23 de abril de 2009
25 de febrero de 2009
Palabras Sinsabor
Me contaron una vez
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19 de febrero de 2009
Dando vueltas.
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16 de febrero de 2009
De cómo la esperanza que quedaba se transformó en la tristeza que faltaba
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13 de enero de 2009
El nacimiento de un amor no correspondido
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12 de enero de 2009
Ojos en la nuca.
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10 de enero de 2009
Hay cosas más fuertes
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7 de enero de 2009
Lo idílico es la fantasía de lo real
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2 de agosto de 2008
Andrómeda
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24 de marzo de 2008
La mejor venganza
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29 de febrero de 2008
Así fue cómo
En la suspensión de la calma que antecede a la tormenta, logró controlar sus impulsos y ponerse en camino otra vez. Era cuestión de alejarse de todo y aislarse para estar totalmente en foco y prestando atención. La alarma podía dispararse en cualquier momento. Eso era lo que pensaba cuando la sirena trató de alertarle tan estúpida acción a cometer. Será que todavía hace falta darle habla a las alarmas porque su unitono constante no distinguía una advertencia de otra.
Así fue cómo el corazón, ese absurdo agente alarmante, equivocó una señal de peligro con una de amor. Así fue cómo el hada dulce murió de amor. Así fue cómo todos descubrieron la similitud entre el amor y la muerte. Así fue cómo nunca más las hadas osaron enamorarse. Así fue cómo todos los misterios del amor quedaron resueltos para todas y cada una de esas unidades de tan mágica especie. Así fue cómo las hadas dulces no pudieron con su naturaleza, se enamoraron y murieron. Así fue para todas menos para una. Así fue cómo conocí mi futuro, mi muerte y mi pesar. Así fue cómo el mundo se enteró del peor de los sufrimientos que llevan a la muerte: el amor de quien no le corresponde en esta vida enamorarse, pero no puede evitarlo.
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19 de diciembre de 2007
el apodo*
Nacemos, y apenas nos ve cualquier persona, sea en esa cuna de plástico, en los brazos de nuestra madre o en una incubadora, empiezan con el famoso "¡Ay cuchi cuchi, qué bonito/a que es!¡Bomboncito!". Eh, no. Mis papás se tomaron no sé cuánto tiempo de pensar un nombre, y ustedes en 20 segundos destruyen todo ese trabajo.
Ni hablar de cuando entramos a la verdadera sociedad: el jardín de infantes. Siempre se repiten los primeros nombres entre los alumnos, así que nada más fácil que decir : "Bueno, entonces a vos te decimos Mati y a vos Matute". Y ahí perdimos, porque dejamos de ser Matías, Paula, Federico o Eudelio, para ser Matu, Pauchi, Fedito o Eude. Por lo menos, son diminutivos, tenemos todavía la posibilidad de retomar nuestros orígenes.
Y entonces, cuando nos estamos acostumbrando a estos apodos/semi nombres, entramos a la primaria, donde el nombre se transforma en un insulto casi, porque todos sabemos que si una maestra utiliza nuestro nombre completo, estamos en problemas. Y los amigos cambian nuestro nombre, al principio por una continuación de esos diminutivos tan apreciados por nuestros anteriores compañeros, pero a medida que crecemos, y más llegando hacia el último año, deshacemos completamente nuestro nombre y reorganizamos las letras de modo tal que del nombre Daniela obtemos la palabra Boluda. O peor aún, comenzamos con un ritual que en la siguiente etapa va a ser constante: la cadena de apodos (que es como un"Elige tu propia aventura", con un final inesperado. Ejemplos: Matilde--» Matute--» Tute--» Tutu--» Tu (???); María Eugenia--» Euge--» Mauge--» Maujo (???); Federico--» Fede--» Fefe--» Fedufé (???).
Y con esta carga de años de perder nuestra personalidad, llegamos a la secundaria. Ámbito general de sociabilización con pares, creación de amistades pasajeras y no tanto y miedos irrefrenables a los exámenes. Con esto, y sobre todo la sociabilización, se establece el "boludo/a" como epíteto fundamental, las cadenas de sobrenombres en la cumbre de su esplendor (es decir, en el constante uso de su resultado), y surgen los nunca bien preciados, y específicamente denominados, "apodos". Ah, sí sí, es como si nuestra creatividad adolescente se extasiara con la maravilla de la juventud y tuviéramos la rapidez más maravillosa para la creación de "nuevos bautismos". Que Pipi, Tato, Roque, Chino, Jeque, y continúa la lista. Y así nos volvemos adictos a nuestros apodos, teniendo serias dificultades de recolectar de dónde venimos, quiénes somos y, sobre todo, quiénes pretendían nuestro padres que fuéramos, ¿no?
