de las mujeres. Sonrío, como si alguien me viera, pero nadie me ve. En cuanto recuerdo que nadie me ve, las lágrimas se escapan, más allá de mis intenciones. En el recorrido que llevan, en el placer que descubren a su paso dejo un milenio más de la vida de mi corazón. 

Ya no hay más que hacer. La última palabra está dicha. No hay misterio en ser la encargada de perder el amor. 

8 de mayo de 2009

MANIFIESTO POR UNA NUEVA REALIDAD

Me rehúso a creer que la Era Dorada de la Inventiva Post Moderna ha terminado. No puedo entender que todos y cada uno de los presentes en este momento en el Planeta se instalen en la facilidad de la ignorancia, la ignominia y la delicadeza del no ver. Acobardados detrás de los escritorios de su permanente reiteración de estupidez encuentro agazapados sueños, poesías, actuaciones, milagros de la bohemia súbitamente abandonada por la juventud contemporánea. El siglo XXI ha decidido que lo importante viene en frasco etiquetado, y simplemente nuestras vidas se han transformado en una gran caja registradora, por la que nuevos y cada vez más sorprendentes productos que agotan lo poco que residía en nosotros de la antigua y abandonada “imaginación”. No hay lugar en nuestras asediadas agendas para convertir lo que queda en ellas de ocio en producción real: leer, escuchar y observar cada vez más internamente, cada vez más consciente y oníricamente, es la salida y el escape de nuestras rutinas y nuestros calmos y organizados procesos de existencia. Y sobre todo, especialmente, crear.

Las mentes modernas, que completan y construyen el espacio de sobrevivencia de este Mundo y en particular de esta sociedad, han contribuido por su experiencia, su existencia o su planificación y evolución, a destruir la posibilidad de formar un sistema de valores reales, basados en la felicidad de todos, más allá de la egoísta idealización de sus objetivos. La revolución del éxito se contrapuso con la rebelión del arte y las almas libres, y la empresa conservadora de mantenernos inocuos al cambio se llevó a cabo sin ninguna baja, sin ninguna piedra que siquiera la hiciera temblar.

Creo que somos las víctimas de esta manipulación mental y sentimental que llamamos “evolución”. Creo que somos los vividores de un excremento social que nos presentan como milagro u oasis urbano. Creo que somos los que fabricamos nuestra propia identidad de muñecos de trapo. Creo que somos muchos más de los que creemos ser: alcanza con mirar por la ventana del colectivo, por la retina del ojo que transportamos, por la voz del que pide una moneda, por la insensibilidad de quien ocupa una realidad que no le es propia y que robó sin pensarlo dos veces. Creo que somos los que pintamos las canciones del futuro, los que cantamos los poemas del misterio a venir, los que escribimos las líneas que perfilan los senderos que recorreremos, los que cada vez con más énfasis dejamos estampado en el corazón de esta publicidad circular llena de individuos la necesidad de recuperar lo que alguna vez nos convirtió en seres distintos y nos paró en dos patas: la necesidad de desarrollarnos. Estoy convencida de que los bohemios, los artistas y los reos; los abogados, los médicos y los contadores; los nuevos, los de siempre y los viejos; los milagrosos, los adictos y los ineptos; los astutos, los zarpados y los abandonados; los que saben qué hacen en esta vida y sobre todo los que todavía no, les importe mucho o no tanto; todas las personas que acompañan el andar de la que se cruzan en la calle son responsables de cambiar esta realidad, de crear una nueva realidad. Una realidad de pensamientos, entendimiento, igualdad, comprensión y destreza creciente.  Somos. 

23 de abril de 2009

Si te acordás.

Si te acordás, todo parece tan lejano. Y es que, detrás de tu imagen no queda más nada. Y delante, el vacío más absoluto. 
Si te acordás, preferís dejarlo en la nebulosa. Ahogado detrás de los miedos y las verdades, detrás de todas las cosas que no podés dejar atrás.
Si te acordás, lo sentís tan cierto que asusta. Rompés todos los límites llegando a sentir el Napalm sensible en tu miocardio.
Si te acordás, mi querido, verás allí el destino perdido. No quedará otra opción que intentar recuperar el tiempo dormido.
Si te acordás, te sorprenderás de encontrarlo. Debería haber desaparecido, pero no existe droga para olvidar semejante dolor.
Si te acordás.

No importa cuánto lo intentés, el amor no existe si no te acordás.

