6 de septiembre de 2009

Ella.-

Y volvió. Después de que había parecido que se hubiese escapado, que hubiese desaparecido, que quizás, por alguna razón, simplemente quizás, hubiese muerto. Pero no, ahí estaba, parada frente a mí tan viva como la última vez que la había visto. Incluso, describirla la haría sonar a aquella que alguna vez convivió conmigo, volviendo de mis días una pesadilla. Sus rulos ahora más amplios pero igual de castaños, sus ojos miel que parecían haber sido atravesados por meses de tristeza, menos cintura, más miedos y una voz que sonaba parecida a la última vez que le había escuchado, pero que cargaba con el peso de haber recibido los golpes de la soledad.
Anonadada en la sospecha de que llegaba para no irse pronto, la revisé de pies a cabeza y de nariz a a nuca, tratando de encontrar en ella las diferencias con la última vez, tratando de entender qué la hacía volver. No dijo palabra, incluso sabiendo que moría por preguntarle lo que mis ojos ya le estaban reclamando que explicara. Es que siempre fue así de arisca, de cínica: llegaba para no irse y para dejarme con la intriga de para qué venía hasta el momento en el que me decía "me voy", y yo sabía que ya lo había conseguido.
Suspiré hondo, tomé en mis manos la fuerza que necesitaba para pedirle que se fuera, y la tomé de un hombro. Un escalofrío recorrió cada una de las vértebras de mi columna: una catarata de imágenes que más que recuerdos eran avisos y consejos de precaución me atacaron sin darme tiempo a respirar. La solté, pero no por decisión propia, sino porque su aura estaba rodeada de la energía que un cable pelado puede proyectar. Me miró, sabiéndose victoriosa, sabiendo que ya había perdido esas fuerzas que había recolectado y que no había manera de echarla de allí.
Volví a alejarme lentamente, mirándola a los ojos, esperando que me dijera que no iba a quedarse, que esta vez iba a dejar mi vida en paz, que por más catastrófica que en ese momento fuera la sucesión de mis días, ella no iba a inmiscuirse para que fuera aún más compleja. Esperaba eso y mucho más, pero como siempre, no dijo nada. Me miró y sonrió, socarronamente, dejándome bien en claro que ella ponía las condiciones en su estadía, así como el plazo y el objetivo. Una lágrima se deslizó imprudentemente por mi mejilla dejándole bien en claro que lo había entendido, que no haría nada por detenerla y que una vez más, estaba habilitada a darle un giro de 180° a mi vida. La última vez, algo la había frenado, pero esta vez entendí que venía a terminar lo que había empezado, y nada la detendría.-

2 de septiembre de 2009

Llovizna.-

Otra vez y contando. ¿Cuál era ya, la tercera, la cuarta? No me podía acordar. La llovizna de nombre santo me golpeaba los cachetes al ritmo de mi caminar, y al ritmo de mi pensar. Pensar en todo lo que siempre estaba a punto de ser, y nunca era. Pensar en todo lo que imaginaba, y no era real. Pensar y repensar en el porqué de mi caminar solitario en esta tarde fría y húmeda de agosto, cuando debería estar acompañada y resguardada en sus brazos.
Tomo la decisión y marco el número. No por ello dejo de caminar, de sentir el viento y el frío, el agua y el agotamiento en la ciudad. Suena. Busco un lugar para frenarme y hablar. Suena. Encuentro un local acogedor, pero demasiado iluminado para mis ojos acostumbrados a la resolana lluviosa. Suena. Me decido por una esquina no tan resguardada pero más amena para mi infructuoso accionar. Suena. Me canso y corto.
La duda de saber qué hacer ahora. Mi primer impulso: insultarlo. Claro, es que la necesidad visceral de sacar la bronca reacciona antes que nada. Mi segundo impulso: insultarlo por teléfono. Claro, es que no alcanza para ciertas cosas con el grito al cielo y la resignación. Mi tercer impulso: enviar un consolador mensaje de texto. Claro, es que lo que me provoca, tan contradictorio permanentemente, sólo puedo promoverlo en un espacio tan inexpresivo como la digitalización de la palabra.
El colectivo avanza y vuelvo a verme sola. Sola, angustiada, roída por el resentimiento y todavía con ansias de que me dé la oportunidad de perdonarlo. La lluvia sigue cayendo y entiendo que no va a existir tal ocasión. Me bajo del colectivo y camino cuatro cuadras que parecen cuatro cuadras. La reja negra no podría ser más oportuna.

22 de agosto de 2009

Morocha (La manera de perder)

¿Sabés cuántas veces quise tenerte? No, no te hacés una idea. Mirándote fijamente, sonriéndote y aislándonos de todo lo que nos rodeaba. Vos, como siempre, ligera, fluyendo entre las piedras que te tiraban y el viento en contra que de algún modo parecías esquivar. A tu lado, yo, caminando como si no existiera camino, gente, faroles, semáforos; siendo fiel al hechizo de tu pelo despeinado, anudado, ondulado, libre. Tu voz hacía de mi mente un torbellino y de mis sentimientos un alarido. Las palabras, cada una de ellas que osaba salir de tu boca, entraban por mis oídos con la fuerza de un rayo, e inmediatamente atravesaban de sien a sien toda mi razón, dejándome anonadado frente a semejante frialdad.
Todavía llevo la cuenta de las baldosas que pisamos juntos. Pienso en el tiempo que compartimos y se me escapa el recelo frente al que ahora te acompaña por las mismas baldosas que todavía cuento. Me ahorro decirte que los días decidieron durar mil horas desde que te perdí. Y vos, con tus ojos perdidos y tu desinterés en el que te quiere, seguís diciendo que duran solamente veinticuatro. Es ese el momento en el que te gritaría (y a los cuatro vientos) que no vas a vivir nunca si no te dejás amar.
Entiendo que el invierno te haga guardar. Nunca lo quisiste, no me sorprende no verte caminar por estas calles en las que te espero. Pero eventualmente va a llegar la primavera y vos, con tu insanía bohemia y desubicada, vas a volver a pasar frente a esta esquina en la que estoy, siempre, con tu imagen en los ojos y en la memoria. Vas pasar, aislada del mundo, dejando que se destruya atrás de cada uno de tus pasos. Vas a pasar, sin verme, sin sentirme, sin siquiera recordarme, retraída en con la música en tus oídos, sonriendo a los que pasan pero sin dejarles conocer tu sonrisa. Vas a pasar y yo, dejándote pasar, voy a volver a esperarte, como siempre.
Retorcida, fría y calculadora. Con el miedo de permitirle a alguien que te conozca, que atraviese esa muralla y pueda doblarte. Boicoteando tu vida para evitar vivirla. Morocha, no te queda más tiempo para perder, es tu única opción. Morocha, soy yo. Morocha, soy tu manera de perder.

