25 de febrero de 2009

Palabras Sinsabor

Me contaron una vez

que no hay amor del amor después
que no existen los porqués
y que si te acordás, ya no me ves

Me dijeron al pasar
que por mí hoy no lo harás
que no hay río por alzar
y que el francés es un amor más

Es que no creo en tu música
mundo perverso, no vuelvo atrás

Escuché de un señor
que no oye más el corazón
que no queda escape al dolor
y que sigo esto porque tengo compasión

Me contaron otra vez
que no hay más once ni seis
que dejé mis lágrimas en tus pies
y que no tengo más sentimientos para perder

Cuando parecía que el sistema estaba
todo se cayó con tu voz.

Sabés que te estoy cantando
Yo sé qué es lo peor
Lo peor se esconde en mi alma,
lo peor es el rencor.
Cada segundo que se pasa
me queda menos perdón.
No sé si es el clima, la lluvia o la calma
No sé si hay temor.
Sólo quiero que sepas ahora
y no lo olvides más.
Mi vida no es tiempo perdido
y por eso no te espero más.

19 de febrero de 2009

Dando vueltas.

Mientras una canción sonaba por detrás de mis sienes, Rita sonreía al ritmo de una tonada gallega que nada tenía de torpe. Las letras se dispersaban por el cuarto y un halo de terror rodeaba todo aquello que parecía infernal y caluroso en aquella refrigerada habitación. Unos cuantos minutos más tarde, era otra la imagen del mismo espacio, y Rita ya no sonreía, sino que dejaba entrever lo que sus ojos querían gritar pero su mente no dejaba escapar: el pavor de conocer la verdadera soledad.
En otro lugar del mundo, más lejos o cerca según se lo mire, Felipe describe al peor de los pecados como el mejor de los inventos, y ahora que cree en lo que vende, convence al resto del Universo de que aquel mágico producto no es más que la nueva creación bajada casi por el mismo Salvador para la solución de todos nuestros problemas. Un par de canciones después, Felipe entiende que si no fuera por las multitudes que convoca y los millones que estafa, ninguno de los segundos que dura su vida sería mucho más útil que el de una gota de agua salada agregada al mar.
Días después, en la misma habitación, Rita supone que nada puede caer más bajo que su vida en ese mismo instante. La ignorancia de cómo sobreponerse a la impotencia de no saber manejar el poder la llevan a pensar que nada ha cambiado, que no importa lo mucho que se esfuerce, todo termina en el hecho de que no puede hacer nada para retenerlos junto a ella. Él, por otra parte, ostenta todo lo que ella jamás tendrá ni querrá para ostentar: la desidia, el poder, la soberbia y la mayor de las frialdades para arrancar de los brazos de una madre a sus hijos. Ya no hay tonada gallega que alegre, sino pasajes a Barcelona que destruyen el alma de una mujer más fuerte que cualquier diamante. Ya no hay melodía sincera que haga sonreír, sino notas sueltas que permiten lagrimear como si no hubiese otro día por delante.
Años después, el producto se ha vencido. Felipe entiende que lo único que requería la felicidad era destrozar unos cuantos miles de personas que se lo merecían bajo la exucsa de su propia estupidez. Y es que, como buen abogado, sabe que nadie puede alegar su propia idiotez como causal de invalidez frente a la insatisfacción de haber cometido un error. Sonríe para afuera, llora para adentro. Ya no hay forma de escapar a la culpa que lo rodeara y destruirá en lo que le queda de vida. Quizás los caballos de fuerza y el sonido de sus exóticos tucanes le permitan reforzar su alma al punto tal de liberar toda la penuria que lo acongoja.
En un bar de un barrio cualquiera, en la peor de la ciudades, en el mejor de los mundos, Rita y Felipe se encuentran tras haber dejado atrás, en un puente, la posibilidad de solucionar de la manera más fácil todos y cada uno de sus problemas. Rita lo conoce, Felipe también. Saben lo que va a pasar ahora. Saben que ya nada va a ser igual esa noche. Saben que la gira empezó. Saben, mejor que nadie, que ya no hay vuelta atrás.

16 de febrero de 2009

De cómo la esperanza que quedaba se transformó en la tristeza que faltaba

Y cuando menos lo esperaba, él apareció. Era una mezcla agridulce entre mis ganas de saber que pensaba en mí y esa decisión de dejarlo atrás que tantas horas me había llevado tomar. No lloré, no pataleé, no me asusté, no hice nada. Eso fue todo, no hacer nada más. Lo vi, eran cuatro líneas, un mensaje y todo lo que sabía él que me iba a transformar en la persona más desdichada del mundo. Inquieta frente a la pantalla, atiné a hacer lo que cualquier mujer en sus cabales haría: recurrir a otra mujer aún más complaciente con el amor que una misma. Así sin esperar un segundo y gracias a la inmediatez de Internet, mi pena ya no era solitaria, sino que la había compartido con la más nueva y romántica de mis amigas. Aunque ella me intentó convencer sobre la posibilidad de que él no fuese así de insensible y vulgar, en el fondo yo sabía que el único que me conocía lo suficiente como para saber qué y cuándo hacer para convertirme en una idiota era él. 

Y cuando menos lo esperaba, ella apareció. Un par de palabras me hicieron que creer que había otro ser en este mundo que se interesaba por mí como sus ojos lo habían hecho una vez. Volví a pensar por una milésima de segundo que uno de los tanto príncipes azules que daban vueltas por este mundo en realidad podía ser lavado con agua hirviendo y sobrevivir. La esperanza de volver a encontrar la felicidad justo en el momento en que no creía más que en el dolor se volvió tan abismal como el tamaño de la descepción cuando me explicó que era una tonta por leer entrelíneas cosas que no existen. Supuse que era otra vez el momento de encontrarme con el infierno de mi propia desazón y con el destino de solterona que me aguardaba drásticamente.

Y cuando menos lo esperaba, la esperanza que me quedaba en el corazón, la idea de que en realidad la muerte es de lo único que no se vuelve y de que una vida näif donde el amor después del amor te reviva es posible, se transformó en la tristeza que faltaba para convertirme en la mejor de las abogadas, en la peor de las personas, en la más egoísta de las mujeres, en la más insensible perra que jamás se ha visto. 

- Mucho gusto, encantada.