25 de febrero de 2009

Palabras Sinsabor

Me contaron una vez

que no hay amor del amor después
que no existen los porqués
y que si te acordás, ya no me ves

Me dijeron al pasar
que por mí hoy no lo harás
que no hay río por alzar
y que el francés es un amor más

Es que no creo en tu música
mundo perverso, no vuelvo atrás

Escuché de un señor
que no oye más el corazón
que no queda escape al dolor
y que sigo esto porque tengo compasión

Me contaron otra vez
que no hay más once ni seis
que dejé mis lágrimas en tus pies
y que no tengo más sentimientos para perder

Cuando parecía que el sistema estaba
todo se cayó con tu voz.

Sabés que te estoy cantando
Yo sé qué es lo peor
Lo peor se esconde en mi alma,
lo peor es el rencor.
Cada segundo que se pasa
me queda menos perdón.
No sé si es el clima, la lluvia o la calma
No sé si hay temor.
Sólo quiero que sepas ahora
y no lo olvides más.
Mi vida no es tiempo perdido
y por eso no te espero más.

19 de febrero de 2009

Dando vueltas.

Mientras una canción sonaba por detrás de mis sienes, Rita sonreía al ritmo de una tonada gallega que nada tenía de torpe. Las letras se dispersaban por el cuarto y un halo de terror rodeaba todo aquello que parecía infernal y caluroso en aquella refrigerada habitación. Unos cuantos minutos más tarde, era otra la imagen del mismo espacio, y Rita ya no sonreía, sino que dejaba entrever lo que sus ojos querían gritar pero su mente no dejaba escapar: el pavor de conocer la verdadera soledad.
En otro lugar del mundo, más lejos o cerca según se lo mire, Felipe describe al peor de los pecados como el mejor de los inventos, y ahora que cree en lo que vende, convence al resto del Universo de que aquel mágico producto no es más que la nueva creación bajada casi por el mismo Salvador para la solución de todos nuestros problemas. Un par de canciones después, Felipe entiende que si no fuera por las multitudes que convoca y los millones que estafa, ninguno de los segundos que dura su vida sería mucho más útil que el de una gota de agua salada agregada al mar.
Días después, en la misma habitación, Rita supone que nada puede caer más bajo que su vida en ese mismo instante. La ignorancia de cómo sobreponerse a la impotencia de no saber manejar el poder la llevan a pensar que nada ha cambiado, que no importa lo mucho que se esfuerce, todo termina en el hecho de que no puede hacer nada para retenerlos junto a ella. Él, por otra parte, ostenta todo lo que ella jamás tendrá ni querrá para ostentar: la desidia, el poder, la soberbia y la mayor de las frialdades para arrancar de los brazos de una madre a sus hijos. Ya no hay tonada gallega que alegre, sino pasajes a Barcelona que destruyen el alma de una mujer más fuerte que cualquier diamante. Ya no hay melodía sincera que haga sonreír, sino notas sueltas que permiten lagrimear como si no hubiese otro día por delante.
Años después, el producto se ha vencido. Felipe entiende que lo único que requería la felicidad era destrozar unos cuantos miles de personas que se lo merecían bajo la exucsa de su propia estupidez. Y es que, como buen abogado, sabe que nadie puede alegar su propia idiotez como causal de invalidez frente a la insatisfacción de haber cometido un error. Sonríe para afuera, llora para adentro. Ya no hay forma de escapar a la culpa que lo rodeara y destruirá en lo que le queda de vida. Quizás los caballos de fuerza y el sonido de sus exóticos tucanes le permitan reforzar su alma al punto tal de liberar toda la penuria que lo acongoja.
En un bar de un barrio cualquiera, en la peor de la ciudades, en el mejor de los mundos, Rita y Felipe se encuentran tras haber dejado atrás, en un puente, la posibilidad de solucionar de la manera más fácil todos y cada uno de sus problemas. Rita lo conoce, Felipe también. Saben lo que va a pasar ahora. Saben que ya nada va a ser igual esa noche. Saben que la gira empezó. Saben, mejor que nadie, que ya no hay vuelta atrás.

16 de febrero de 2009

De cómo la esperanza que quedaba se transformó en la tristeza que faltaba

Y cuando menos lo esperaba, él apareció. Era una mezcla agridulce entre mis ganas de saber que pensaba en mí y esa decisión de dejarlo atrás que tantas horas me había llevado tomar. No lloré, no pataleé, no me asusté, no hice nada. Eso fue todo, no hacer nada más. Lo vi, eran cuatro líneas, un mensaje y todo lo que sabía él que me iba a transformar en la persona más desdichada del mundo. Inquieta frente a la pantalla, atiné a hacer lo que cualquier mujer en sus cabales haría: recurrir a otra mujer aún más complaciente con el amor que una misma. Así sin esperar un segundo y gracias a la inmediatez de Internet, mi pena ya no era solitaria, sino que la había compartido con la más nueva y romántica de mis amigas. Aunque ella me intentó convencer sobre la posibilidad de que él no fuese así de insensible y vulgar, en el fondo yo sabía que el único que me conocía lo suficiente como para saber qué y cuándo hacer para convertirme en una idiota era él. 