13 de agosto de 2009

Nadar en la oscuridad.-

Se había cansado de leer. Se había cansado de escuchar al mundo parlotear a su alrededor. Atrás de tantas palabras y voces, lo único que podía oír eran silencios. Y vacíos, muchos vacíos. ¡Cuántas horas y ondas se habían ocupado con cantidades de vibraciones inútiles y infinitamente vanas!
Cerraba los ojos y lo único que podía imaginar era un gran vacío. Un espacio libre de gente estúpida, donde su mente y sus pensamientos fueran llenando de a poco todo el lugar. Un silencio permanente que se cortaba, no ya por chácharas inservibles y detalladamente insulsas, sino por sus ideas que después de mucho tiempo volvía a entender. Ella, ella sola, pero no solitaria. Abría los ojos y encontraba la realidad pegándole bastonazos en los tobillos ya quebrados. Pararse sin pegar un grito era imposible. Seguir todo el camino gateando, aún más horrible. Trataba de dejar fuera de su alma todo lo que era incoloro. inodoro y acongojantemente habitual: cada vez se le hacía más difícil, más imposible. Incluso, por momentos, creía entender a aquellos cuya elección de vida era flotar. Flotar. "¡Qué situación más placentera y sencilla!" - pensaba. No era más que tomar la corriente, hacerla propia y, al mismo tiempo, dejarse llevar por ella. Toda vez que las cosas se ponían complicadas, quienes flotaban parecían salirse con la suya. Y en ese momento, en aquél en el que estaba a punto de dejar de nadar, lo recordó. ¡Cuántos flotantes había visto hundirse frente a la primera gran ola, simplemente por no saber andar!Desesperada, se despertó. Notó que súbitamente había cortado un movimiento muy similar al de una brazada. Miró el reloj y las tres de la madrugada la terminaron de iluminar. Se vistió, caminó las tres cuadras que la separaban de la plaza y se acostó en aquella noche de verano, bajo las estrellas que parecían cada vez mñas brillantes, en la soledad de la nocturnidad porteña, de la simpleza barrial, del calor hogareño de su plaza. Cerró los ojos y ahora vio, a su alrededor, a nadie, a nada, sólo lo que quería sentir. Abrió los ojos y ahora vio, a su alrededor, a nadie, a nada, sólo lo que quería sentir. Finalmente, nadar en la oscuridad era la respuesta.

11 de agosto de 2009

No me vas a hacer el juego.

- ¡Qué es así!

- ¡NO!
-¡SÍ!
- ¿Ves? Esto pasa por no tener las reglas escritas.

En ese momento, los dos corazones cerraron el tablero, tomaron sus cosas y se fue cada uno a su casa, con las heridas de la lucha todavía abiertas.

31 de julio de 2009

La calma que antecede a la tormenta.

Una a una cayeron las ropas, repartidas por la entrada, el ascensor, el comedor, la cocina y el dormitorio. Parecía que no quedaba otro centímetro de aire más que el que buscaban con cada paso doble trastabillado hacia el cuarto. Agitadas, las gotas de su transpiración made in Febrero Porteño corrían imparables por sus pómulos, mentones y escotes, y nada parecía detenerlas. Debajo de los jeans, culotte y boxer hacían las veces de fantasmas, y nada de lo que parecía no estar faltaba. Detrás de los párpados cerrados, la pasión insostenible de dos almas carenciadas de afecto.
La manos recorrieron ambos cellos. Cada uno de los dedos se entrecruzó con el resto y abandonó luego el lugar recorrido para darle paso al que seguí detrás de él. Sobrevino a la magia del descubrimiento la necesidad de conocer más, y así jeans y subterráneos se desconectaron rápidamente de la situación.
El silencio lo cubría todo. Lo único que se sentía en el ambiente que los rodeaba era la falta de dolor. Un beso acá, un abrazo ahí. Todo era justo y en el momento adecuado. Parecían un nado sincronizado, en una cama, sillón o silla, entre dos que no necesitaban de practicar para ser perfectamente coordinados. Los segundos pasaban mientras la arena en el frente de la casa se seguía hirviendo. Dentro, el hervor nunca había desaparecido.
Cientos de kilómetros a la redonda, no había nadie. Ellos, sólo ellos sabían dónde estaban y porqué. De a poco, el silencio se fue transformando en susurro, el susurro en agotamiento, el agotamiento en placer. Repentinamente, el mundo se terminó en un estallido. Ya no quedaba nada, ni ropa, ni casa, ni arena, ni ellos. Un flash cegador y la muerte en píldora acompañaron el momento del más extraño final.
Una hora después, todo parecía haber vuelto a la normalidad. La rutina, la ciudad de Buenos Aires, ese odiosa esquina de Pueyrredón y Corrientes de la que pretendían escapar, las llaves del auto desaparecidas, el silencio del ascensor que antecede la tormenta callejera. El orgasmo había quedado en el olvido de ambos, en el guiso para el almuerzo de los chicos y en el portafolio abarrotado de papeles vacíos. Ahora era el momento en el que el mundo volvía a la realidad, hasta el próximo encuentro, que todavía no podían planificar.