13 de enero de 2009

El nacimiento de un amor no correspondido

Calle Corrientes. Enero de un año cualquiera que empieza como todos los anteriores: con calor. De hecho, creo que el Diablo dejó Buenos Aires para irse a un desierto más fresco. Detrás de esta ventana, todo parece más simple. Los hombres son hormigas y el aire acondicionado impone un ambiente de confort y comodidad que ningún hombre, porteño o no, está dispuesto a dejar pasar. Mientras un grito mudo se ve tras la ventana, seis metros en el vacío, yo escucho una conversación que jamás hubiese existido si no fuera por este ficticio paraíso primaveral.
Una damita (apodo que amablemente le regalo a una bebé que no tiene más años que la TV satelital ni más experiencia que la de mi abuela con internet) sonríe frente a la barrabasada que un señorito (otro apodo que también regalo, no ya porque me cause una impresión de ser mayor de lo que es, sino porque no creo que nunca pueda pasar de eso) escupió tal cual llama de apodos pocos felices. 
Pero esto no es lo más interesante, sino el diálogo de gestos que este diálogo entre vergüenza y desvergüenza impidió que observara el citadino estándar. El insulto halagador fue acompañado de una mirada descendida y trunca que solamente implicaba la mentira que lleva al amor no correspondido. Los cachetes sonrojados y la media sonrisa completaron el panorama del primer enamoramiento de aqulla pequeña niña, más pequeña y niña ahora que nunca.
Detrás (o delante) de toda esta escena, yo. Junto a mí, mi incapacidad de advertirle a esta damita lo que ocurriría. Junto a mí, mi inutilidad para ayudar a este señorito a no cometer el peor de los errores. Es que yo parecía un pequeño anexo a esta situación donde la protagonista no era otra que mi impotencia: ellos saben que los observo, yo sé que ellos están a punto de cometer el peor de los pecados. 
Termino de escribir esto mientras se alejan volviendo a meterse en el infierno que en este momento se convirtió Buenos Aires. Y es que, de toda la situación, lo único que me parece adecuado es este movimiento. Porque el Diablo parece jaber decidido volver a la ciudad porteña. Y qué mejor escenario que los habernos para congraciar el nacimiento de un amor no correspondido.

12 de enero de 2009

Ojos en la nuca.

Silencio detrás de las paredes que me rodean. Pareciera que me adentré en una selva absurdamente trastornada. Si alguien leyera esto sin conocerme, creería que soy otro más de los tantos héroes de la literatura fantástica. Si alguien leyera esto conociéndome, sabría que no soy más que otra de las tantas víctimas de los villanos de la literatura fantástica.
Mientras la jungla de neón que me rodea parece ser cada vez más extensa, escucho con cuidado los ruidos que significan que jamás saldré de aquí. Siento, a mi derecha, el clamor de unas campanadas que parecen más rocío de enero que tormenta de otoño. A mi izquierda, por el contrario, lo único que veo son pequeños entes que, como si no estuvieran, me miran a los ojos atravesándome, como si no les fuera útil a sus necesidades. Lejos, en el horizonte, diviso un monstruo de enormes dimensiones, estruendosos gritos y patéticos intentos por sobrevivir a este infierno que llaman ciudad. Adentro de él, lo único que observo son todas las víctimas que, como alguna vez lo fui yo, creyeron en su dulce sabor a modernidad y avance.
Lo único que realmente me preocupa en mi andar es mi espalda: siempre creí que la gran deficiencia del hombre es no tener ojos en la nuca. Por suerte, una de esas tantas decisiones de la naturaleza de otorgar las mismas posibilidades a todos sus hijos impuso que ningún animal tuviera ojos en la nuca. Por suerte, el hombre cada día más dedica su vida a destruir las decisiones naturales mediante la genética. Ya seremos animales perfectos, ya tendremos ojos en la nuca. Mientras tanto, lo suplantamos con la paranoia, el pánico y la desconfianza. La violencia también ayuda a destruir esa sensación de indefensión.
Pareciera que la selva no tiene fin, y que los peligros que enfrento a cada paso son incontables. Sin embargo, cualquiera que luchara junto a mí creería que las esperanzas en este caso son lo primero que se pierden. Es que pareciera que no hay ningún escape, ninguna forma de sobrevivir a esta aventura. De todos modos, creo que yo tengo la posibilidad de vencer los habernos que me enfrentan y todo lo vale cuando el precio es tu propio hogar.
Como dije al principio, quien me conociera sabría que soy víctima de esta selva y no héroe de ninguna clase. Soy el producto del destino, de un destino que creó en mí al más terrible de los engendros, al más odioso de los monstruos, al más vil de los animales. Una de las tantas víctimas de este planeta de villanos, donde lo más valioso es lograr luchar con todo el resto. Y es que cuando se tienen ojos en la nuca, la vida es más fácil. Y es que cuando no se tienen, es momento de crearlos.

10 de enero de 2009

Hay cosas más fuertes

A veces parece que el camino está empedrado, y a veces que ni siquiera hay camino. Uno encuentra escollos que muchas veces parecen más grandes y molestos de lo que verdaderamente son. Entiendo que las sombras pueden jugar malas pasadas a la vista de unos ojos no acostumbrados a un camino oscuro, pero es cuestión de aprender a mirar. 
Cuando la noche parece haber ganado al sol el espacio que es camino nos presenta, existen pequeñas linternas que tratamos de encontrar para hacer un poco más llevadero el andar. Hoy desucbrí que esas linternas no son otros que los buenos amigos. 
Los buenos amigos no son ni los más antiguos, ni los más valientes, ni los más compañeros. No señor. Los buenos amigos son esos que a uno le hacen sentir el corazón lleno cuando está completamente vacío. Los buenos amigos son los que cuando uno siente que todo se cae abajo, que el mundo se compone de silencios y mentiras, nos vuelven la creencia de que en realidad no todo es tan gris y triste. 
Hoy entendí que después de veinte años, por primera vez en mi vida tengo amigos. Creo que si no me equivoco tengo tres. Sí, ahora entiendo esa teoría de que a los amigos en serio se los cuenta con los dedos de una mano. Y como en estos días difíciles me hicieron entender que aunque todo parezca imposible, tenés que creer que hay más gente como ellos, quiero nombrarlos y saber que son mis cosas más fuertes:

Sanfran

Carla

Juli

Bender

Porque se bancaron mi mal humor y mis locuras. Porque me hicieron sentir que nunca se está tan mal. Gracias.