Y cuando menos lo esperaba, ella apareció. Un par de palabras me hicieron que creer que había otro ser en este mundo que se interesaba por mí como sus ojos lo habían hecho una vez. Volví a pensar por una milésima de segundo que uno de los tanto príncipes azules que daban vueltas por este mundo en realidad podía ser lavado con agua hirviendo y sobrevivir. La esperanza de volver a encontrar la felicidad justo en el momento en que no creía más que en el dolor se volvió tan abismal como el tamaño de la descepción cuando me explicó que era una tonta por leer entrelíneas cosas que no existen. Supuse que era otra vez el momento de encontrarme con el infierno de mi propia desazón y con el destino de solterona que me aguardaba drásticamente.

Y cuando menos lo esperaba, la esperanza que me quedaba en el corazón, la idea de que en realidad la muerte es de lo único que no se vuelve y de que una vida näif donde el amor después del amor te reviva es posible, se transformó en la tristeza que faltaba para convertirme en la mejor de las abogadas, en la peor de las personas, en la más egoísta de las mujeres, en la más insensible perra que jamás se ha visto. 

- Mucho gusto, encantada.

13 de enero de 2009

El nacimiento de un amor no correspondido

Calle Corrientes. Enero de un año cualquiera que empieza como todos los anteriores: con calor. De hecho, creo que el Diablo dejó Buenos Aires para irse a un desierto más fresco. Detrás de esta ventana, todo parece más simple. Los hombres son hormigas y el aire acondicionado impone un ambiente de confort y comodidad que ningún hombre, porteño o no, está dispuesto a dejar pasar. Mientras un grito mudo se ve tras la ventana, seis metros en el vacío, yo escucho una conversación que jamás hubiese existido si no fuera por este ficticio paraíso primaveral.
Una damita (apodo que amablemente le regalo a una bebé que no tiene más años que la TV satelital ni más experiencia que la de mi abuela con internet) sonríe frente a la barrabasada que un señorito (otro apodo que también regalo, no ya porque me cause una impresión de ser mayor de lo que es, sino porque no creo que nunca pueda pasar de eso) escupió tal cual llama de apodos pocos felices. 
Pero esto no es lo más interesante, sino el diálogo de gestos que este diálogo entre vergüenza y desvergüenza impidió que observara el citadino estándar. El insulto halagador fue acompañado de una mirada descendida y trunca que solamente implicaba la mentira que lleva al amor no correspondido. Los cachetes sonrojados y la media sonrisa completaron el panorama del primer enamoramiento de aqulla pequeña niña, más pequeña y niña ahora que nunca.
Detrás (o delante) de toda esta escena, yo. Junto a mí, mi incapacidad de advertirle a esta damita lo que ocurriría. Junto a mí, mi inutilidad para ayudar a este señorito a no cometer el peor de los errores. Es que yo parecía un pequeño anexo a esta situación donde la protagonista no era otra que mi impotencia: ellos saben que los observo, yo sé que ellos están a punto de cometer el peor de los pecados. 
Termino de escribir esto mientras se alejan volviendo a meterse en el infierno que en este momento se convirtió Buenos Aires. Y es que, de toda la situación, lo único que me parece adecuado es este movimiento. Porque el Diablo parece jaber decidido volver a la ciudad porteña. Y qué mejor escenario que los habernos para congraciar el nacimiento de un amor no correspondido.

12 de enero de 2009

Ojos en la nuca.