21 de julio de 2009

Tormentoso.

Finalmente, me desperté. Amanecía detrás de las persianas cerradas, pero la lluvia torrencial de aquella mañana poco ayudaba a olvidar la noche. Había en mi mente algo que no me permitía arrancar por completo. Era como haber puesto el cebador sin sacar el freno de mano. Seguí asumiendo que, eventualmente con el transcurso del día, mi mente olvidaría o escondería detrás de alguna nimiedad aquello que desde la opacidad se dedicaba a atacar mi razón.
La última media de un par desconcertantemente análogo se asentó alrededor de mi pie helado, y mientras las zapatillas que parecían tan inapropiadas para la vida laboral terminaban de ser atadas, mis oídos y mi desidia por prestar atención a lo que hacía se dejaron llevar por un intento de blues que sonaba por dos gigantescos parlantes ubicados con la coherencia suficiente como para despertar a un barrio entero. No podría repetir lo que cantaba, pero en aquel momento era la mejor conocedora de aquello que, de un momento a otro, pasó a ser una melodía entre marcha militar y jazz.
Mientras bajaba la escalera, mis pies me comentaban el error de no haberme puesto otro par de medias. La verdad es que hice oídos sordos y seguí, esperando que la tormenta que afuera torturaba a pájaros y ramas, no lo hubiese hecho así con las baldozas flojas que me guiaban hasta mi destino. Otra vez, descubrí que no tenía la capacidad suficiente como para pensar y razonar mis pasos. Lo único que eso podía causar era que cada uno de los escalones que bajaba no parecieran estar allí. Total, lo que me resultaba importante, claramente no era eso.

Fue recién cuatro cuadras después de haber abandonado todo lo que estaba a mi alrededor siempre, que descubrí qué me había llevado a sentir que flotaba; que todo lo que me rodeaba no existía; que yo no era más que lo único que importaba ese día. Fue recién cuando pisé esa baldoza, la de siempre, la que parecía haber sido ubicada en esa porción de la ciudad en los días de lluvia con la única finalidad de que yo me empapara. Fue en el mismo momento en el que me di cuenta de que no llevaba paraguas. En ese segundo atroz, en ese exacto segundo, descubrí que el agua de la tormenta no me había mojado un pelo, que el agua de la baldoza no me había humedecido una hebra del jean, que mis pasos no habían sonado nunca en los huecos escalones de madera esa mañana, que nadie había escuchado mi salida y, sobre todo, que nunca me había podido despertar. Y es que ya me resultaba raro el hecho de que las paredes se hubiesen vuelto de humo.

9 de julio de 2009

Jane y el destino de lo imposible.

Cada mañana, todo iniciaba de nuevo. Sonaba el despertador, algún locutor poco positivo anunciaba con tono preocupante otra desgracia universal, su pie derecho bajaba previo al izquierdo de la cama y su mente prefería quedarse otros quince minutos reposando en la almohada. Abría la puerta entrando a ese congelador que su familia prefería nombrar baño y, entre bostezos y lagañas, trataba de despertarse antes de que algún pared lo hiciera por ella. Jane tardaba todas las mañanas un promedio de 40 minutos entre que se levantaba y salía al mundo real. Jane tardaba todas las mañanas un promedio de 2 horas entres que salía al mundo real y se despertaba.
Cada mañana, todo empezaba otra vez. Bajaba por la interminable escalera del subte, entraba al vagón, se sentaba frente a la envidiosa mirada de los otros y cerraba los ojos, rogando una plegaria insulsa frente a su contaduría de estaciones pasadas. Salía por la misma escalera atisborrada de gente y trataba de aislarse del mundo en su música, sabiendo que eventualmente algo o alguien le haría entender que su burbuja no era irrompible. Jane solía cantar durante todo el recorrido citadino temas de la más variada calaña, dejando de lado lo que cualquiera pudiera pensar, viviendo como si por fin el mundo no existiera.
Cada día, todo parecía repetirse inevitablemente. Las horas frente a la computadora, los siglos sentada en los bancos de madera, los innumerables intentos de personas que se le cruzaban simulando ser únicos y sólo volvían a contarle la historia que minutos antes había empezado otro (eventualmente, algunos parates entre hipocresía e inutilidad la entrecruzaban con compañeros de vida que era mejor no perder). Y finalmente, la misma familia, la misma casa, la misma comida, las mismas peleas, el mismo andar.
Jane empezaba todos los días tratando de que fuera distinto, y los terminaba sabiendo que nunca iban a cambiar. Jane imaginaba todos los días que algún día se iba a levantar y las cosas finalmente iban a ser distintas. Jane soñaba con la idea de que todo cambiara para finalmente cambiar. De hecho, durante años había estado cambiando la gente, los lugares, los estudios, su propio andar: siempre cambiando era la forma de saber que estaba viva, o eso le habían dicho. Ahora, Jane empezaba a temblar. Veía que los cambios no hacían otra cosa más que mantener todo en su lugar. La gente nueva repetía cíclicamente a la gente que había abandonado. Los lugares simplemente eran cada vez más grises y menos únicos. Ella misma se iba transformando cada vez más en una especie de mixtura incoherente de todo lo que había vivido. En vez de haber reforzado sus virtudes con tantos cambios, lo único que lograba cada día más era ser cada vez más inentendible.
Cada noche, todas las horas volvían a suceder sin descanso en el medio. Se acostaba a la medianoche, pasaba la primer mitad mirando el techo y buscando formas de salir de ese círculo vicioso, y la segunda mitad soñando con realidades absurdas de felicidad y compasión. Las seis horas que comprendían ese rélax del mundo real nunca le habían parecido necesarias, si al fin y al cabo sabía que al despertarse todo volvería a repetirse.
Esa mañana, Jane decidió volver a la jungla. Tomó un bolso, lo llenó hasta donde pudo con lo que le pareció importante, y dejó todo el resto atrás. Compensó los días que faltaban para seguir repitiendo la rutina con una carta generalizada y tomó el primer avión a Nueva York. Se bajó en el aeropuerto JFK sin saber realmente a qué había ido o cómo iba a seguir adelante. Lo único que sabía era que finalmente ahora tenía una página en blanco adelante: no iba a cambiar, iba a empezar desde cero.


