2 de agosto de 2008
24 de marzo de 2008
La mejor venganza
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29 de febrero de 2008
Así fue cómo
En la suspensión de la calma que antecede a la tormenta, logró controlar sus impulsos y ponerse en camino otra vez. Era cuestión de alejarse de todo y aislarse para estar totalmente en foco y prestando atención. La alarma podía dispararse en cualquier momento. Eso era lo que pensaba cuando la sirena trató de alertarle tan estúpida acción a cometer. Será que todavía hace falta darle habla a las alarmas porque su unitono constante no distinguía una advertencia de otra.
Así fue cómo el corazón, ese absurdo agente alarmante, equivocó una señal de peligro con una de amor. Así fue cómo el hada dulce murió de amor. Así fue cómo todos descubrieron la similitud entre el amor y la muerte. Así fue cómo nunca más las hadas osaron enamorarse. Así fue cómo todos los misterios del amor quedaron resueltos para todas y cada una de esas unidades de tan mágica especie. Así fue cómo las hadas dulces no pudieron con su naturaleza, se enamoraron y murieron. Así fue para todas menos para una. Así fue cómo conocí mi futuro, mi muerte y mi pesar. Así fue cómo el mundo se enteró del peor de los sufrimientos que llevan a la muerte: el amor de quien no le corresponde en esta vida enamorarse, pero no puede evitarlo.
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Pau
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19 de diciembre de 2007
el apodo*
Nacemos, y apenas nos ve cualquier persona, sea en esa cuna de plástico, en los brazos de nuestra madre o en una incubadora, empiezan con el famoso "¡Ay cuchi cuchi, qué bonito/a que es!¡Bomboncito!". Eh, no. Mis papás se tomaron no sé cuánto tiempo de pensar un nombre, y ustedes en 20 segundos destruyen todo ese trabajo.
Ni hablar de cuando entramos a la verdadera sociedad: el jardín de infantes. Siempre se repiten los primeros nombres entre los alumnos, así que nada más fácil que decir : "Bueno, entonces a vos te decimos Mati y a vos Matute". Y ahí perdimos, porque dejamos de ser Matías, Paula, Federico o Eudelio, para ser Matu, Pauchi, Fedito o Eude. Por lo menos, son diminutivos, tenemos todavía la posibilidad de retomar nuestros orígenes.
Y entonces, cuando nos estamos acostumbrando a estos apodos/semi nombres, entramos a la primaria, donde el nombre se transforma en un insulto casi, porque todos sabemos que si una maestra utiliza nuestro nombre completo, estamos en problemas. Y los amigos cambian nuestro nombre, al principio por una continuación de esos diminutivos tan apreciados por nuestros anteriores compañeros, pero a medida que crecemos, y más llegando hacia el último año, deshacemos completamente nuestro nombre y reorganizamos las letras de modo tal que del nombre Daniela obtemos la palabra Boluda. O peor aún, comenzamos con un ritual que en la siguiente etapa va a ser constante: la cadena de apodos (que es como un"Elige tu propia aventura", con un final inesperado. Ejemplos: Matilde--» Matute--» Tute--» Tutu--» Tu (???); María Eugenia--» Euge--» Mauge--» Maujo (???); Federico--» Fede--» Fefe--» Fedufé (???).
Y con esta carga de años de perder nuestra personalidad, llegamos a la secundaria. Ámbito general de sociabilización con pares, creación de amistades pasajeras y no tanto y miedos irrefrenables a los exámenes. Con esto, y sobre todo la sociabilización, se establece el "boludo/a" como epíteto fundamental, las cadenas de sobrenombres en la cumbre de su esplendor (es decir, en el constante uso de su resultado), y surgen los nunca bien preciados, y específicamente denominados, "apodos". Ah, sí sí, es como si nuestra creatividad adolescente se extasiara con la maravilla de la juventud y tuviéramos la rapidez más maravillosa para la creación de "nuevos bautismos". Que Pipi, Tato, Roque, Chino, Jeque, y continúa la lista. Y así nos volvemos adictos a nuestros apodos, teniendo serias dificultades de recolectar de dónde venimos, quiénes somos y, sobre todo, quiénes pretendían nuestro padres que fuéramos, ¿no?
Ahora bien, hay excepciones a esta historia. Primero, los que no tienen la suerte de pasar por todo el proceso porque tienen la mala suerte de tener una tía Pocha, un tío Pepe o un nombre tipo Francisco que en realidad viene acoplado al apodo Pancho/ito, loq ue los ubica en el lugar de "niños de apodo originario", porque desde que nacen son Tom, Cata, etc.