7 de enero de 2009

Lo idílico es la fantasía de lo real

Vivimos, comemos, mamamos y morimos por una serie de ideales que en todos los aspectos de la vida se convierten en nuestro imaginario de la realidad. Creemos que en cuanto queramos lo podemos dejar y volver a tierra, para aceptar que en realidad vivimos en un mundo que no es perfecto en ningún aspecto y en el cual nosotros no vamos a ser la excepción. Lo que no entendemos es que en el siglo XXI, la voluntad de volver a la vida habitual ya no se encuentra en nuestras manos. Somos adictos de la perfección, pero no porque queramos sino porque ya no nos queda otra opción frente a la imposibilidad de alcanzar cada vez más placer del mundo real. 

Somos los seres más brillantes de todas las épocas: tecnologías, drogas cada vez más placenteras, enfermedades cada vez más conocidas, remedios cada vez menos abarcativos pero más efectivos, especializaciones cada vez más útiles para ocupar espacios sin hacer nada. Y sin embargo no sabemos todavía cómo solucionar la adicción al placer extremo que muchas veces llamamos fama o poder. Para sentir que por lo menos la aplacamos mínimamente, la atacamos con ideales que nos convierten en máquinas de alcanzar lo inalcanzable, cada vez más eficientes en el arte de la frustración. Quizás sería todo más fácil si fuéramos realmente máquinas, robots o como quieran llamarlo. 

Los sentimientos también han sido idealizados: queremos el amor eterno, la amistad incondicional, la familia perfecta, la gloria infinita, el reconocimiento máximo, la felicidad íntegra e interminable. Morir apacible y aburridamente, vestidos de gala en una cama perfumada con una sonrisa maquillada. Vivir detrás de una sonrisa hipócrita que permanentemente mantenga felices a los demás y a nosotros mismos bajo la fachada de un "Un mundo feliz". Y es que Aldous Huxley tenía razón cuando imaginó que el planeta ideal de la humanidad moderna era un espacio donde las sensaciones se cubrieran de drogas, los hijos fueran reproducción industrial de la especie y el trabajo y el alimento no constituyeran más que un espacio mínimo de la porción que ocupamos en ser responsables. Restrinjamos esta imagen de un mundo fantástico a la realidad actual: el alcohol, cigarrillos, fármacos, drogas de toda índole, "shopping", TV y trabajo hasta cubrir todo lo que el día nos permita aplacan cualquier ínfima posibilidad de sentir; los hijos se eligen en África, Asia o el primer lugar del que la última tapa del New York Times haya comentado que esta en extremo estado de destrucción, pero por supuesto siempre que sean bonitos, fotogénicos y simpáticos a la cámara; y finalmente, somos responsables por la inanición que conduce a la fama y la vagancia que constituye el máximo esplendor de las celebridades. 

Nos hemos formado en una de esas sociedades que ni el peor de los futuristas ni el más osado de los iluministas podría haber imaginado. Nos rodeamos de adultos que creen ser los más aptos para dirigir el mundo, cuyos conocimientos son supuestamente los mejores y sus ideas las más útiles para un mundo mejor. Lo que nadie dice es que fue esta generación de adultos la que construyó este mundo, en el cual lo único que se ha buscado es dicha perfección.

Somos el resultado de una historia basada en alcances de placer y perfección. Nos toca cambiar esto para que nuestros hijos y hermanos puedan vivir lejos de esta infelicidad que a muchos nos rodea. Y es que lo idílico es la fantasía de lo real. Salvo en el siglo XXI, donde lo real parece ser idílico.

2 de agosto de 2008

Andrómeda

Andrómeda estaba todavía demasiado lejos y aún así parecía más cercana que su mirada. Con sinceridad le pregunté por sus sentimientos, pero para variar, no dijo nada. Me dejó con la intrida y la curiosidad insoslayable que nos convierten en los más completos humanos. Y así, detrás de esa pregunta sin respuesta me quedé yo, atento, esperando de ella lo que una mujer es incapaz de regalarte: honestidad.
Ahora Andrómeda parecía haberse acercado unos cuando miles de kilómetros. Me hizo recordar que el viaje se acababa y una vez más le cuestioné su alma. Ella, ahora un poco más compasiva, me miró, pero reiteró el ya conocido silencio. No sé si era conciente del arma que estaba utilizando y lo que con ella lograba, pero si lo era, su piel debía ser de acero. Suspiré imaginando que finalmente me regalaba una respuesta.
Andrómeda parecía ahora más lejana que antes, pero ya sabía yo que eso era imposible, que la única opción era que estuviésemos acercándonos. La miré y por un segundo no supe qué tan atenta estaba al camino. Me arriesgaría a decir que si me hubiese desviado en la oscuridad de la noche, ella jamás se hubiese percatado. Pero fue su sonrida, más cómplice que pícara, que me asustó de más: ¿es que quizás tenía idea de hasta lo que yo pensaba? Hasta el día de hoy me asusta.
Me encontré mirándola nuevamente, contemplando su belleza más absoluta. Ya no importaba la distancia, Andrómeda parecía brillar más que de costumbre. Nunca había logrado ver con tanta claridad todas sus figuras como lo podía en hacer en aquel momento. Fue entonces que entendí todo: la sonrisa, la falta de respuesta, la piedad. Ahora yo la miré y logré que se quedara estupefacta. Eso era lo que quería, alcanzarla, mostrarle que podía acompañarla hasta ese punto. Y creo que logré hacerla feliz, pero no estoy seguro.
Finalmente llegamos. Ahora sí que Andrómeda parecía inigualable. Los dos en silencio nos encargamos de adorarla. Es que, cuando una estrella une dos almas, todo alrededor desaparece. Pero cuando una galaxia une dos alamas, todo el universo aparece. De todos modos, a nadie le importa, por lo menos, mientras dura el amor.

24 de marzo de 2008

La mejor venganza

Te miro fijo y me sonreís, mas sé que eso ya no importa. Ya nasa más importa. Detrás de esa mirada perversamente risueña se esconden intenciones de fantasma. Me hablás con cada una de las pestañas que se mueven en tu andar. Me descubrís cada vez endeble con cada paso que das. Y sin embargo, me seguís sonriendo.
Es así que cada palabra que se escucha reacciona distinto en el aire: como reacciones químicas, pero que terminan en odio, ternura, resignación, miedo, indiferencia. Se escuchan de telón de fondo la llovizna que no deja en paz ni a toldos ni a chapas. En el medio de tu interpretación, intento leer a la persona detrás del personaje, y descubro tristemente que no puedo. No sé si será la mediocridad o, simplemente el paso del tiempo en mí, pero me conformo con tu teatralizada mirada de amor.
Vuelvo a mirarte fijo y me volvés a sonreír. Es que creo que ésa es tu mejor venganza.