6 de julio de 2009

La identidad de la valentía.

Tiempo atrás hubiese comprendido la importancia que la ignominia presenta en algunos casos, donde la falta de identidad es casi tan valiosa como lo que permite promover. Ideologías, procesos de cambio, posiciones minoritarias y deseos de mejorar se escondieron durante décadas en el anonimato de individuos que por saberse únicos promovían desde la fuerza de la sorpresa sus movimientos, o de grupos que de tan amplios que eran, entendían que sus fuerzas se dispersaban menos detrás de semejante herramienta de promoción.
En el siglo XXI, el anonimato se ha transformado en el medio principal de la cobardía absurda. Veo calumnias, injurias, agresiones y deshonras impresionantes escritas por desaparecidos en la web, que quedan registradas en línea y letras hasta que su receptor entienda que corresponde hacerlo desaparecer. No creo que el anonimato sea absurdo de por sí, pero como siempre, depende del uso de cada herramienta, el resultado que promueve en las distintas personalidades. Yo ya no puedo entender la necesidad de atacar o criticar las creaciones de otros (si quieren, simplemente opinar sobre ellas) desde esa posición. Desde chica aprendí que de lo único que no podemos escapar es de las consecuencias de nuestros actos. De grande aprendí que tampoco de las consecuencias de nuestras expresiones. La magia está en aprender y aprehender esa consigna, y desde allí hacerse responsable de nuestras ideas y posiciones aceptando lo afable y lo poco agradable que surja en respuesta a las mismas.
El anonimato ha logrado que la gente se olvide de la responsabilidad del pensamiento y la expresión de ideas. Proponer una respuesta ideológica a otra postura es casi tan desgastante como una pelea a 12 rounds. En las últimas palabras se puede expresar la debilidad o la fortaleza de quien se está proponiendo como competidor. Pero en cuanto el boxeador aparece en el ring con una máscara, todos las victorias y derrotas van a parar a la desaparición detrás de la máscara. Así, en las luchas ideológicas, son los grupos más expuestos los que ganan verdaderamente las batallas o finalmente terminan explotando en el dolor de la derrota más terrible.
Propongo, desde mi humilde posición, terminar con el anonimato ideológico. Propongo hacerse cargo primero de la visión de vida de cada uno, para después poder entender la importancia de nuestros actos. Propongo, sin más que mi propia postura, aceptar que lo que pensamos nunca va a estar mal hasta que lo confrontemos y tratemos de defender frente al blanco de nuestro negro. Propongo, que de ahora en más, se reivindique la magia de ser esclavos de nuestras palabras, pero dueños de nuestros silencios.

3 de julio de 2009

La costilla de Adán

1920. Miles de millones de mujeres entendieron en la última década que son más que simples máquinas de amasar y criar. Salieron a trabajar, movieron revoluciones, mantuvieron unidas a las familias, separaron a los que dañaban a los suyos y crearon desde cero su completo ser.
1930. Miles de millones de mujeres comienzan a pensar que quizás, solamente quizás, estaban erradas. ¿Qué más fácil que ser mamá, esposa o abuela? Después de todo, si te lo proponen, porqué no tomar el camino fácil para respirar.
1940. Miles de millones de mujeres ven como el mundo explota a sus pies. Y esta vez, a diferencia de las anteriores, no pueden lavarse las manos y asumir que simplemente la culpa es de los hombres: ellas se comprometieron, pero nunca pensaron que realmente tenían que tomar en sus manos las consecuencias y rogar que no fueran granadas a punto de explotar.
1950. Miles de millones de mujeres, agotadas de luchar por el más absoluto vacío y la más maravillosa de las parodias, deciden no ser más las valientes heroínas de la historia sin recibir a cambio más que mejores hornos y mayores responsabilidades.
1960. Miles de millones de hijas, mujeres, hermanas, madres, jóvenes, ven a sus madres, a sus abuelas, a sus profesoras, a sus tías, a sus referentes, y no se pueden ver. Se levantan, se entienden y se acompañan. Deciden que no sólo van a intervenir, no sólo se van a hacer responsables de las consecuencias, sino que además se van a quedar con los beneficios de lucha, de una vez por todas. Toman sus cuerpos, sus mentes y sus almas y deciden que les pertenecen, de modo tal que pueden utilizarlos cuando y como quieran.
1970. Miles de millones de mujeres, sudadas, sin dormir y perdidas en los logros y las pérdidas incalculables de la década del deseo, se pierden en todo lo que tienen y podrían tener. Y en todo lo que no tienen. La lucha interna y externa se refleja en la necesidad de ser fuertes e independientes, y ser felices. Difícil no saber que no iba a ser una guerra que duraría décadas.
1980. Miles de millones de mujeres no encuentran descanso para ser modernas. Libres, rebeldes y despeinadas. Acordes a una etapa en la que todo se reduce a ser destellante, el neón y la sobrepoblación excéntrica ocupa las calles de cualquier población más o menos abuindante.
1990. Miles de millones de mujeres se sienten empresarias. La economía se cae, se reconstruye y las deja ubicadas como el ícono de la contemporaneidad. Y la sociedad les deja al alcance de la mano la posibilidad que siempre desearon, la de ser hombres.
2000. Miles de millones de mujeres sienten que ganaron. Tienen derechos y obligaciones. Las mismas que décadas atrás solamente tenían los hombres. Saben que pueden acceder a las mismas posiciones y a los mismos beneficios que los hombres. Entienden que son iguales a los hombres.
2010. Con suerte, miles de millones de mujeres van a poder ver lo que yo. No somos iguales, no estamos paradas en el mismo lugar, no vivimos igual. Las mujeres tenemos las obligaciones de las primeras décadas del Siglo XX, con las del XXI, a cambio de obtener regulaciones que simplemente dejan aún más en claro lo diferentes y especiales que somos. La igualdad jamás llegó. Seguimos siendo las que nacieron de la costilla de Adán, las accesorias y las dependientes. Asumimos que algún hombre siempre va a estar para defendernos: nuestro papá, nuestro hermano, nuestro tío, nuestro mejor amigo. Preferimos dejarnos estar en la realidad de creernos iguales. Dejamos de lado la posibilidad de cambiar. Las luchadoras de la revolución revolucionan el planeta por la igualdad de los trabajadores, pero siguen usando tacos sólo porque la imagen lo pide. Cuando se enfrentan a otra mujer, luchan por la edad y la posición de poder y no por sus capacidades. Tienen miedo de quedar en descubierto, en lo débiles que muestran no ser y que realmente son.