Después, los que no tuvimos la suerte de conocer gente tan imaginativa. Y ahí estoy yo. Porque mientras el 98% de la población "disfrutó" de un apodo, el máximo mío fue "Pau". Ojo, tuve otros, pero uno peor que otro. Pola, Pula, Poly (sí, como el loro), Pau - Pau (creo que fue el que más soporté). Y ni hablar de cuando, por algún motivo, se les dio por llamarme con mi segundo nombre. No es que no me guste, en realidad, me encanta Antonella, pero tuve un compañero en la primaria que se obsesionó con mi segundo nombre y me llamó Anto, Tone, Nella. Sí, un genio. Pero apodos, propiamente dichos y usables, no tuve.
Entonces, ¿es fundamental el nombre o el apodo? ¿Hasta dónde llega la necesidad y la importancia del apodo?
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13 de diciembre de 2007
Amame u odiame, pero no me ignores
Será que lo más insostenible en la vida es el egoísmo. O quizás la indiferencia. O quizás ambos. Pero si hay algo que no es soportable, sin dudas, es la indiferencia egoísta. Es quizás el peor de los males, la más terrible de las enfermedades, el más hiriente de los agravios. La indiferencia egoísta es al arte de destruir sin decir nada. Y no es desde el silencio. La indiferencia egoísta no es más que el mérito de los imbéciles, simulando saber lo que hacen, de hacernos creer que saben lo que hacen.
Somos nosotros, los que sabemos realmente lo que hacemos, los que creamos a los indiferentes egoístas. Ahogamos nuestras propias mentes con las parodias de dichos individuos, consumiendo cada una de nuestras capacidades electivas con las mentiras de aquellos a quienes les enseñamos a mentirnos.
Y sin embargo, no hacemos nada por destruirlos. Los indiferentes egoístas no son ya más que una continuación de una plaga que decidimos plantar en algún lugar lejano nosotros mismos, pero que no notamos que no tenía fronteras ni que no estaba tan lejos. Convivimos con ellos como si no hubiese otra posibilidad más que la de aceptar que metimos la pata dándoles la confianza para engañarnos constantemente con su decir de ser.
La indiferencia egoísta ha interrumpido al mundo en su continuo e indomable andar. El silencio de palabras inútiles y vacías de los indiferentes egoístas ha logrado contraer las maravillas del mundo con una rapidez asombrosa. Ahora bien, ¿qué más doloroso que encontrar en la mismísima mitad complementaria de uno mismo al mayor de los logros del proyecto indiferente egoísta?
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Pau
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3 de diciembre de 2007
El escarabajo de platino
604454400 segundos y contando. Eso llevaba el escarabajo de platino esperando por esa encrucijada que alguna vez una frase en el viento de algún sabio cercano le advirtió. Ahora se encontraba con un espejo, con un gran lago de oscuridad brillante desconocido. ¿Era esa la encrucijada que debía recibir con los brazos abiertos? ¿Qué señal debía esperar para reconocerla? Bueno, visto y considerando que era lo único que tenía, aparte de lo que estaba detrás de él, asumió que sí.
1 segundo, 2 segundos, 3 segundos. 1 minuto, 2 minutos, 3 minutos. 1 hora, 2 horas, 3 horas. Y contando. Mientras más miraba el espejo delante suyo, menos entendía cómo había aparecido, y menos aún cómo haría para superarlo. Por suerte, la gente comenzó a reaparecer rápidamente después de haber estado solo no sabía ya cuánto tiempo. ¿O era que siempre habían estado, pero que su conmoción no le dejaba verlos? No, se aseguró de no estar tan loco. Y de golpe, como por arte de magia, lo vio salir por algún lugar del manto de reflejos: otro escarabajo brillando bajo la ácida luz. No había tiempo de pensar ni caminar, así que, como si sus patas tuvieran un motor de 800 caballos de fuerza, corrió con todas las fuerzas que tenía. Por algún extraño motivo que todavía aún hoy no puede dilucidar (ni su aquí presente relator tampoco), el segundo escarabajo caminaba lento, muy lento, incluso parecía como si lo estuviera esperando. El escarabajo de platino frenó el paso, para comprobar si no era su alta velocidad lo que hacía parecer los pasos de su colega tan lentos, pero al comprobar que cuanto más alentaba el paso él, más lo hacía su compañero, entonces apuró nuevamente la carrera.
Cuando alcanzó al segundo escarabajo, el de platino no supo como describirlo. Lo observó desde lejos, desde cerca. Lo observó de manera profunda y de manera casi superficial. Lo observó detalladamente y lo observó a grandes rasgos. Y aún así, después de vaya uno a saber cuánto tiempo de observación, ninguna de sus características le resultaba familiar. Era tanto como él, y tan distinto. Tanto como él, y tan fuera de sí. Se animó a acercarse a preguntarle cuando entendió que, similar o distinto, seguía siendo alguien perfectamente normal (por lo menos para él), que no tenía ninguna característica rara, increíble, fantástica (por lo menos para él).