Ahora bien, hay excepciones a esta historia. Primero, los que no tienen la suerte de pasar por todo el proceso porque tienen la mala suerte de tener una tía Pocha, un tío Pepe o un nombre tipo Francisco que en realidad viene acoplado al apodo Pancho/ito, loq ue los ubica en el lugar de "niños de apodo originario", porque desde que nacen son Tom, Cata, etc.
Después, los que no tuvimos la suerte de conocer gente tan imaginativa. Y ahí estoy yo. Porque mientras el 98% de la población "disfrutó" de un apodo, el máximo mío fue "Pau". Ojo, tuve otros, pero uno peor que otro. Pola, Pula, Poly (sí, como el loro), Pau - Pau (creo que fue el que más soporté). Y ni hablar de cuando, por algún motivo, se les dio por llamarme con mi segundo nombre. No es que no me guste, en realidad, me encanta Antonella, pero tuve un compañero en la primaria que se obsesionó con mi segundo nombre y me llamó Anto, Tone, Nella. Sí, un genio. Pero apodos, propiamente dichos y usables, no tuve.
Entonces, ¿es fundamental el nombre o el apodo? ¿Hasta dónde llega la necesidad y la importancia del apodo?
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13 de diciembre de 2007
Amame u odiame, pero no me ignores
Será que lo más insostenible en la vida es el egoísmo. O quizás la indiferencia. O quizás ambos. Pero si hay algo que no es soportable, sin dudas, es la indiferencia egoísta. Es quizás el peor de los males, la más terrible de las enfermedades, el más hiriente de los agravios. La indiferencia egoísta es al arte de destruir sin decir nada. Y no es desde el silencio. La indiferencia egoísta no es más que el mérito de los imbéciles, simulando saber lo que hacen, de hacernos creer que saben lo que hacen.
Somos nosotros, los que sabemos realmente lo que hacemos, los que creamos a los indiferentes egoístas. Ahogamos nuestras propias mentes con las parodias de dichos individuos, consumiendo cada una de nuestras capacidades electivas con las mentiras de aquellos a quienes les enseñamos a mentirnos.
Y sin embargo, no hacemos nada por destruirlos. Los indiferentes egoístas no son ya más que una continuación de una plaga que decidimos plantar en algún lugar lejano nosotros mismos, pero que no notamos que no tenía fronteras ni que no estaba tan lejos. Convivimos con ellos como si no hubiese otra posibilidad más que la de aceptar que metimos la pata dándoles la confianza para engañarnos constantemente con su decir de ser.
La indiferencia egoísta ha interrumpido al mundo en su continuo e indomable andar. El silencio de palabras inútiles y vacías de los indiferentes egoístas ha logrado contraer las maravillas del mundo con una rapidez asombrosa. Ahora bien, ¿qué más doloroso que encontrar en la mismísima mitad complementaria de uno mismo al mayor de los logros del proyecto indiferente egoísta?
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3 de diciembre de 2007
El escarabajo de platino
604454400 segundos y contando. Eso llevaba el escarabajo de platino esperando por esa encrucijada que alguna vez una frase en el viento de algún sabio cercano le advirtió. Ahora se encontraba con un espejo, con un gran lago de oscuridad brillante desconocido. ¿Era esa la encrucijada que debía recibir con los brazos abiertos? ¿Qué señal debía esperar para reconocerla? Bueno, visto y considerando que era lo único que tenía, aparte de lo que estaba detrás de él, asumió que sí.
1 segundo, 2 segundos, 3 segundos. 1 minuto, 2 minutos, 3 minutos. 1 hora, 2 horas, 3 horas. Y contando. Mientras más miraba el espejo delante suyo, menos entendía cómo había aparecido, y menos aún cómo haría para superarlo. Por suerte, la gente comenzó a reaparecer rápidamente después de haber estado solo no sabía ya cuánto tiempo. ¿O era que siempre habían estado, pero que su conmoción no le dejaba verlos? No, se aseguró de no estar tan loco. Y de golpe, como por arte de magia, lo vio salir por algún lugar del manto de reflejos: otro escarabajo brillando bajo la ácida luz. No había tiempo de pensar ni caminar, así que, como si sus patas tuvieran un motor de 800 caballos de fuerza, corrió con todas las fuerzas que tenía. Por algún extraño motivo que todavía aún hoy no puede dilucidar (ni su aquí presente relator tampoco), el segundo escarabajo caminaba lento, muy lento, incluso parecía como si lo estuviera esperando. El escarabajo de platino frenó el paso, para comprobar si no era su alta velocidad lo que hacía parecer los pasos de su colega tan lentos, pero al comprobar que cuanto más alentaba el paso él, más lo hacía su compañero, entonces apuró nuevamente la carrera.