Estamos criadas para tratar de ser hombres. Lo que tenemos que entender es que no lo somos ni debemos serlo. No creo en la igualdad marcada por los valores actuales. No creo en la discriminación positiva. No creo en la visión masculina de la sociedad para decirme cómo necesito que me ayuden. Creo en que no hay nadie mejor para decidirlo que las mujeres que ven las cosas como son. La igualdad proviene del hecho de que somos personas. Todos, todas. Hombres, mujeres, travestis, transexuales, hermafroditas. Heterosexuales, homosexuales, bisexuales, asexuales. Somos personas, con diferencias que nos hacen únicos y que obviamente requiere que nos tratemos con discresión. Pero no voy a dejar que decidan por mí qué necesito o hasta dónde puedo llegar. No lo permito con la política, con la ideología, con la moral, con la religión, con lo académico. Tampoco quiero permitirlo con mi posibilidad de vivir y soñar. Cada vez que tuve que tropezar o luchar por algo, pocas veces fueron las que un hombre se interpuso en el camino. La mayor parte de las oportunidades, fueron mujeres o yo misma y mi ideal de agradar, ser sensible y acatar mi posición de mujer en la sociedad. Por suerte, recordé que yo nací de un útero, como cualquiera, y que nadie me creó de ninguna costilla. Por suerte. O por mí.

18 de junio de 2009

Revolución

Suena un teléfono. Un hombre escucha su porvenir. Otro hombre ejecuta su destino y el de tantos otros. Un tercer hombre desata la tormenta.
Suena una alarma. Una voz amenaza a la muerte. Otra voz se alza por la muerte. Una tercera voz toma los silencios abandonados y bajo el manto tenue de la noche comienza a hacerlos sonar.
Suena un timbre. Una mano alza una bandera y la acompaña por la ciudad. Otra mano aparece por abajo y le roba la banderapara quemarla. Una tercer mano surge de los oscuro y enarbola el símbolo de la pacificación.
Suenan los truenos. Un par de ojos bien abiertos atraen todo el paisaje a sus retinas. Otro par se cierra para evitar cualquier posibilidad de ser heridos. Un tercer par pestañea con la única finalidad de aclarar la visión y comprender el panorama.
No suena nada más. Un hombre se levanta. Otro hombre lo acompaña. Un tercer hombre entiende que la Revolución ha comenzado.

14 de junio de 2009

Capricho*

Tengo algo para contarte: ayer descubrí lo que es el capricho. Es una mezcla de obsesión con ausencia, que con un poco de paciencia puede incluso parecer amor. Es como una semilla, que parece de rosal, pero que no es más que de potus. O de hiedra, si tuviera. También descubrí lo nefasto del capricho: su capacidad de pintar todo de negro. El capricho es un par de orejeras que nos enfocan detrás de una liebre que, si tenemos suerte de alcanzar, nunca entenderemos para qué la perseguimos alguna vez. Desaparecen nuestros planes y deseos, nuestros ideales, nuestros instintos asesinos, nuestros frenos de mano; desaparece todo lo que hasta el momento de que nos acribillara ese capricho parecía absolutamente primordial.
El capricho es la neblina de la madrugada. Con suerte y un poco de viento a favor, por la tarde no queda rastro de ella sobre nosotros. Y está en cada uno aprender durante ese período de paz el camino que trazamos, porque es probable que en cuanto nos levantamos, vuelva a cubrirnos esa espesa neblina, dejándonos cegados y encaprichados.

8 de junio de 2009

Cuando dejó de llover (y comenzó a granizar)

Te dejé mientras me iba, aunque me decías que no.

Me rogaban tus ojos que me quedara siempre.
Escuchaba tu voz agotando mis oídos por piedad.
Corrí escapando de tu pedido de misericordia.
Te dejé mientras te quedabas, tan simple.
Sentía tu corazón quebrarse por la espalda.
Me alejé con el miedo a lo desconocido en mis hombros.
Suspiré por lo imposible y así te dejé, por primera vez.
Te dejé miles de veces, te dejé de pie, de rodillas.
Repetimos la escena cientos de veces
y cada vez más, esos imaginarios encuentros
se convertían en táctiles para los dos.
Te dejé una mañana de lluvia con la tormenta detrás.
Te dejé mientras no estabas, mientras escapabas.
Te dejé sin dejarte, cuando nunca te enterarías.
Te dejé como no se puede: sin dejar de quererte.