Cuando logró llamar su atención, fue casi irreal la facilidad que encontró el segundo escarabajo para sentirse a gusto con él. Le preguntó su nombre, que hacía por ahí, de dónde venía, si lo conocía de algún lugar. Le contó de su vida, su esposa, su familia. Le contó de su trabajo, de su barrio y de su mamá. Le pidió disculpas porque tenía que marcharse, pero le dejó su tarjeta. Aunque su paso era rápido y ensordecedor, se frenó en secó y se volvió a preguntarle para qué se había acercado. Y entonces el escarabajo de platino cayó en cuenta de que ya no recordaba para qué. Le había resultado raro el rápido andar de su amigo, hasta le parecía común la historia que había escuchado. Pero no recordaba haberse acercado con ningún motivo más que el de saludarlo.
Mientras el segundo escarabajo lo miraba con cara de asombro e incredulidad, el escarabajo de platino tuvo la suerte de que el destino le pusiera esa pequeña piedra debajo del zapato que agitaba nerviosamente. Y se cayó, de más está decir. O no, porque esa caída le provocó un golpe en la cabeza tal, que se dio vuelta a maldecir a quien lo había obstruido. Era evidente cuando volteó que el espejo gigante que prácticamente lo comía no era oponente para semejante batalla. Nuevamente, está de más comentar que nuestro escarabajo recordó la pregunta. Pero quizás lo más sorprendente fue que no la hizo, que prefirió callarla y guardarla para cuando su interior le dijera que era el momento adecuado. Se rió en voz alta, tratando de suavizar la situación, le dijo que no era nada a su amigo, lo saludó y siguió caminando como si simplemente hubiese tropezado con él. Extrañado, pero no más que nosotros, el segundo escarabajo siguió caminando, ahora con el ritmo lento que el escarabajo de platino observó cuando empezó a correr, hacía ya tanto tiempo atrás.
Y se volvió otra vez hacia el espejo, que otra vez aparecía inmenso ante sus pequeños ojos, tan pequeños como la voluntad de encontrar un paso. Finalmente, cansado de estar de pie, se sentó frente a la majestuosidad del reflejo interminable y cerró los ojos. Intentó mirar por detrás de los párpados cerrados, reconociendo formas, figuras, algo que lo guiara para saber qué corno estaba haciendo. Ni hablar del susto que se llevó cuando una voz en el oído osó despertarlo de semejante trance con la frase “¿Estás bien?”.
Abrió los ojos sobresaltado, con la bronca del despertar abrupto y la serenidad pasada de lo incógnito reconocido. Atinó un grito que nunca salió, un insultó que nunca se escuchó, porque los ojos marrones que lo miraban lo atravesaron tan profundamente que le cortaron desde las cuerdas vocales hasta los nervios de las patas. Intentó levantarse, pero sólo pudo responder “Sí”. No logró más que reconocer para sí mismo que todos los músculos y nervios de su cuerpo habían decidido por unanimidad rebelarse al mismo tiempo. Este nuevo escarabajo, ahora no tan distinto como el primero, pero tanto más parecido a ese que a sí mismo, se sentó a su lado, en la misma posición y mirando al espejo, y le preguntó que qué miraban. Sin tener la menor idea de contestarle, el escarabajo de platino le respondió de la mejor manera posible: “No sé”. Esperando un ascenso fugaz y tenaz, miró al tercer escarabajo mientras su quietud carcomía tiempo y espacio de manera impensada. Si hubiese querido medir con un reloj el tiempo que pasó, no hubiese alcanzado la arena de Egipto para hacerlo. Después del trigésimo cuarto parpadeo, entendió que su compañero de asiento no tenía ninguna voluntad de levantarse, así que le explicó más o menos qué estaba haciendo, pero también le aclaró que no tenía ningún fin explícito.
Así, a continuación, cerraron ambos escarabajos los ojos y, por detrás de los párpados, trataron de reconocer alguna figura en el espejo. Pasaron los días, y fue al tercero que el mismo tercer escarabajo abrió los ojos, levantó su cuerpo y se marchó, explicándole a quien había despertado de ese mismo trance que en realidad lo hacía por su bien, para no molestarlo más. Y se marchó, con la misma presteza e instantaneidad con la que había aparecido. El escarabajo de platino empezó a divisar una figura como a tres cuadras, en una especie de rincón increíble del espejo infinito, pero que todavía era indescriptible. Durante horas y días, cientos de escarabajos aparecieron sin que él lo supiera de detrás de ese mismo espejo, se sentaron donde el tercero lo había hecho, escucharon la explicación, estuvieron con él algún tiempo y, del mismo modo que el tercero, se levantaron y fueron.