29 de febrero de 2008

Así fue cómo

El botón había desaparecido. El control dependía absolutamente de s propia intuición. Sabía que no podía permitir que semejante tragedia se repitiera, otra vez. Contó hasta tres y respiró hondo. Sabía también que su vida no sería la misma de ahora en más. Había llegado el momento de demostrar lo que realmente era.
En la suspensión de la calma que antecede a la tormenta, logró controlar sus impulsos y ponerse en camino otra vez. Era cuestión de alejarse de todo y aislarse para estar totalmente en foco y prestando atención. La alarma podía dispararse en cualquier momento. Eso era lo que pensaba cuando la sirena trató de alertarle tan estúpida acción a cometer. Será que todavía hace falta darle habla a las alarmas porque su unitono constante no distinguía una advertencia de otra.

Así fue cómo el corazón, ese absurdo agente alarmante, equivocó una señal de peligro con una de amor. Así fue cómo el hada dulce murió de amor. Así fue cómo todos descubrieron la similitud entre el amor y la muerte. Así fue cómo nunca más las hadas osaron enamorarse. Así fue cómo todos los misterios del amor quedaron resueltos para todas y cada una de esas unidades de tan mágica especie. Así fue cómo las hadas dulces no pudieron con su naturaleza, se enamoraron y murieron. Así fue para todas menos para una. Así fue cómo conocí mi futuro, mi muerte y mi pesar. Así fue cómo el mundo se enteró del peor de los sufrimientos que llevan a la muerte: el amor de quien no le corresponde en esta vida enamorarse, pero no puede evitarlo.

19 de diciembre de 2007

el apodo*

Nombre y apellido. Título de cualquier documento a completar, primer identificativo de cualquier ser humano (y fundamental). Descripción individualista de las personas, que por más que se repita, nos convierte en serer únicos e irrepetibles. Y esa estúpida necesidad humana de no utilizarlo.
Nacemos, y apenas nos ve cualquier persona, sea en esa cuna de plástico, en los brazos de nuestra madre o en una incubadora, empiezan con el famoso "¡Ay cuchi cuchi, qué bonito/a que es!¡Bomboncito!". Eh, no. Mis papás se tomaron no sé cuánto tiempo de pensar un nombre, y ustedes en 20 segundos destruyen todo ese trabajo.
Ni hablar de cuando entramos a la verdadera sociedad: el jardín de infantes. Siempre se repiten los primeros nombres entre los alumnos, así que nada más fácil que decir : "Bueno, entonces a vos te decimos Mati y a vos Matute". Y ahí perdimos, porque dejamos de ser Matías, Paula, Federico o Eudelio, para ser Matu, Pauchi, Fedito o Eude. Por lo menos, son diminutivos, tenemos todavía la posibilidad de retomar nuestros orígenes.
Y entonces, cuando nos estamos acostumbrando a estos apodos/semi nombres, entramos a la primaria, donde el nombre se transforma en un insulto casi, porque todos sabemos que si una maestra utiliza nuestro nombre completo, estamos en problemas. Y los amigos cambian nuestro nombre, al principio por una continuación de esos diminutivos tan apreciados por nuestros anteriores compañeros, pero a medida que crecemos, y más llegando hacia el último año, deshacemos completamente nuestro nombre y reorganizamos las letras de modo tal que del nombre Daniela obtemos la palabra Boluda. O peor aún, comenzamos con un ritual que en la siguiente etapa va a ser constante: la cadena de apodos (que es como un"Elige tu propia aventura", con un final inesperado. Ejemplos: Matilde--» Matute--» Tute--» Tutu--» Tu (???); María Eugenia--» Euge--» Mauge--» Maujo (???); Federico--» Fede--» Fefe--» Fedufé (???).
Y con esta carga de años de perder nuestra personalidad, llegamos a la secundaria. Ámbito general de sociabilización con pares, creación de amistades pasajeras y no tanto y miedos irrefrenables a los exámenes. Con esto, y sobre todo la sociabilización, se establece el "boludo/a" como epíteto fundamental, las cadenas de sobrenombres en la cumbre de su esplendor (es decir, en el constante uso de su resultado), y surgen los nunca bien preciados, y específicamente denominados, "apodos". Ah, sí sí, es como si nuestra creatividad adolescente se extasiara con la maravilla de la juventud y tuviéramos la rapidez más maravillosa para la creación de "nuevos bautismos". Que Pipi, Tato, Roque, Chino, Jeque, y continúa la lista. Y así nos volvemos adictos a nuestros apodos, teniendo serias dificultades de recolectar de dónde venimos, quiénes somos y, sobre todo, quiénes pretendían nuestro padres que fuéramos, ¿no?

Ahora bien, hay excepciones a esta historia. Primero, los que no tienen la suerte de pasar por todo el proceso porque tienen la mala suerte de tener una tía Pocha, un tío Pepe o un nombre tipo Francisco que en realidad viene acoplado al apodo Pancho/ito, loq ue los ubica en el lugar de "niños de apodo originario", porque desde que nacen son Tom, Cata, etc.
Después, los que no tuvimos la suerte de conocer gente tan imaginativa. Y ahí estoy yo. Porque mientras el 98% de la población "disfrutó" de un apodo, el máximo mío fue "Pau". Ojo, tuve otros, pero uno peor que otro. Pola, Pula, Poly (sí, como el loro), Pau - Pau (creo que fue el que más soporté). Y ni hablar de cuando, por algún motivo, se les dio por llamarme con mi segundo nombre. No es que no me guste, en realidad, me encanta Antonella, pero tuve un compañero en la primaria que se obsesionó con mi segundo nombre y me llamó Anto, Tone, Nella. Sí, un genio. Pero apodos, propiamente dichos y usables, no tuve.

Entonces, ¿es fundamental el nombre o el apodo? ¿Hasta dónde llega la necesidad y la importancia del apodo?