5 de junio de 2009

La imposible tarea de juzgar a un libro por su portada

Cómo creer en lo que se ve si al final, por detrás, aparece un nuevo halo que demuestra que todo no es lo que parece. Viví intentando confiar en lo que el mundo decidía mostrarme, pero ni siquiera se tomó el trabajo de mentirme con su disfraz. Imposible juzgar a un libro por su portada en esta sociedad, porque esas portadas, la mayor parte de las veces, no tienen nada que ver con el contenido del libro.
Ribetes de oro, gráfica impecable y letrística digna del medioevo cubren por completo conjuntos de hojas que muchas veces serían más fructíferas como hojas en blanco.
El problema no surge de aquellos libros necios, reiterativos, funcionales a la sordera moderna. El problema resalta y se define, volviéndose un cartel de neón en una noche en el desierto, cuando la mentira "portil" se subyace en los libros que acompañan la esperanza, la libertad, el cambio. Miles y miles de páginas llenas de tinta y vacías de realidad predican e inspiran en hombres y mujeres ansiosos de felicidad, una serie de máscaras aislantes, que tras sus brillantes cristales de revolución, duermen los sentimientos más ideales e imaginativos del sistema actual.
Entonces, nosotros, los intrépidos, los mágicos, los soñadores, abrimos estos libros con la intención de sumergirnos en tan maravilloso océano. En en cuanto logramos la profundidad, que notamos que el agua cristalina es más bien petróleo frío; la vegetación colorida, chatarra de pintura; la fama maravillosa, burbujas de sumisión. Y una vez tan profundo, ya no podemos salir y nos resignamos a hundirnos lentamente, ahogándonos en la tristeza.
 

2 de junio de 2009

Si...

Si pudieras aparecer ahora,

serías sordera.
Si quisieras salvarme ahora,
serías ceguera.
Si estuvieras a mi lado,
serías la muerte.
Si supieras cómo revivirme,
serías amnesia.

Crees que sabes quién eres.
Crees que sabes quién soy.
Crees que sabes lo que necesito.
Crees que lo sabes, pero
si lo creyeras, serías mi alma.

30 de mayo de 2009

Su perfume

Cuando me arremetió nuevamente aquella mañana, me tomó por sorpresa y no me dio siquiera tiempo para rearmarme y contraatacar. Desde mi derecha, aquel acompañante ocasional de subterráneo me atacó de golpe mientras mediaba un sueño pseudo conciliado entre la realidad y yo. No sé cómo se llamaba, de qué color eran sus ojos, no recuerdo ni siquiera bien el color de su pelo. Pero si inspiro profundo mientras con los ojos cerrados trato de ver, puedo rememorar la esencia que no pude dejar de lado. Esa mezcla entre red de pesca y trampa de cazador, hicieron en mi mente soñolienta una especie de solución inseparable, donde cada una de las partículas que se acercaban a mí no hacían otra cosa más que agrandar mi confusión. Sin que se diera cuenta, y con la sutileza de una cascabel, retome esa inspiración, ahora tratando de que todos los sistemas que componían ese perfume alcanzaran lo más profundo de mi alma. Entre la ilusión y la certeza de lo imposible, todas las sensaciones de esperanza y tristeza se alojaron en mi espíritu, llenando mi corazón de insoportable turbación. Y es que era, sin lugar a dudas, la primera vez que sentía que mis pulmones, otrora tan potentes, no eran lo suficientemente amplios para recoger toda su magnificencia; la primera vez que mi sentido del olfato no era lo suficientemente perfecto como para entender cada una de sus cualidades, de sus respuestas a mis preguntas, de sus intespestivas aclaraciones y, sin lugar a dudas, de su inevitable significado.
Diez estaciones más tarde, el perfume se fue. Mientras la estela que lo hacía inmortal tanto en el vagón como en mi mente, oscilaba entre el placer de saberse invencible y la desidia del amor que no requiere esfuerzo alguno, su imagen vino a mi mente y la confusión que reinaba en ella se volvió aún más tormentosa, si eso pudiera ser posible. La moral, las buenas costumbres, la religión y el sentido de la culpa atacaron cada una de mis células y sintiendo que el piso se movía bajo mis pies, una agradable mujer me ofreció su asiento. Un caramelo surgió desde algún alma caritativa y mientras las cien personas que compartían ese viaje conmigo creían que mi problema era físico, yo repasaba cada una de las sensaciones que ese aroma había producido en mí. Es que en el fondo, más allá de mi insalvable muralla, yo sabía que ya no podría dejar de invocar su imagen frente a su perfume, su sonrisa frente a su carcajada, su canto frente a su voz, nuestra incoordinación frente a mi sentir. Porque en ese momento entendí que era su perfume el que siempre, siempre, me llevaría a él en todo momento, en todo lugar. 