Después de meses de lectura detrás de sus párpados, caminó con los ojos cerrados esas tres cuadras, asegurándose de que la suerte no lo hiciera tropezar (cosa que no sucedió). Cuando vio a la figura en frente, se sentó como lo había hecho en el primer lugar, y repitió el intento de entender qué era esa macha amorfa. Una esquina por allí, otra esquina por acá. Finalmente, la mancha amorfa fue tomando la figura de un rectángulo el doble de alto y ancho que él. Parecían sus lados hechos del mismo platino del que él estaba formado, y poco a poco todo su interior fue desapareciendo. Pero no se transparentó. Parecía una puerta al vacío, a una especie de incógnita permanente y absoluta en la que podía sumergirse o no. Quiso abrir los ojos, pero no se animó. Demasiado tiempo le había llevado encontrar esa puerta y por lo pronto, por lo menos, no tenía ninguna intención de perderla.
El escarabajo de platino tenía que tomar una decisión y no era nada fácil. Muchas puestas de sol más que las que le llevó entender la puerta le llevó decidirse. Incluso llegó a dudar de su decisión unas diez veces, y volver a la vieja otras tantas. Un buen día (o noche, la diferencia era incontable) un golpe en el hombro le hizo recordar que el peligro de despertar del trance era demasiado. ¿Y si alguien como aquel tercer escarabajo venía a preguntarle con unos ojos más profundos que los primeros si estaba bien y nunca más podía encontrar la puerta? ¿Y si los ojos que lo despertaran en realidad fuesen una nueva puerta que lo llevaran por un camino de aún mayor incógnita y vacilación? No, no podía tomar semejante riesgo. Entonces, respiro lo más profundo que pudo, tanto como sus pulmones le permitieron sin explotar, y se levantó. Soltó todo el aire que había tomado y volvió a respirar igualmente de profundo y cruzó sin pensarlo más el umbral que su imaginación había creado en semejante espejo.
La irrealidad de la locura de un mundo donde todos pasan, nadie entiende tu accionar, todo se refleja para que siga funcionando sin pensar en cosas distintas y las puertas para cruzar al otro lado puedan ser únicamente producidas por aquellos que sienten la necesidad de no existir más en la vida real, todo eso fue lo que me llevó a mí a encerrarme en este sarcófago de platino, cuyo aire se acabará en cinco, cuatro...
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25 de noviembre de 2007
Open the door to the next destruction
Over the hill there's somebody else
What should we do for an instruction?
I guess it's not so easy to save the mess
Close the last window to deceiving
I'm been through there and I'm bleeding
Caught the night over the meeting
Suppose there's no one, I'm not kidding
Well there's easy if you're not there
It's so obvious you're teasing me
And now, the walking is too hard
And now, I'm crawling no more
Look at me now that I'm falling
Leave me behind that I'm soaring
Save yourself when I'm not hoping
I've been over there and I won't walk away
Since I've grown up,well, I can't find me
I don't like it here, it's not so warming
Look at me now, I'm thorn all to pieces
and you can't see it 'cause I'm not screaming
Along the way we have to pray
because there is always always hope
But then sometimes the walls just drop
and the things we hear are surely wrong
Look at me now that I'm falling
Leave me behind that I'm soaring
Save yourself when I'm not hoping
I've been over there and I won't walk away
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23 de noviembre de 2007
Desde el túnel*
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Desde la oscuridad del asiento del colectivo, la ciudad de Buenos Aires se convirtió en una gran biblioteca donde todo lo posible a crear era desde la imaginación lo que las letras me regalaban. Sometí mi voluntad a la de Juan Pablo Castel y sonreí no para mis adentros revelándole al mundo que no estaba donde creía estar. La suerte se reveló para mi bien y logré bajarme donde debía, pero no sólo eso. Como hipnotizada con la magia de un relato que no hacía más que traerte a mi memoria, llegue a ese banco de cemento de la esquina de Donato Alvarez y Gaona y me senté a esperar el paso del tiempo, de las personas y del mágico príncipe que viéndome leer se acercaría para conocerme.