13 de diciembre de 2007

Amame u odiame, pero no me ignores

Será que lo más insostenible en la vida es el egoísmo. O quizás la indiferencia. O quizás ambos. Pero si hay algo que no es soportable, sin dudas, es la indiferencia egoísta. Es quizás el peor de los males, la más terrible de las enfermedades, el más hiriente de los agravios. La indiferencia egoísta es al arte de destruir sin decir nada. Y no es desde el silencio. La indiferencia egoísta no es más que el mérito de los imbéciles, simulando saber lo que hacen, de hacernos creer que saben lo que hacen.
Somos nosotros, los que sabemos realmente lo que hacemos, los que creamos a los indiferentes egoístas. Ahogamos nuestras propias mentes con las parodias de dichos individuos, consumiendo cada una de nuestras capacidades electivas con las mentiras de aquellos a quienes les enseñamos a mentirnos.
Y sin embargo, no hacemos nada por destruirlos. Los indiferentes egoístas no son ya más que una continuación de una plaga que decidimos plantar en algún lugar lejano nosotros mismos, pero que no notamos que no tenía fronteras ni que no estaba tan lejos. Convivimos con ellos como si no hubiese otra posibilidad más que la de aceptar que metimos la pata dándoles la confianza para engañarnos constantemente con su decir de ser.
La indiferencia egoísta ha interrumpido al mundo en su continuo e indomable andar. El silencio de palabras inútiles y vacías de los indiferentes egoístas ha logrado contraer las maravillas del mundo con una rapidez asombrosa. Ahora bien, ¿qué más doloroso que encontrar en la mismísima mitad complementaria de uno mismo al mayor de los logros del proyecto indiferente egoísta?

3 de diciembre de 2007

El escarabajo de platino




6996 días y contando. Eso llevaba el escarabajo de platino caminando cuando se encontró con un espejo del tamaño de una ciudad. Espejo imposible de atravesar, el escarabajo de platino escudriñó detrás suyo en búsqueda de una salida casi mágica, instantánea, maravillosa (¿se podría decir de cuento?). No había nada ni nadie. Raro, para que fuera una ciudad. Raro, porque había caminado con una multitud que lo había rodeado tanto tiempo y ahora, como por arte de ilusionismo, habían desaparecido.
604454400 segundos y contando. Eso llevaba el escarabajo de platino esperando por esa encrucijada que alguna vez una frase en el viento de algún sabio cercano le advirtió. Ahora se encontraba con un espejo, con un gran lago de oscuridad brillante desconocido. ¿Era esa la encrucijada que debía recibir con los brazos abiertos? ¿Qué señal debía esperar para reconocerla? Bueno, visto y considerando que era lo único que tenía, aparte de lo que estaba detrás de él, asumió que sí.
1 segundo, 2 segundos, 3 segundos. 1 minuto, 2 minutos, 3 minutos. 1 hora, 2 horas, 3 horas. Y contando. Mientras más miraba el espejo delante suyo, menos entendía cómo había aparecido, y menos aún cómo haría para superarlo. Por suerte, la gente comenzó a reaparecer rápidamente después de haber estado solo no sabía ya cuánto tiempo. ¿O era que siempre habían estado, pero que su conmoción no le dejaba verlos? No, se aseguró de no estar tan loco. Y de golpe, como por arte de magia, lo vio salir por algún lugar del manto de reflejos: otro escarabajo brillando bajo la ácida luz. No había tiempo de pensar ni caminar, así que, como si sus patas tuvieran un motor de 800 caballos de fuerza, corrió con todas las fuerzas que tenía. Por algún extraño motivo que todavía aún hoy no puede dilucidar (ni su aquí presente relator tampoco), el segundo escarabajo caminaba lento, muy lento, incluso parecía como si lo estuviera esperando. El escarabajo de platino frenó el paso, para comprobar si no era su alta velocidad lo que hacía parecer los pasos de su colega tan lentos, pero al comprobar que cuanto más alentaba el paso él, más lo hacía su compañero, entonces apuró nuevamente la carrera.
Cuando alcanzó al segundo escarabajo, el de platino no supo como describirlo. Lo observó desde lejos, desde cerca. Lo observó de manera profunda y de manera casi superficial. Lo observó detalladamente y lo observó a grandes rasgos. Y aún así, después de vaya uno a saber cuánto tiempo de observación, ninguna de sus características le resultaba familiar. Era tanto como él, y tan distinto. Tanto como él, y tan fuera de sí. Se animó a acercarse a preguntarle cuando entendió que, similar o distinto, seguía siendo alguien perfectamente normal (por lo menos para él), que no tenía ninguna característica rara, increíble, fantástica (por lo menos para él).
Cuando logró llamar su atención, fue casi irreal la facilidad que encontró el segundo escarabajo para sentirse a gusto con él. Le preguntó su nombre, que hacía por ahí, de dónde venía, si lo conocía de algún lugar. Le contó de su vida, su esposa, su familia. Le contó de su trabajo, de su barrio y de su mamá. Le pidió disculpas porque tenía que marcharse, pero le dejó su tarjeta. Aunque su paso era rápido y ensordecedor, se frenó en secó y se volvió a preguntarle para qué se había acercado. Y entonces el escarabajo de platino cayó en cuenta de que ya no recordaba para qué. Le había resultado raro el rápido andar de su amigo, hasta le parecía común la historia que había escuchado. Pero no recordaba haberse acercado con ningún motivo más que el de saludarlo.