Cuando alcanzó al segundo escarabajo, el de platino no supo como describirlo. Lo observó desde lejos, desde cerca. Lo observó de manera profunda y de manera casi superficial. Lo observó detalladamente y lo observó a grandes rasgos. Y aún así, después de vaya uno a saber cuánto tiempo de observación, ninguna de sus características le resultaba familiar. Era tanto como él, y tan distinto. Tanto como él, y tan fuera de sí. Se animó a acercarse a preguntarle cuando entendió que, similar o distinto, seguía siendo alguien perfectamente normal (por lo menos para él), que no tenía ninguna característica rara, increíble, fantástica (por lo menos para él).
Cuando logró llamar su atención, fue casi irreal la facilidad que encontró el segundo escarabajo para sentirse a gusto con él. Le preguntó su nombre, que hacía por ahí, de dónde venía, si lo conocía de algún lugar. Le contó de su vida, su esposa, su familia. Le contó de su trabajo, de su barrio y de su mamá. Le pidió disculpas porque tenía que marcharse, pero le dejó su tarjeta. Aunque su paso era rápido y ensordecedor, se frenó en secó y se volvió a preguntarle para qué se había acercado. Y entonces el escarabajo de platino cayó en cuenta de que ya no recordaba para qué. Le había resultado raro el rápido andar de su amigo, hasta le parecía común la historia que había escuchado. Pero no recordaba haberse acercado con ningún motivo más que el de saludarlo.
Mientras el segundo escarabajo lo miraba con cara de asombro e incredulidad, el escarabajo de platino tuvo la suerte de que el destino le pusiera esa pequeña piedra debajo del zapato que agitaba nerviosamente. Y se cayó, de más está decir. O no, porque esa caída le provocó un golpe en la cabeza tal, que se dio vuelta a maldecir a quien lo había obstruido. Era evidente cuando volteó que el espejo gigante que prácticamente lo comía no era oponente para semejante batalla. Nuevamente, está de más comentar que nuestro escarabajo recordó la pregunta. Pero quizás lo más sorprendente fue que no la hizo, que prefirió callarla y guardarla para cuando su interior le dijera que era el momento adecuado. Se rió en voz alta, tratando de suavizar la situación, le dijo que no era nada a su amigo, lo saludó y siguió caminando como si simplemente hubiese tropezado con él. Extrañado, pero no más que nosotros, el segundo escarabajo siguió caminando, ahora con el ritmo lento que el escarabajo de platino observó cuando empezó a correr, hacía ya tanto tiempo atrás.
Y se volvió otra vez hacia el espejo, que otra vez aparecía inmenso ante sus pequeños ojos, tan pequeños como la voluntad de encontrar un paso. Finalmente, cansado de estar de pie, se sentó frente a la majestuosidad del reflejo interminable y cerró los ojos. Intentó mirar por detrás de los párpados cerrados, reconociendo formas, figuras, algo que lo guiara para saber qué corno estaba haciendo. Ni hablar del susto que se llevó cuando una voz en el oído osó despertarlo de semejante trance con la frase “¿Estás bien?”.
Abrió los ojos sobresaltado, con la bronca del despertar abrupto y la serenidad pasada de lo incógnito reconocido. Atinó un grito que nunca salió, un insultó que nunca se escuchó, porque los ojos marrones que lo miraban lo atravesaron tan profundamente que le cortaron desde las cuerdas vocales hasta los nervios de las patas. Intentó levantarse, pero sólo pudo responder “Sí”. No logró más que reconocer para sí mismo que todos los músculos y nervios de su cuerpo habían decidido por unanimidad rebelarse al mismo tiempo. Este nuevo escarabajo, ahora no tan distinto como el primero, pero tanto más parecido a ese que a sí mismo, se sentó a su lado, en la misma posición y mirando al espejo, y le preguntó que qué miraban. Sin tener la menor idea de contestarle, el escarabajo de platino le respondió de la mejor manera posible: “No sé”. Esperando un ascenso fugaz y tenaz, miró al tercer escarabajo mientras su quietud carcomía tiempo y espacio de manera impensada. Si hubiese querido medir con un reloj el tiempo que pasó, no hubiese alcanzado la arena de Egipto para hacerlo. Después del trigésimo cuarto parpadeo, entendió que su compañero de asiento no tenía ninguna voluntad de levantarse, así que le explicó más o menos qué estaba haciendo, pero también le aclaró que no tenía ningún fin explícito.