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22 de noviembre de 2007
Yo nací para mirar /lo que pocos quieren ver
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18 de noviembre de 2007
momento para el freno de mano*
Abro este flog con el único incentivo y la única necesidad de sentirme fuerte para el resto de mis momentos. Perdí a los que me acompañaban en el camino. Los perdí de tal manera que hasta logré el tan maravilloso milagro de perderme a mí. No sé dónde quedé y no sé tampoco dónde estoy. Y ahora es momento de tirar con fuerza el freno de mano, de poner punto muerto y arrancar otra vez desde cero, por el camino, dejando la banquina. ¿Será posible que pueda borrar todo, tirar este lienzo que llamo vida a la mierda y usar una nueva hoja para empezar una nueva cuenta? No lo sé, pero confío en mí, en mi fuerza, en mi capacidad. Confío en que ahora que puedo cortar todo de cuajo (como hice hace seis años y arranqué de cero pero para mal) y retomar el camino por el que venía, que ni estaba tan equivocado, ni me hacía tan mal.Volqué el viernes, frené el sábado y me desperté el domingo. Y ahora lunes, ¿qué carajo pretendo de mi vida? No sirve que sea maravillosa de lunes a viernes y desbarranque apenas pueda, porque eso es lo que hago. Aguanto, aguanto, aguanto, y después exploto, como si estuviera destruyendo a alguien más que a mí. Y el mayor problema es que a nadie más le importa, si lo único que la gente espera es ser cada uno de ellos feliz... Tengo que salvarme sola, porque nadie más lo va a hacer por mí. Espero que esto no sea mirar al espejo y reflejar. Espero que sea mirar para adentro y entender cómo cambiar.
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cuando suficiente es suficiente*
Lloré, sí, lloré cuando desperté, pero nada fue tan terrible como el simple hecho de haberme despertado. Lloré porque descubrí que el miedo a no ser lo máximo que pudiera ser a los ojos de los demás me había llevado a ser todo menos yo misma. Si era feliz siendo como era, ¿cuál fue la necesidad de cambiar, de ahogarme en el seno de alguien más?
Pensé, repensé, recontrahiperpensé, pero todo se empecinaba en terminar en la misma frase: lo hecho hecho está. Era cuestión de entender que si quería cambiar algo, si quería solucionar mi pérdida de identidad, lo único que podía hacer era hacer algo. Esperar no serviría para nada, a pesar de que parecía ser la mejor y más fácil solución.
En el medio, ellos, los otros, los que habían llegado a ser yo misma pocas horas antes: eso era lo que debía dejar atrás si quería volver a sonreir de verdad. Sedienta de vanidad, curiosa de locura, todo lo que podía significar la peor de las pesadillas para esta comunidad tan ostentosamente perversa cruzaba mi mente sin más peligro que el de revelarme la realidad.
Ahora: ¿qué capacidad podía tener un cuerpo sin espíritu y con mente para crear un espíritu que no sólo le correspondiese, sino que además se conjugara con lo que esperaba de dicho espíritu? Creí, pero como sólo un ángel puede creer, con la fe de la inocencia detrás de la insolencia. Más en un mundo donde la fe es el peor de los insultos, el más terrible de los desastres. Yo decidí tener fe en mí.
Ya no puedo echarme atrás, las cartas están echadas y es mi habilidad para jugarlas la que me permitirá volver a ser quien quiero ser o perderme para siempre. Pero para eso sé que no puedo sola, que dependo de alguien que me sostenga, que me permita matenerme en pie cuando sienta que ni el más macizo de los bastones podrá evitar que tambalee: Por lo pronto, espero poder empezar sin ese bastón, pero sé que en lo sucesivo deberé encontrarte, sí, a vos, al que me sostenga. Tengo que creer en mí, pero no en que soy intocable, inmortal e insensible.
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13 de noviembre de 2007
Te necesité como nunca necesité a absolutamente nadie. Respiré hondo esperando que aparecieras, y no lo hiciste. Y aunque lo hubieses hecho hubieses sido tarde. No importa cuándo, pensé que sería posible que hasta por milagro quizás soltaras ese manojo de egoísmo que te eleva por los aires y volvieras a mí. Incluso que quizás, por primera vez llegaras. Pero no lo hiciste. La magia esta vez pareció desaparecer, de una vez y para siempre.
Las lágrimas que me acompañan no son de cocodrilo. Tampoco son siquiera pasajeras. Ni momentáneas. Son absoluta y comprensiblemente eternas. Porque el dolor de lo que se tuvo y se perdió para siempre sabiendo que no volvería jamás es inolvidable. Pero no del buen inolvidable, no de la sensación de mariposas en la panza de tu primer amor, sino del mal inolvidable, del que aparece cuando un avión se estrella frente a tus ojos y tu inutilidad.
Podría decirte que lo sé, pero jamás voy a entender cómo pudo ser que todo tuviera un final tan drástico. Bueno, al menos para mí.
Si sigo escribiendo un teclado va a perder su pulso. No me quedan ni letras, ni palabras, ni bronca, ni ira, ni llanto ya para poder decirte que voy a extrañar a la única persona que me hacía sentir acompañada y feliz, pero que también sé que soy una persona y que como tal lo único que puedo hacer por mí y que no vas a poder hacer vos es respetarme.