Silencio detrás de las paredes que me rodean. Pareciera que me adentré en una selva absurdamente trastornada. Si alguien leyera esto sin conocerme, creería que soy otro más de los tantos héroes de la literatura fantástica. Si alguien leyera esto conociéndome, sabría que no soy más que otra de las tantas víctimas de los villanos de la literatura fantástica.
Mientras la jungla de neón que me rodea parece ser cada vez más extensa, escucho con cuidado los ruidos que significan que jamás saldré de aquí. Siento, a mi derecha, el clamor de unas campanadas que parecen más rocío de enero que tormenta de otoño. A mi izquierda, por el contrario, lo único que veo son pequeños entes que, como si no estuvieran, me miran a los ojos atravesándome, como si no les fuera útil a sus necesidades. Lejos, en el horizonte, diviso un monstruo de enormes dimensiones, estruendosos gritos y patéticos intentos por sobrevivir a este infierno que llaman ciudad. Adentro de él, lo único que observo son todas las víctimas que, como alguna vez lo fui yo, creyeron en su dulce sabor a modernidad y avance.
Lo único que realmente me preocupa en mi andar es mi espalda: siempre creí que la gran deficiencia del hombre es no tener ojos en la nuca. Por suerte, una de esas tantas decisiones de la naturaleza de otorgar las mismas posibilidades a todos sus hijos impuso que ningún animal tuviera ojos en la nuca. Por suerte, el hombre cada día más dedica su vida a destruir las decisiones naturales mediante la genética. Ya seremos animales perfectos, ya tendremos ojos en la nuca. Mientras tanto, lo suplantamos con la paranoia, el pánico y la desconfianza. La violencia también ayuda a destruir esa sensación de indefensión.
Pareciera que la selva no tiene fin, y que los peligros que enfrento a cada paso son incontables. Sin embargo, cualquiera que luchara junto a mí creería que las esperanzas en este caso son lo primero que se pierden. Es que pareciera que no hay ningún escape, ninguna forma de sobrevivir a esta aventura. De todos modos, creo que yo tengo la posibilidad de vencer los habernos que me enfrentan y todo lo vale cuando el precio es tu propio hogar.
Como dije al principio, quien me conociera sabría que soy víctima de esta selva y no héroe de ninguna clase. Soy el producto del destino, de un destino que creó en mí al más terrible de los engendros, al más odioso de los monstruos, al más vil de los animales. Una de las tantas víctimas de este planeta de villanos, donde lo más valioso es lograr luchar con todo el resto. Y es que cuando se tienen ojos en la nuca, la vida es más fácil. Y es que cuando no se tienen, es momento de crearlos.

10 de enero de 2009

Hay cosas más fuertes

A veces parece que el camino está empedrado, y a veces que ni siquiera hay camino. Uno encuentra escollos que muchas veces parecen más grandes y molestos de lo que verdaderamente son. Entiendo que las sombras pueden jugar malas pasadas a la vista de unos ojos no acostumbrados a un camino oscuro, pero es cuestión de aprender a mirar. 
Cuando la noche parece haber ganado al sol el espacio que es camino nos presenta, existen pequeñas linternas que tratamos de encontrar para hacer un poco más llevadero el andar. Hoy desucbrí que esas linternas no son otros que los buenos amigos. 
Los buenos amigos no son ni los más antiguos, ni los más valientes, ni los más compañeros. No señor. Los buenos amigos son esos que a uno le hacen sentir el corazón lleno cuando está completamente vacío. Los buenos amigos son los que cuando uno siente que todo se cae abajo, que el mundo se compone de silencios y mentiras, nos vuelven la creencia de que en realidad no todo es tan gris y triste. 
Hoy entendí que después de veinte años, por primera vez en mi vida tengo amigos. Creo que si no me equivoco tengo tres. Sí, ahora entiendo esa teoría de que a los amigos en serio se los cuenta con los dedos de una mano. Y como en estos días difíciles me hicieron entender que aunque todo parezca imposible, tenés que creer que hay más gente como ellos, quiero nombrarlos y saber que son mis cosas más fuertes:

Sanfran

Carla

Juli

Bender

Porque se bancaron mi mal humor y mis locuras. Porque me hicieron sentir que nunca se está tan mal. Gracias.

7 de enero de 2009

Lo idílico es la fantasía de lo real

Vivimos, comemos, mamamos y morimos por una serie de ideales que en todos los aspectos de la vida se convierten en nuestro imaginario de la realidad. Creemos que en cuanto queramos lo podemos dejar y volver a tierra, para aceptar que en realidad vivimos en un mundo que no es perfecto en ningún aspecto y en el cual nosotros no vamos a ser la excepción. Lo que no entendemos es que en el siglo XXI, la voluntad de volver a la vida habitual ya no se encuentra en nuestras manos. Somos adictos de la perfección, pero no porque queramos sino porque ya no nos queda otra opción frente a la imposibilidad de alcanzar cada vez más placer del mundo real. 

Somos los seres más brillantes de todas las épocas: tecnologías, drogas cada vez más placenteras, enfermedades cada vez más conocidas, remedios cada vez menos abarcativos pero más efectivos, especializaciones cada vez más útiles para ocupar espacios sin hacer nada. Y sin embargo no sabemos todavía cómo solucionar la adicción al placer extremo que muchas veces llamamos fama o poder. Para sentir que por lo menos la aplacamos mínimamente, la atacamos con ideales que nos convierten en máquinas de alcanzar lo inalcanzable, cada vez más eficientes en el arte de la frustración. Quizás sería todo más fácil si fuéramos realmente máquinas, robots o como quieran llamarlo. 