Así, a continuación, cerraron ambos escarabajos los ojos y, por detrás de los párpados, trataron de reconocer alguna figura en el espejo. Pasaron los días, y fue al tercero que el mismo tercer escarabajo abrió los ojos, levantó su cuerpo y se marchó, explicándole a quien había despertado de ese mismo trance que en realidad lo hacía por su bien, para no molestarlo más. Y se marchó, con la misma presteza e instantaneidad con la que había aparecido. El escarabajo de platino empezó a divisar una figura como a tres cuadras, en una especie de rincón increíble del espejo infinito, pero que todavía era indescriptible. Durante horas y días, cientos de escarabajos aparecieron sin que él lo supiera de detrás de ese mismo espejo, se sentaron donde el tercero lo había hecho, escucharon la explicación, estuvieron con él algún tiempo y, del mismo modo que el tercero, se levantaron y fueron.
Después de meses de lectura detrás de sus párpados, caminó con los ojos cerrados esas tres cuadras, asegurándose de que la suerte no lo hiciera tropezar (cosa que no sucedió). Cuando vio a la figura en frente, se sentó como lo había hecho en el primer lugar, y repitió el intento de entender qué era esa macha amorfa. Una esquina por allí, otra esquina por acá. Finalmente, la mancha amorfa fue tomando la figura de un rectángulo el doble de alto y ancho que él. Parecían sus lados hechos del mismo platino del que él estaba formado, y poco a poco todo su interior fue desapareciendo. Pero no se transparentó. Parecía una puerta al vacío, a una especie de incógnita permanente y absoluta en la que podía sumergirse o no. Quiso abrir los ojos, pero no se animó. Demasiado tiempo le había llevado encontrar esa puerta y por lo pronto, por lo menos, no tenía ninguna intención de perderla.
El escarabajo de platino tenía que tomar una decisión y no era nada fácil. Muchas puestas de sol más que las que le llevó entender la puerta le llevó decidirse. Incluso llegó a dudar de su decisión unas diez veces, y volver a la vieja otras tantas. Un buen día (o noche, la diferencia era incontable) un golpe en el hombro le hizo recordar que el peligro de despertar del trance era demasiado. ¿Y si alguien como aquel tercer escarabajo venía a preguntarle con unos ojos más profundos que los primeros si estaba bien y nunca más podía encontrar la puerta? ¿Y si los ojos que lo despertaran en realidad fuesen una nueva puerta que lo llevaran por un camino de aún mayor incógnita y vacilación? No, no podía tomar semejante riesgo. Entonces, respiro lo más profundo que pudo, tanto como sus pulmones le permitieron sin explotar, y se levantó. Soltó todo el aire que había tomado y volvió a respirar igualmente de profundo y cruzó sin pensarlo más el umbral que su imaginación había creado en semejante espejo.
La irrealidad de la locura de un mundo donde todos pasan, nadie entiende tu accionar, todo se refleja para que siga funcionando sin pensar en cosas distintas y las puertas para cruzar al otro lado puedan ser únicamente producidas por aquellos que sienten la necesidad de no existir más en la vida real, todo eso fue lo que me llevó a mí a encerrarme en este sarcófago de platino, cuyo aire se acabará en cinco, cuatro...
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25 de noviembre de 2007
Open the door to the next destruction
Over the hill there's somebody else
What should we do for an instruction?
I guess it's not so easy to save the mess
Close the last window to deceiving
I'm been through there and I'm bleeding
Caught the night over the meeting
Suppose there's no one, I'm not kidding
Well there's easy if you're not there
It's so obvious you're teasing me
And now, the walking is too hard
And now, I'm crawling no more
Look at me now that I'm falling
Leave me behind that I'm soaring
Save yourself when I'm not hoping
I've been over there and I won't walk away
Since I've grown up,well, I can't find me
I don't like it here, it's not so warming
Look at me now, I'm thorn all to pieces
and you can't see it 'cause I'm not screaming
Along the way we have to pray
because there is always always hope
But then sometimes the walls just drop
and the things we hear are surely wrong
Look at me now that I'm falling
Leave me behind that I'm soaring
Save yourself when I'm not hoping
I've been over there and I won't walk away
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23 de noviembre de 2007
Desde el túnel*
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Desde la oscuridad del asiento del colectivo, la ciudad de Buenos Aires se convirtió en una gran biblioteca donde todo lo posible a crear era desde la imaginación lo que las letras me regalaban. Sometí mi voluntad a la de Juan Pablo Castel y sonreí no para mis adentros revelándole al mundo que no estaba donde creía estar. La suerte se reveló para mi bien y logré bajarme donde debía, pero no sólo eso. Como hipnotizada con la magia de un relato que no hacía más que traerte a mi memoria, llegue a ese banco de cemento de la esquina de Donato Alvarez y Gaona y me senté a esperar el paso del tiempo, de las personas y del mágico príncipe que viéndome leer se acercaría para conocerme.