Te amo, amo tu recuerdo y lo que vivimos juntas, jamás te voy a olvidar. Marcaste todo, pero este es el final.
Todo historia tiene un final, pero en la vida todo final es un principio. Espero que así también lo sea para mí.
Para vos, Johy.
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6 de noviembre de 2007
Sobre ruedas
Todavía siento el puñal en el pecho.
Mas sólo queda el agujero
y la mancha negra de tu pasar.
Mientras todo está quieto y lento
parecer ser que mi aliento
y la sorpresa no pueden ya llegar.
Angustia de no poder volver
a saber.
Angustia de no poder entender.
Sistemación de no correr
estoy cortada aquí a tus pies.
Afuera suena un cañón
que detona bolas en un paredón.
Acá no queda nada, nada, nada.
Sentada espero tu memoria.
Acorto pasos que no hay .
Y sin más no hay más quimeras.
Desastre de no vivir antes
de este tiempo.
Desastre de no vivir jamás.
Acuerdo mutis de no saber
cómo amarme así sin perder.
Adentro no hay expresión
(más que la mínima unión).
Acá no queda nada, nada, nada.
Puñal inverso de dolor.
Ocaso triste del amor.
No queda rostro en la pasión.
No había sentido este sudor.
Se escucha a la nada cortar
el aire tibio del suave mirar.
Niego ver lo real y lo irreal
que me destruye, está en vos
Acá no queda nada, nada, nada.
Nada, nada, nada.
Puñal quitado, mancha oscura.
Lienzo vacío mi corazón.
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Pau
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24 de septiembre de 2007
escondida*
- 0, 1, 2, 3, 4, 5...
Cuando alcanzó el preciado 50 de vuelta, abrió los ojos por segunda vez y se secó las lágrimas. Siempre había temido al juego de las escondidas y ahora comprendía porqué. Su mirada se volvió cada vez más profunda mientras atravesaba las paredes con el rayo láser que su pavor le regalaba a medida que los segundos pasaban.
Sonreía, pero la realidad le mostraba que no había nada de que reírse más que de ella. Mientras trataba de decidirse entre acompañar al miedo en su parálisis o usarlo para correr lo más rápido posible hacia esos arbustos que hacía dos minutos que veía mover, Valeria alcanzó a reconocer dentro de ella una sensación que nunca había recibido hasta el momento: la rabia.
Eso, eso que la destruía de a poco desde que los había conocido, entonces eso NO era rabia. Esto lo era. Retrocedió dos pasos hasta el árbol donde hasta hacía cinco minutos su vida se enfrentaba a la clara posibilidad de no continuar, y recordó cada una de las palabras que había escuchado en los últimos tres años. Ahora que los traía juntos a la memoria, era ahora que entendía que ninguno de esos ilusos grupos de palabras habían sido consejos. Meros augurios e intentos de reproche habían sido los insultos que ahora recién creía comprender.
Mientras tanto, a lo lejos en la sabana, intento de mezcla de malezas poco sanas con pelopincho de jardín, Ariel reordenaba sus pensamientos para estar seguro de lo que haría esa mismísima tarde. “No todos los días uno declara su amor”, pensó sin más conmoción que la de una hoja seca ante su inevitable destino otoñal de la caída. Una frase rosa por aquí, un par de líneas de melodrama crepuscular por allá y voilà: he aquí una enamorada fiel y sincera de por vida. O eso al menos era lo que prometía la receta, ¿no?
Caminó por el sendero esmaltado de fines de siglo como si todas las calles de la ciudad se hubiesen vuelto súbitamente canales venecianos. Sofocó unos nervios (pocos) infantiles con el dulce sabor del azúcar en sus labios. Sin embargo, le era inevitable el continuo andar por ese ya milhecho camino perpetuo.
“¿Y qué me dice ahora Don Ariel? ¡Quién lo ha visto y quién lo ve, caminando angustiado infinitamente por el amor de una mujer!” Debía cuidarse mucho de que ninguno de los varones lo viera en ese estado lastimero y que tanto dejaba que desear en un hombre altivo y masculino como él.
Sonrió al verla llegar a lo lejos, a lo lejos de ese insensato y excesivamente largo trecho tantas veces por él recorrido, y la saludó por dentro como sólo el hombre bien enamorado puede hacer. Sí, así, recordando cada una de las letras naïf y sin sentido que tantas veces había escuchado pero que sólo entendía mientras observaba a su sirena dar algún paso, alguna señal de su amor.
- ¡PICA ARIEL, ATRÁS DEL ARBUSTO DE AZALEAS BLANCAS!
- Vale, ¿me venís a ayudar? Creo que me enredé con la planta esta...