Los sentimientos también han sido idealizados: queremos el amor eterno, la amistad incondicional, la familia perfecta, la gloria infinita, el reconocimiento máximo, la felicidad íntegra e interminable. Morir apacible y aburridamente, vestidos de gala en una cama perfumada con una sonrisa maquillada. Vivir detrás de una sonrisa hipócrita que permanentemente mantenga felices a los demás y a nosotros mismos bajo la fachada de un "Un mundo feliz". Y es que Aldous Huxley tenía razón cuando imaginó que el planeta ideal de la humanidad moderna era un espacio donde las sensaciones se cubrieran de drogas, los hijos fueran reproducción industrial de la especie y el trabajo y el alimento no constituyeran más que un espacio mínimo de la porción que ocupamos en ser responsables. Restrinjamos esta imagen de un mundo fantástico a la realidad actual: el alcohol, cigarrillos, fármacos, drogas de toda índole, "shopping", TV y trabajo hasta cubrir todo lo que el día nos permita aplacan cualquier ínfima posibilidad de sentir; los hijos se eligen en África, Asia o el primer lugar del que la última tapa del New York Times haya comentado que esta en extremo estado de destrucción, pero por supuesto siempre que sean bonitos, fotogénicos y simpáticos a la cámara; y finalmente, somos responsables por la inanición que conduce a la fama y la vagancia que constituye el máximo esplendor de las celebridades. 

Nos hemos formado en una de esas sociedades que ni el peor de los futuristas ni el más osado de los iluministas podría haber imaginado. Nos rodeamos de adultos que creen ser los más aptos para dirigir el mundo, cuyos conocimientos son supuestamente los mejores y sus ideas las más útiles para un mundo mejor. Lo que nadie dice es que fue esta generación de adultos la que construyó este mundo, en el cual lo único que se ha buscado es dicha perfección.

Somos el resultado de una historia basada en alcances de placer y perfección. Nos toca cambiar esto para que nuestros hijos y hermanos puedan vivir lejos de esta infelicidad que a muchos nos rodea. Y es que lo idílico es la fantasía de lo real. Salvo en el siglo XXI, donde lo real parece ser idílico.

2 de agosto de 2008

Andrómeda

Andrómeda estaba todavía demasiado lejos y aún así parecía más cercana que su mirada. Con sinceridad le pregunté por sus sentimientos, pero para variar, no dijo nada. Me dejó con la intrida y la curiosidad insoslayable que nos convierten en los más completos humanos. Y así, detrás de esa pregunta sin respuesta me quedé yo, atento, esperando de ella lo que una mujer es incapaz de regalarte: honestidad.
Ahora Andrómeda parecía haberse acercado unos cuando miles de kilómetros. Me hizo recordar que el viaje se acababa y una vez más le cuestioné su alma. Ella, ahora un poco más compasiva, me miró, pero reiteró el ya conocido silencio. No sé si era conciente del arma que estaba utilizando y lo que con ella lograba, pero si lo era, su piel debía ser de acero. Suspiré imaginando que finalmente me regalaba una respuesta.
Andrómeda parecía ahora más lejana que antes, pero ya sabía yo que eso era imposible, que la única opción era que estuviésemos acercándonos. La miré y por un segundo no supe qué tan atenta estaba al camino. Me arriesgaría a decir que si me hubiese desviado en la oscuridad de la noche, ella jamás se hubiese percatado. Pero fue su sonrida, más cómplice que pícara, que me asustó de más: ¿es que quizás tenía idea de hasta lo que yo pensaba? Hasta el día de hoy me asusta.
Me encontré mirándola nuevamente, contemplando su belleza más absoluta. Ya no importaba la distancia, Andrómeda parecía brillar más que de costumbre. Nunca había logrado ver con tanta claridad todas sus figuras como lo podía en hacer en aquel momento. Fue entonces que entendí todo: la sonrisa, la falta de respuesta, la piedad. Ahora yo la miré y logré que se quedara estupefacta. Eso era lo que quería, alcanzarla, mostrarle que podía acompañarla hasta ese punto. Y creo que logré hacerla feliz, pero no estoy seguro.
Finalmente llegamos. Ahora sí que Andrómeda parecía inigualable. Los dos en silencio nos encargamos de adorarla. Es que, cuando una estrella une dos almas, todo alrededor desaparece. Pero cuando una galaxia une dos alamas, todo el universo aparece. De todos modos, a nadie le importa, por lo menos, mientras dura el amor.