Mientras el segundo escarabajo lo miraba con cara de asombro e incredulidad, el escarabajo de platino tuvo la suerte de que el destino le pusiera esa pequeña piedra debajo del zapato que agitaba nerviosamente. Y se cayó, de más está decir. O no, porque esa caída le provocó un golpe en la cabeza tal, que se dio vuelta a maldecir a quien lo había obstruido. Era evidente cuando volteó que el espejo gigante que prácticamente lo comía no era oponente para semejante batalla. Nuevamente, está de más comentar que nuestro escarabajo recordó la pregunta. Pero quizás lo más sorprendente fue que no la hizo, que prefirió callarla y guardarla para cuando su interior le dijera que era el momento adecuado. Se rió en voz alta, tratando de suavizar la situación, le dijo que no era nada a su amigo, lo saludó y siguió caminando como si simplemente hubiese tropezado con él. Extrañado, pero no más que nosotros, el segundo escarabajo siguió caminando, ahora con el ritmo lento que el escarabajo de platino observó cuando empezó a correr, hacía ya tanto tiempo atrás.
Y se volvió otra vez hacia el espejo, que otra vez aparecía inmenso ante sus pequeños ojos, tan pequeños como la voluntad de encontrar un paso. Finalmente, cansado de estar de pie, se sentó frente a la majestuosidad del reflejo interminable y cerró los ojos. Intentó mirar por detrás de los párpados cerrados, reconociendo formas, figuras, algo que lo guiara para saber qué corno estaba haciendo. Ni hablar del susto que se llevó cuando una voz en el oído osó despertarlo de semejante trance con la frase “¿Estás bien?”.
Abrió los ojos sobresaltado, con la bronca del despertar abrupto y la serenidad pasada de lo incógnito reconocido. Atinó un grito que nunca salió, un insultó que nunca se escuchó, porque los ojos marrones que lo miraban lo atravesaron tan profundamente que le cortaron desde las cuerdas vocales hasta los nervios de las patas. Intentó levantarse, pero sólo pudo responder “Sí”. No logró más que reconocer para sí mismo que todos los músculos y nervios de su cuerpo habían decidido por unanimidad rebelarse al mismo tiempo. Este nuevo escarabajo, ahora no tan distinto como el primero, pero tanto más parecido a ese que a sí mismo, se sentó a su lado, en la misma posición y mirando al espejo, y le preguntó que qué miraban. Sin tener la menor idea de contestarle, el escarabajo de platino le respondió de la mejor manera posible: “No sé”. Esperando un ascenso fugaz y tenaz, miró al tercer escarabajo mientras su quietud carcomía tiempo y espacio de manera impensada. Si hubiese querido medir con un reloj el tiempo que pasó, no hubiese alcanzado la arena de Egipto para hacerlo. Después del trigésimo cuarto parpadeo, entendió que su compañero de asiento no tenía ninguna voluntad de levantarse, así que le explicó más o menos qué estaba haciendo, pero también le aclaró que no tenía ningún fin explícito.
Así, a continuación, cerraron ambos escarabajos los ojos y, por detrás de los párpados, trataron de reconocer alguna figura en el espejo. Pasaron los días, y fue al tercero que el mismo tercer escarabajo abrió los ojos, levantó su cuerpo y se marchó, explicándole a quien había despertado de ese mismo trance que en realidad lo hacía por su bien, para no molestarlo más. Y se marchó, con la misma presteza e instantaneidad con la que había aparecido. El escarabajo de platino empezó a divisar una figura como a tres cuadras, en una especie de rincón increíble del espejo infinito, pero que todavía era indescriptible. Durante horas y días, cientos de escarabajos aparecieron sin que él lo supiera de detrás de ese mismo espejo, se sentaron donde el tercero lo había hecho, escucharon la explicación, estuvieron con él algún tiempo y, del mismo modo que el tercero, se levantaron y fueron.
Después de meses de lectura detrás de sus párpados, caminó con los ojos cerrados esas tres cuadras, asegurándose de que la suerte no lo hiciera tropezar (cosa que no sucedió). Cuando vio a la figura en frente, se sentó como lo había hecho en el primer lugar, y repitió el intento de entender qué era esa macha amorfa. Una esquina por allí, otra esquina por acá. Finalmente, la mancha amorfa fue tomando la figura de un rectángulo el doble de alto y ancho que él. Parecían sus lados hechos del mismo platino del que él estaba formado, y poco a poco todo su interior fue desapareciendo. Pero no se transparentó. Parecía una puerta al vacío, a una especie de incógnita permanente y absoluta en la que podía sumergirse o no. Quiso abrir los ojos, pero no se animó. Demasiado tiempo le había llevado encontrar esa puerta y por lo pronto, por lo menos, no tenía ninguna intención de perderla.
El escarabajo de platino tenía que tomar una decisión y no era nada fácil. Muchas puestas de sol más que las que le llevó entender la puerta le llevó decidirse. Incluso llegó a dudar de su decisión unas diez veces, y volver a la vieja otras tantas. Un buen día (o noche, la diferencia era incontable) un golpe en el hombro le hizo recordar que el peligro de despertar del trance era demasiado. ¿Y si alguien como aquel tercer escarabajo venía a preguntarle con unos ojos más profundos que los primeros si estaba bien y nunca más podía encontrar la puerta? ¿Y si los ojos que lo despertaran en realidad fuesen una nueva puerta que lo llevaran por un camino de aún mayor incógnita y vacilación? No, no podía tomar semejante riesgo. Entonces, respiro lo más profundo que pudo, tanto como sus pulmones le permitieron sin explotar, y se levantó. Soltó todo el aire que había tomado y volvió a respirar igualmente de profundo y cruzó sin pensarlo más el umbral que su imaginación había creado en semejante espejo.
La irrealidad de la locura de un mundo donde todos pasan, nadie entiende tu accionar, todo se refleja para que siga funcionando sin pensar en cosas distintas y las puertas para cruzar al otro lado puedan ser únicamente producidas por aquellos que sienten la necesidad de no existir más en la vida real, todo eso fue lo que me llevó a mí a encerrarme en este sarcófago de platino, cuyo aire se acabará en cinco, cuatro...