- Pero, Ari, no puedo, sino pierdo... Esperá que termine y vengo.
- Pero Vale...
- ¡¿Vale qué?!
- Nada, Vale, nada... Andá, te espero...
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2
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23 de septiembre de 2007
buenos aires*
Mientras el sol brillaba sobre la ciudad portuaria, las costas repetían la historia de los barcos llegando a los muelles que los esperaban.
El viento soplaba, las palmeras se mecían, las nubes se negaban a aparecer, el cielo resplandecientemente celeste iluminaba sin necesidad de la estrella diurna, el clima de un invierno frío como pocos había desaparecido en la gente solitaria de la ciudad.
Parecía que finalmente Venus había decidido volver a la ciudad que nunca dormía, pero cuya temporada de frío había provocado en el ánimo pueblerino una especie de hibernación obligada.
Mientras el artista caminaba por las calles de tan aislada ciudad, el resto de los miles de individuos que compartían con ella las baldosas descascaradas que insistían en pisar la observaban disfrutando de la excentricidad de su actividad.
Miraba, elegía, se reía, cantaba. Todo por la mirada era descriptible hasta el más mínimo detalle. No quedaba opción, más que la de compartir con ella esa situación de felicidad pura y absoluta, mágica y decidida. Realmente parecía que sólo faltaba el aire cálido y el perfume a mar.
Y sin embargo, detrás de tanta gente, tantas palmeras, tanto viento, tanto sol, tanta paz, el desastre se avecinaba. La risa se convertiría en llanto. La luz en tormenta.
No quedaba más que disfrutar lo que había, sabiendo que en cualquier momento podías terminar.
O no.
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la espera*
Sonrío bajo la llegada del vapor a lo que debería ser la seda de mi espalda, pero el frío del comienzo de la noche hace que la nueva ventana abierta enfríe hasta lo más profundo de mi alma todo mi ser, incitándome por completo a terminar de recrearme en el candor de lo que trato de esperar.
Entro a la ducha después de los clásicos cinco minutos de precalentamiento, y en ese instante siento lo que esperaba sentir más tarde esa misma noche, y comienzo a imaginar el placer de lo oculto en lo más profundo de mi imaginación. Comienzo con lo más cercano, visto, recordado, sus ojos y su sonrisa, que no provocan en mí más que lo sensible del amor que nos tenemos profesado en mis sueños. Ahora, mientras tomo el jabón entre mis manos y comienzo con el rito habitual de cada día, rememoro lo más dulce y terrible que tiene, el sentido del tacto, el sentido de lo que aumenta cuando más suave se torna, y acorto el tiempo de reacción de mi cuerpo frente a lo que mi subconsciente insiste en regalarme.
Como lo que se regala no se devuelve, tomo lo que me llega sin titubear y lo alcanzo a mis más necesitadas voluntades de felicidad, y mientras mis manos no se resignan a dejarme sin un placer extremo, acomodo mis ojos en lo que no existe, fusionando lo mágico con el grito excelso, y supongo que el final austero de lo que tuve y ahora no tengo es momentáneo (inconsistentemente momentáneo).
Dejo el jabón, el vapor y el espejo. Abro la puerta y frente a mi reflejo de cuerpo entero, comprendo que el pecado era no hacerlo, era tener tanto miedo. Me convenzo de que la felicidad es la muestra gratis en la Tierra del paraíso eterno, y al mismo tiempo que sube mi vestido por mi espalda, costado y pecho, miro mis manos no aisladas de lo que siento y cuento los segundos para el encuentro.
Sonrío mientras se mueve el segundero. Sonrío por todo, por el secreto. Sonrío por mis manos, por mi imaginación, por su recuerdo. Sonrío porque no lo sabe, sonrío porque podría saberlo. Sonrío porque imagino en el mismo momento en el que empecé mi cuento, con el agua fría, caliente y tibia al mismo tiempo. Sonrío por el timbre que abrirá el encuentro. Sonrío cuando la miro y me sonríe de nuevo.
Que el encuentro no sería completo si no estuviera ella, sin saberlo, espera que el vino, la música, las velas hagan el efecto que en mi ya hizo ella. Y no puedo dejarla sola, esperando, en mi sillón de espera.
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sin:título1*
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histeria*
Supremacía de la histeria. El grito y el llanto han conquistado el espacio del silencio y la paciencia. Se suceden los augurios de estelas maravillosas. Lágrimas se confunden con la sorpresa de las contrapartes.
Soluciones a problemas sin sentido se han cansado de conquistar corazones y almas. Suenan en el aire las combinaciones de compases, mezclados de la manera más suprema. Inentendibles protestas y quejidos corroen los antiguos sentimientos que en algún momento de la historia supieron ser jefes de las acciones.