24 de mayo de 2009

La similitud de llamarse Paula.-

Caminó hasta el subte como cada vez. Bajó a la terminal y subió al vagón. Miró cómo cambiaba el paisaje inerte y guardó esas imágenes en la retina de sus ojos miel. Sin contar las estaciones, supo dónde bajarse y porqué, aunque hacía rato que dormía como no había podido dormir en toda la noche. Cruzó el pasillo que la separaba del siguiente andén, y una vez allí se paró en el borde, segura de sentir el viento en su pelo suelto, una de las pocas cosas que la hacían sentir viva. Incluso si el subte jamás llegaba, los sábados la hacían sentir una persona completamente distinta. Las puertas automáticas se abrieron y caminó hacia el tren que con la más hogareña comodidad la esperaba en esa cálida mañana de mayo. La música cruzaba sus sienes dejando a su paso la paz que sólo la brisa otoñal esparce sobre las ramas de los ejemplares arbóreos mientras se deshacen felizmente de las ya marchitas y obtusas hojas cobrizas. Justamente, quizás como una parodia del destino, todo su camino había simulado un atardecer permanente, detrás de los antojos de sol marrones que la acompañaban a todos lados y que la proveían de la fachada de mujer dura que la escoltaba a donde fuera. Las puertas automáticas se bajaron a la orden de “You don’t love me/Baby, You’ve hurt me” y Paula pisó la nueva plataforma con los ojos de los pasajeros clavados en su nuca, que más allá de su conocimiento, jamás correspondía. Caminó a paso seguro por el pasillo que la separaba de la calle y subió por la escalera fija que acompañaba paralelamente vacía a los cientos de personas que avanzaban en su quietud cada vez más retardada por la escalera mecánica. “Los porteños no cambian más – pensó -. Al final, tardo menos yo con mis piernas cortas…”.

Caminó desde el subte como cada vez. Pero esta vez, todo era distinto. Él ya no estaba allí, en su mente no existían ni podrían existir más príncipes ni sapos. El azul se desteñía con cada paso que daba, tiñendo todo a su alrededor, mientras abandonaba su propio corazón. Parecía una mañana de cuento, de primavera, casi casi de mentira. Sonrió para sus adentros, escondiendo allí también una lágrima. Levantó la mirada para encontrarse con la de él, el nuevo extraño que durante una fracción de segundo cambiaría el mundo con sus ojos. Él la volvió al piso, ella la mantuvo en el horizonte que la ciudad le negaba. Siempre aparecería otra, y se repetiría la escena, y lo sabía. En el entretiempo, simplemente bastaba con seguir caminando. Porque lo que Paula finalmente no podría ya evitar era su negación a confiar, a creer, a amar. Él se había llevado sus cualidades más preciadas, y aunque la vida parecía vacía sin ellas, su cobardía y delicadeza eran demasiado grandes como para dejarla desaparecer. En ese camino, como cada mañana, el horizonte invisible le permitía seguir avanzando, con la certeza de su frialdad, de su inteligencia y de su atracción. Y junto a él, saber que nunca podría abandonarlo, porque como alguna vez había escuchado “no se deja a quien se ama. Cuando uno lo abandona, es porque ya no lo ama”. Ella jamás lo iba a abandonar, pero difícil era estar a su lado si él prefería matarla en vida. 

16 de mayo de 2009

El desatino del destino

Terminó de hablar pero realmente no lo noté. Dos horas habían pasado desde la última vez que había mirado el reloj, y aunque mi costumbre era chequearlo cada cinco minutos más o menos, durante ese rato no existió un segundo en el cual me acordara que existía ese reloj en mi muñeca, que existían esos segundos pasando, ni siquiera de que esos momentos en realidad eran momentos de otra, momentos que no me correspondía tener. Le sonreí contestándole algo que sin lugar a dudas tenía sentido respecto de lo que había estado diciendo, pero no respecto de lo que yo sentía.  Él se rió de mi torpeza para respirar, mientras yo me reía de su brillantez y de lo simpático que se veía con su bufanda bohemia y su sentido de la pasión inextinguible. 
Retomó su discurso del conocimiento, y mientras recorríamos juntos culturas que me eran claramente desconocidas, pero que le eran claramente propias, yo sentía que tomaba mi mano y me guiaba con su fuerte andar, mostrándome paso a paso cada una de las baldosas a pisar, para evitar mojarme con el agua acumulada debajo de las piezas flojas. Veía cuadros, escuchaba canciones, desentrañaba pensamientos y filosofías con la facilidad de quien conoce un idioma de nacimiento o de quien es ungido con cualquiera de los dones que un ser humano puede tener. Recorríamos pasillos angostos poblados de personajes fantásticos y reales, reconocía a todos aquellos que le hablaban en ruso mientras los valores de religiones que me eran extrañas se inmiscuían en su relatar. Llegó a mostrarme Rusia, China, Japón, Kazajstán, Italia, Francia, Arabia, Israel, Estados Unidos y su propio planeta. 
Otra vez se rió de mi fascinación, una fascinación inocultable e indescriptible, de aquellas que sólo los más valiosos hombres y mujeres pueden recibir de cualquier ser que las rodee, por más pequeño que sea. Se sorprendió cuando finalmente mi raciocinio volvió a tomar control de mis actos, y en un sorpresivo movimiento de manga leía mi reloj de pulsera, cada vez más blanco, cada vez más molesto. No creo que le haya molestado mi obsesión por el tiempo perdido, sino su inoperancia ficticia para lograr mantener mi atención eternamente en su ser. Lo que él no entendía, no sé si por su juventud, su ignorancia sobre mi persona o su avasallante necesidad de entender todo lo que lo rodeaba, era que jamás podría ya perder la atención que de mi parte había atrapado. 
Lo único que lograría apartar de él mi decisión de no perder su compañía era el conocimiento de la existencia de ella. La que siempre destruye todas mis intenciones y hacer desvanecer cada una de mis ideas. Ella, que me antecede, me anticipa y me gana de mano en cada uno de los mano a mano que tenemos. Ella es indiferente a mis necesidades y constante en leer mis deseos para adelantarse y deshacerlos cuando yo los creía posibles. Ella, la que no es otra más que la inoperancia del destino, la falta de ubicación de mi sexto sentido, la ignorancia de mi corazón. 
Mi mente volvió a funcionar como se suponía. Dejé de reír  y sonreír a sus historias y conocimientos y comencé a verlo como a cualquier otro profesor. Miré ahora varias veces mi reloj, cinco veces en media hora de hecho. Creo que él no lo notó, se había abandonado a saberme confluida en su soberbia. Finalmente, hizo una pausa. Tomó aire. Llenó sus pulmones con todo el aire que parecía no existir a mi alrededor y con la más calma gesticulación se quedó en silencio. Y es que, los velorios nunca son entretenidos, y menos cuando la difunta es la esperanza de volver a amar. 