25 de noviembre de 2007

Open the door to the next destruction
Over the hill there's somebody else
What should we do for an instruction?
I guess it's not so easy to save the mess

Close the last window to deceiving
I'm been through there and I'm bleeding
Caught the night over the meeting
Suppose there's no one, I'm not kidding

Well there's easy if you're not there
It's so obvious you're teasing me
And now, the walking is too hard
And now, I'm crawling no more

Look at me now that I'm falling
Leave me behind that I'm soaring
Save yourself when I'm not hoping
I've been over there and I won't walk away

Since I've grown up,well, I can't find me
I don't like it here, it's not so warming
Look at me now, I'm thorn all to pieces
and you can't see it 'cause I'm not screaming

Along the way we have to pray
because there is always always hope
But then sometimes the walls just drop
and the things we hear are surely wrong

Look at me now that I'm falling
Leave me behind that I'm soaring
Save yourself when I'm not hoping
I've been over there and I won't walk away

23 de noviembre de 2007

Desde el túnel*

Ya antes de decir esta frase estaba un poco arrepentido: debajo del que quería decirla y experimentar una perversa satisfacción, un ser más puro y más tierno se disponía a tomar la iniciativa en cuanto la crueldad de la frase hiciese su efecto y, en cierto modo, ya silenciosamente, había tomado el partido de María antes de pronunciar esas palabras estúpidas e inútiles (¿qué podía lograr, en efecto, con ellas?). de manera que, apenas comenzaron a salir de mis labios, ya ese ser de abajo las oía con estupor, como si a pesar de todo no hubiera creído seriamente en la posibilidad de que el otro las pronunciase. Y a medida que salieron, comenzó a tomar el mando de mi conciencia y de mi voluntad y casi llega su decisión a tiempo para impedir que la frase saliera completa. Apenas terminada (porque a pesar de todo terminé la frase), era totalmente dueño de mí y ya ordenaba pedir perdón, humillarme delante de María, reconocer mi torpeza y mi crueldad. ¡Cuántas veces esta maldita división de mi conciencia ha sido la culpable de hechos atroces! Mientras una parte me lleva a tomar una hermosa actitud, la otra denuncia fraude, la hipocresía y la falsa generosidad; mientras una me lleva a insultar a un ser humano, la otra se conduele de él y me acusa a mí mismo de lo que denunció en los otros; mientras una me hace ver la belleza del mundo, la otra me señala la fealdad y la ridiculez de todo sentimiento de felicidad.
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Desde la oscuridad del asiento del colectivo, la ciudad de Buenos Aires se convirtió en una gran biblioteca donde todo lo posible a crear era desde la imaginación lo que las letras me regalaban. Sometí mi voluntad a la de Juan Pablo Castel y sonreí no para mis adentros revelándole al mundo que no estaba donde creía estar. La suerte se reveló para mi bien y logré bajarme donde debía, pero no sólo eso. Como hipnotizada con la magia de un relato que no hacía más que traerte a mi memoria, llegue a ese banco de cemento de la esquina de Donato Alvarez y Gaona y me senté a esperar el paso del tiempo, de las personas y del mágico príncipe que viéndome leer se acercaría para conocerme.
El tiempo pasó, también la gente. No, está de más decir que él no pasó, vos tampoco. Sonreí al terminar el capítulo, y el siguiente también. Al tercero ya no me parecía tan simpático el viento que acertaba sin piedad en mi garganta. A la mitad del quinto tenía ganas de encontrarte sólo para decirte lo mucho que aborrecía tu falta de compromiso y caridad. Finalmente, sin perder la concentración que me provocaba el libro y las páginas amarillas de semejante novedad, me levante con la suavidad de una tarde de junio y me sorprendí volviendo a la negación de mi hogar. No perdí un solo segundo de vista que no habías aparecido, tampoco te lo voy a dejar pasar como si nada. (Pero es verdad que te perdonaría cualquier cosa cuando me mirás así). Sonreí, pero creo que en realidad era mi inconsciente riéndose de mí. Detrás de cada letra leída dejé una halo de sorpresa y miedo, un resabio de angustia por no saber lo que me esperaba y una estela de magia que producía la historia desconocida en mí. Hasta que llegué a la puerta.
Podría contarles las horas que pasé entre que llegué y me fui, y volví a llegar. No tendría ningún sentido. Sólo me voy a dedicar a comentarles que durante esas horas que pasaron como si no pasaran, Juan Pablo Castel se volvió más que un amigo para mí. Les podría decir que si no hubiera sido hombre, me sentiría mucho más plagiada que ahora. Sencillamente me dediqué a disfrutar de cómo alguien casi 80 años mayor que yo no elegía otra forma de vivir que la del sufrimiento mismo que yo había elegido. Y eso era lo que constantemente me hacía sonreír.
Y cuando salí lo vi, sí al que esperaba. No, no él, no vos. Si hubieras sido vos no te lo estaría contando. A él, al que me sacó una sonrisa por detrás de la risa que provoca mi sufrimiento visto en otro. Y pensar que sólo me dediqué a decirle "¿Cómo estás?". Si tan solo no pensara. Si tan solo sintiera. Si tan solo Juan Pablo no fuera yo. Si tan solo Castel no me hubiera puesto a escribir ahora para sacar su pintura en tinta, quizás justamente ahora podría crear lo que él no pudo sin amar. Y lo que logró destruir detrás de su nueva e inútil capacidad de amar.

22 de noviembre de 2007

Yo nací para mirar /lo que pocos quieren ver

Mientras el caleidoscopio cortaba polea en tu mente, la voz de la conciencia te arrancaba todo de adentro. Esa conciencia con letras y mayúsculas y angustias y apellido que te acercaba a vos misma supuso que lo mejor era hablar y confundirte aún más. Que los peligros eran inminentes era más que sabido, pero la facilidad en no escucharlo era mucho más cercana a vos que la dificultad de esperar que se solucionara todo por tu accionar.
Horas de suspiros pasaron por tu mente, segundos de frases volaron velozmente hasta tu sentido de la supervivencia y desembocaste en la distancia que había entre vos y tu conciencia. Y ahora había que remarla, que correrla, que disfrutarla. Veías lo que había en la otra orilla, pero no es verdad eso de que siempre el otro jardín es más verde. Era como ver detrás de una neblina, detrás de un montón de ventanas sucias sin ningún futuro de limpieza.
Sonreís, pero sólo para vos, porque nadie más te ve. Sonreís, pero porque únicamente vos sabés lo que realmente hay en la otra orilla porque ya estuviste allá, y te causa gracia el esfuerzo del mundo por llegar al infierno. Y mientras tanto, tu conciencia sigue torturando al niño interno dentro de tí y al externo fuera de mí. Y la escuchamos, y otra vez le sonreímos. Suspendés por un momento toda respiración posible, mía, tuya. Un momento que se extiende, se percibe detrás de la espera del mundo y de la sociedad. Me mirás, y sabés que te miro, pero no podés recordar mi rostro sin mirarme. Tenés miedo de perderme detrás de ese cuadro, detrás de esa pintura. Y la respiración vuelve, y se vuelve a pausar.
Disfrutás de lo que dice la conciencia ahora, y otra vez te le reís en la cara pero ahora ya no porque le temés, sino porque la vez de par a par. Y me explicás por la mirada más difícil de digerir que podés conseguir que somos uno entre los tres y que no queda más para esperar que nuestra propia desidia. Y después de tanta perorata, salís a caminar por ese cúmulus de cemento, ruido y fealdad que tan preciosa hace a la ciudad de Buenos Aires.
Detrás tuyo, ella. Pero no la escuchás, te cansaste de esperarla y ahora sencillamente te dedicás a acompañarla a trabajar. Y mientras tanto, el título de "mufa" se escapa entre las letras de tu nombre y la complicidad de tu risa y tu ignorancia elegida. El libro de Dorian Gray no escapa a tu mente en nigún momento, y ahora le dejasen claro al mundo que sólo vos lo podés entender, conmigo y tu conciencia a la par.