Los cobardes ya no se confunden con los valientes, porque valientes no existen más (y los cobardes se apoderan del mundo). Detrás de los cobardes, la histeria propia de un mundo cada vez más andrógino.
Recuerdo la época en la que la igualdad corría en un solo sentido. Mujeres iguales a los hombres, y no viceversa. Y en algún punto, en algún lugar, los términos se mezclaron, se fundieron detrás del término “igualdad”.
No es el tiempo el que cambia sino nosotros los que nos cambiamos a nosotros mismos y al tiempo. Dejamos (sin sentido) que la histeria se combinara con la normalidad, y ahora funcionamos bajo su orden, bajo su grito de mando.
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Pau
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hipocresía*
Detrás de mi comentario post saludo, hipocresía. Detrás de su mirada, hipocresía. Sostener miradas en el mundo de hoy en día no vale nada. La palabra tampoco, el honor se ha escapado por la ventana.
En sus escritos encuentro la hipocresía de quien se queja y no soluciona nada. De quien dice tener la respuesta pero no la comparte con nadie.
En su crítica descubro que él no ha cambiado en nada. Es igual al resto, y eso me desgarra. Sus comentarios destruyen lo que su imagen se complace en alentar.
Cierro mis oídos, mi mente; mi piloto automático se enciende al instante en el que el beso se instala. Mi alma se pone en funcionamiento a medida que me despierta para que el filtro nuevo sobre mi mirada me permita ver más rápido esa exclusión mía del mundo.
Hipocresía eterna azota a la ciudad despierta. Yo despierta me arrepiento de haber dejado la cama. Ahora sólo puedo decidir: o me desencanto de mi líder natural y me rindo a la más profunda soledad y angustia; o sigo como hasta ahora, dueña de un filtro único y espectacular que me permite ver todo lo que somos y jamás podré cambiar.
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Pau
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arte*
Infinidades de veces, infinidades de humanos, infinidades de de tiempos insistieron en marcar al arte como algo, como lo que era o como lo que no era; o como lo que era con lo que no era. Soberbios críticos y artistas de un arte comprendido por sus compañeros crearon la farsa del arte y del “no arte”. Si insistimos en que la nada no existe entonces, ¿por qué el “no arte” debería ser real?
Los magnánimos y todopoderosos comentarios deciden qué complace al arte y qué lo destruye. ¿O es qué la destruye?
El arte es hombre, es reacio y formal. El arte expresa, oculta y es realidad. El arte explica, confunde y conmociona (o emociona). El arte es eso que todos queremos pero no podemos ni debemos explicar.
¿Quién les dijo que el arte es hombre? Tal vez sea una sirena difícil de domar, oculta detrás de su “a” inicial para no ser descubierta en realidad.
¿Quién les dijo que es reacio? Si yo no me opongo a nada, sólo quiero un nuevo idioma para (de)mostrar.
¿Quién les dijo que es formal? ¿Quién les dijo que es informal?
¿Quién les dijo que expresa? Quizás sólo sea por ser, como cuando en blanco “pensamos”, y la mente está por estar.
¿Quién les dijo que oculta? Si bien las palabras son pocas, las imágenes son ingenuas y los sonidos austeros, es claro que muchos de ellos nos muestran cosas que la mente y el alma ya no pueden ocultar.
¿Quién les dijo que es realidad? La fantasía más absurda se encuentra en la maravillosa estela del arte en general.
¿Quién les dijo que explica? ¿Alguien entiende al alma en estado puro, al amor sin besos, al aire de fresco otoño como el diccionario los nombra?
¿Quién les dijo que confunde? ¿Alguien alguna vez pudo perder el mensaje de las flores como belleza, o de un sol negro de lluvia, o de un estruendoso final de ópera?
¿Quién les dijo que conmociona? No hay sensación más placentera que, como después del sexo tras el amor, surge del final de la última línea de un texto mágico, de la última nota de una melodía eternamente nuestra, del último sentido de ka imagen más intensa. (¿Quién les dijo que emociona? Si no hay frío más eterno que el de un best seller taquillero, que el de un plástico infinito, que el de un cliché discográfico.)
El arte no se explica porque no se quiere. No poder explicar el arte es una excusa de los incoherentes e ineptos “expertos”, que bajo sus miedos más intensos, se ocultan bajo la frazada al momento de patear el penal en el minuto 90 de la gran final.
Para eso estamos nosotros, los excelsos lectores, espectadores, escuchas. Nosotros, los soberbios que nos animamos a perder esos miedos, o a pasarlos por encima (a patear el penal al ángulo con fuerza, arriesgándonos a la abucheada más letal). Nosotros, los que explicamos al arte que es arte por ser tal, más allá de los delirios de los demás.
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Pau
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