12 de mayo de 2009

La era del hielo

Me encuentro sentada omnubilada frente a la pantalla de mi computadora pensando en que falta una milésima de segundo para que mi cerebro explote, no sé si por el dolor de cabeza o por la falta de coherencia que la vida me hace observar. La gripe me ataca de la manera más feroz. El peligro de estar seriamente siendo burlada por Cupido creo que es más virulenta aún. 
La nariz tapada, los ojos hinchados, la cabeza tamborileante, el silencio atosigante. Todo me hace creer que puedo estar contrayendo la peor de las pestes habidas y por haber en la historia de la humanidad pero, claro está, sólo la etapa sintomática (y la más dolorosa) va a poder resolver esta duda.
Leo anonadada que el amor aparece como parte del léxico de la persona que no puede amar. Y aún más sorprendida me doy cuenta de que yo, la diosa del romanticismo sin sentido tiene que ver al mismísimo Adán hablar filosóficamente de amor y sacrificio en la era del hielo. No entiendo porqué yo soy la que tiene que soportar semejante ataque a mi idolatría por los sentimientos más dulces, mientras a mi alrededor se construyen miles y miles de castillos llenos de hadas, princesas y príncipes que más que caballeros parecen adoradores de las emperatrices que los adoran. 
Mientras en mi mirada se confunden los miedos, la ignorancia, la sorpresa, el dolor y el rencor más extenso. Yo ya no sé si pienso, siento o escupo dolor. Me cruzo con la sorpresa de ver que el amor me esquiva. Y para colmo, osa burlarse de mí, como si Dios hablara con un Obispo por medio de la más poseída de las mujeres. Sonrío, como si alguien me viera, pero nadie me ve. En cuanto recuerdo que nadie me ve, las lágrimas se escapan, más allá de mis intenciones. En el recorrido que llevan, en el placer que descubren a su paso dejo un milenio más de la vida de mi corazón. 

Ya no hay más que hacer. La última palabra está dicha. No hay misterio en ser la encargada de perder el amor. 

8 de mayo de 2009

MANIFIESTO POR UNA NUEVA REALIDAD

Me rehúso a creer que la Era Dorada de la Inventiva Post Moderna ha terminado. No puedo entender que todos y cada uno de los presentes en este momento en el Planeta se instalen en la facilidad de la ignorancia, la ignominia y la delicadeza del no ver. Acobardados detrás de los escritorios de su permanente reiteración de estupidez encuentro agazapados sueños, poesías, actuaciones, milagros de la bohemia súbitamente abandonada por la juventud contemporánea. El siglo XXI ha decidido que lo importante viene en frasco etiquetado, y simplemente nuestras vidas se han transformado en una gran caja registradora, por la que nuevos y cada vez más sorprendentes productos que agotan lo poco que residía en nosotros de la antigua y abandonada “imaginación”. No hay lugar en nuestras asediadas agendas para convertir lo que queda en ellas de ocio en producción real: leer, escuchar y observar cada vez más internamente, cada vez más consciente y oníricamente, es la salida y el escape de nuestras rutinas y nuestros calmos y organizados procesos de existencia. Y sobre todo, especialmente, crear.

Las mentes modernas, que completan y construyen el espacio de sobrevivencia de este Mundo y en particular de esta sociedad, han contribuido por su experiencia, su existencia o su planificación y evolución, a destruir la posibilidad de formar un sistema de valores reales, basados en la felicidad de todos, más allá de la egoísta idealización de sus objetivos. La revolución del éxito se contrapuso con la rebelión del arte y las almas libres, y la empresa conservadora de mantenernos inocuos al cambio se llevó a cabo sin ninguna baja, sin ninguna piedra que siquiera la hiciera temblar.

Creo que somos las víctimas de esta manipulación mental y sentimental que llamamos “evolución”. Creo que somos los vividores de un excremento social que nos presentan como milagro u oasis urbano. Creo que somos los que fabricamos nuestra propia identidad de muñecos de trapo. Creo que somos muchos más de los que creemos ser: alcanza con mirar por la ventana del colectivo, por la retina del ojo que transportamos, por la voz del que pide una moneda, por la insensibilidad de quien ocupa una realidad que no le es propia y que robó sin pensarlo dos veces. Creo que somos los que pintamos las canciones del futuro, los que cantamos los poemas del misterio a venir, los que escribimos las líneas que perfilan los senderos que recorreremos, los que cada vez con más énfasis dejamos estampado en el corazón de esta publicidad circular llena de individuos la necesidad de recuperar lo que alguna vez nos convirtió en seres distintos y nos paró en dos patas: la necesidad de desarrollarnos. Estoy convencida de que los bohemios, los artistas y los reos; los abogados, los médicos y los contadores; los nuevos, los de siempre y los viejos; los milagrosos, los adictos y los ineptos; los astutos, los zarpados y los abandonados; los que saben qué hacen en esta vida y sobre todo los que todavía no, les importe mucho o no tanto; todas las personas que acompañan el andar de la que se cruzan en la calle son responsables de cambiar esta realidad, de crear una nueva realidad. Una realidad de pensamientos, entendimiento, igualdad, comprensión y destreza creciente.  Somos.