18 de noviembre de 2007

momento para el freno de mano*



Abro este flog con el único incentivo y la única necesidad de sentirme fuerte para el resto de mis momentos. Perdí a los que me acompañaban en el camino. Los perdí de tal manera que hasta logré el tan maravilloso milagro de perderme a mí. No sé dónde quedé y no sé tampoco dónde estoy. Y ahora es momento de tirar con fuerza el freno de mano, de poner punto muerto y arrancar otra vez desde cero, por el camino, dejando la banquina. ¿Será posible que pueda borrar todo, tirar este lienzo que llamo vida a la mierda y usar una nueva hoja para empezar una nueva cuenta? No lo sé, pero confío en mí, en mi fuerza, en mi capacidad. Confío en que ahora que puedo cortar todo de cuajo (como hice hace seis años y arranqué de cero pero para mal) y retomar el camino por el que venía, que ni estaba tan equivocado, ni me hacía tan mal.Volqué el viernes, frené el sábado y me desperté el domingo. Y ahora lunes, ¿qué carajo pretendo de mi vida? No sirve que sea maravillosa de lunes a viernes y desbarranque apenas pueda, porque eso es lo que hago. Aguanto, aguanto, aguanto, y después exploto, como si estuviera destruyendo a alguien más que a mí. Y el mayor problema es que a nadie más le importa, si lo único que la gente espera es ser cada uno de ellos feliz... Tengo que salvarme sola, porque nadie más lo va a hacer por mí. Espero que esto no sea mirar al espejo y reflejar. Espero que sea mirar para adentro y entender cómo cambiar.


http://www.fotolog.com/freno__de__mano

cuando suficiente es suficiente*

Detrás de la luz de la luna que se escapaba por detrás de unas nubes hambrientas de poder, sentía que mi alma robaba el poco tiempo que le quedaba a mi desidia en mí. Después de eso, esa mismísima noche, no sentí nada más (ni que lo hubiese pedido).
Lloré, sí, lloré cuando desperté, pero nada fue tan terrible como el simple hecho de haberme despertado. Lloré porque descubrí que el miedo a no ser lo máximo que pudiera ser a los ojos de los demás me había llevado a ser todo menos yo misma. Si era feliz siendo como era, ¿cuál fue la necesidad de cambiar, de ahogarme en el seno de alguien más?
Pensé, repensé, recontrahiperpensé, pero todo se empecinaba en terminar en la misma frase: lo hecho hecho está. Era cuestión de entender que si quería cambiar algo, si quería solucionar mi pérdida de identidad, lo único que podía hacer era hacer algo. Esperar no serviría para nada, a pesar de que parecía ser la mejor y más fácil solución.
En el medio, ellos, los otros, los que habían llegado a ser yo misma pocas horas antes: eso era lo que debía dejar atrás si quería volver a sonreir de verdad. Sedienta de vanidad, curiosa de locura, todo lo que podía significar la peor de las pesadillas para esta comunidad tan ostentosamente perversa cruzaba mi mente sin más peligro que el de revelarme la realidad.
Ahora: ¿qué capacidad podía tener un cuerpo sin espíritu y con mente para crear un espíritu que no sólo le correspondiese, sino que además se conjugara con lo que esperaba de dicho espíritu? Creí, pero como sólo un ángel puede creer, con la fe de la inocencia detrás de la insolencia. Más en un mundo donde la fe es el peor de los insultos, el más terrible de los desastres. Yo decidí tener fe en mí.
Ya no puedo echarme atrás, las cartas están echadas y es mi habilidad para jugarlas la que me permitirá volver a ser quien quiero ser o perderme para siempre. Pero para eso sé que no puedo sola, que dependo de alguien que me sostenga, que me permita matenerme en pie cuando sienta que ni el más macizo de los bastones podrá evitar que tambalee: Por lo pronto, espero poder empezar sin ese bastón, pero sé que en lo sucesivo deberé encontrarte, sí, a vos, al que me sostenga. Tengo que creer en mí, pero no en que soy intocable, inmortal e insensible.

13 de noviembre de 2007

Te necesité como nunca necesité a absolutamente nadie. Respiré hondo esperando que aparecieras, y no lo hiciste. Y aunque lo hubieses hecho hubieses sido tarde. No importa cuándo, pensé que sería posible que hasta por milagro quizás soltaras ese manojo de egoísmo que te eleva por los aires y volvieras a mí. Incluso que quizás, por primera vez llegaras. Pero no lo hiciste. La magia esta vez pareció desaparecer, de una vez y para siempre.

Las lágrimas que me acompañan no son de cocodrilo. Tampoco son siquiera pasajeras. Ni momentáneas. Son absoluta y comprensiblemente eternas. Porque el dolor de lo que se tuvo y se perdió para siempre sabiendo que no volvería jamás es inolvidable. Pero no del buen inolvidable, no de la sensación de mariposas en la panza de tu primer amor, sino del mal inolvidable, del que aparece cuando un avión se estrella frente a tus ojos y tu inutilidad.

Podría decirte que lo sé, pero jamás voy a entender cómo pudo ser que todo tuviera un final tan drástico. Bueno, al menos para mí.

Si sigo escribiendo un teclado va a perder su pulso. No me quedan ni letras, ni palabras, ni bronca, ni ira, ni llanto ya para poder decirte que voy a extrañar a la única persona que me hacía sentir acompañada y feliz, pero que también sé que soy una persona y que como tal lo único que puedo hacer por mí y que no vas a poder hacer vos es respetarme.

Te amo, amo tu recuerdo y lo que vivimos juntas, jamás te voy a olvidar. Marcaste todo, pero este es el final.

Todo historia tiene un final, pero en la vida todo final es un principio. Espero que así también lo sea para mí.

Para vos, Johy.

6 de noviembre de 2007

Sobre ruedas

Todavía siento el puñal en el pecho.
Mas sólo queda el agujero
y la mancha negra de tu pasar.

Mientras todo está quieto y lento
parecer ser que mi aliento
y la sorpresa no pueden ya llegar.

Angustia de no poder volver
a saber.
Angustia de no poder entender.

Sistemación de no correr
estoy cortada aquí a tus pies.
Afuera suena un cañón
que detona bolas en un paredón.
Acá no queda nada, nada, nada.

Sentada espero tu memoria.
Acorto pasos que no hay .
Y sin más no hay más quimeras.

Desastre de no vivir antes
de este tiempo.
Desastre de no vivir jamás.

Acuerdo mutis de no saber
cómo amarme así sin perder.
Adentro no hay expresión
(más que la mínima unión).
Acá no queda nada, nada, nada.

Puñal inverso de dolor.
Ocaso triste del amor.
No queda rostro en la pasión.
No había sentido este sudor.

Se escucha a la nada cortar
el aire tibio del suave mirar.
Niego ver lo real y lo irreal
que me destruye, está en vos
Acá no queda nada, nada, nada.

Nada, nada, nada.

Puñal quitado, mancha oscura.
Lienzo vacío mi corazón.