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22 de noviembre de 2007
Yo nací para mirar /lo que pocos quieren ver
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18 de noviembre de 2007
momento para el freno de mano*
Abro este flog con el único incentivo y la única necesidad de sentirme fuerte para el resto de mis momentos. Perdí a los que me acompañaban en el camino. Los perdí de tal manera que hasta logré el tan maravilloso milagro de perderme a mí. No sé dónde quedé y no sé tampoco dónde estoy. Y ahora es momento de tirar con fuerza el freno de mano, de poner punto muerto y arrancar otra vez desde cero, por el camino, dejando la banquina. ¿Será posible que pueda borrar todo, tirar este lienzo que llamo vida a la mierda y usar una nueva hoja para empezar una nueva cuenta? No lo sé, pero confío en mí, en mi fuerza, en mi capacidad. Confío en que ahora que puedo cortar todo de cuajo (como hice hace seis años y arranqué de cero pero para mal) y retomar el camino por el que venía, que ni estaba tan equivocado, ni me hacía tan mal.Volqué el viernes, frené el sábado y me desperté el domingo. Y ahora lunes, ¿qué carajo pretendo de mi vida? No sirve que sea maravillosa de lunes a viernes y desbarranque apenas pueda, porque eso es lo que hago. Aguanto, aguanto, aguanto, y después exploto, como si estuviera destruyendo a alguien más que a mí. Y el mayor problema es que a nadie más le importa, si lo único que la gente espera es ser cada uno de ellos feliz... Tengo que salvarme sola, porque nadie más lo va a hacer por mí. Espero que esto no sea mirar al espejo y reflejar. Espero que sea mirar para adentro y entender cómo cambiar.
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cuando suficiente es suficiente*
Lloré, sí, lloré cuando desperté, pero nada fue tan terrible como el simple hecho de haberme despertado. Lloré porque descubrí que el miedo a no ser lo máximo que pudiera ser a los ojos de los demás me había llevado a ser todo menos yo misma. Si era feliz siendo como era, ¿cuál fue la necesidad de cambiar, de ahogarme en el seno de alguien más?
Pensé, repensé, recontrahiperpensé, pero todo se empecinaba en terminar en la misma frase: lo hecho hecho está. Era cuestión de entender que si quería cambiar algo, si quería solucionar mi pérdida de identidad, lo único que podía hacer era hacer algo. Esperar no serviría para nada, a pesar de que parecía ser la mejor y más fácil solución.
En el medio, ellos, los otros, los que habían llegado a ser yo misma pocas horas antes: eso era lo que debía dejar atrás si quería volver a sonreir de verdad. Sedienta de vanidad, curiosa de locura, todo lo que podía significar la peor de las pesadillas para esta comunidad tan ostentosamente perversa cruzaba mi mente sin más peligro que el de revelarme la realidad.
Ahora: ¿qué capacidad podía tener un cuerpo sin espíritu y con mente para crear un espíritu que no sólo le correspondiese, sino que además se conjugara con lo que esperaba de dicho espíritu? Creí, pero como sólo un ángel puede creer, con la fe de la inocencia detrás de la insolencia. Más en un mundo donde la fe es el peor de los insultos, el más terrible de los desastres. Yo decidí tener fe en mí.
Ya no puedo echarme atrás, las cartas están echadas y es mi habilidad para jugarlas la que me permitirá volver a ser quien quiero ser o perderme para siempre. Pero para eso sé que no puedo sola, que dependo de alguien que me sostenga, que me permita matenerme en pie cuando sienta que ni el más macizo de los bastones podrá evitar que tambalee: Por lo pronto, espero poder empezar sin ese bastón, pero sé que en lo sucesivo deberé encontrarte, sí, a vos, al que me sostenga. Tengo que creer en mí, pero no en que soy intocable, inmortal e insensible.
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13 de noviembre de 2007
Te necesité como nunca necesité a absolutamente nadie. Respiré hondo esperando que aparecieras, y no lo hiciste. Y aunque lo hubieses hecho hubieses sido tarde. No importa cuándo, pensé que sería posible que hasta por milagro quizás soltaras ese manojo de egoísmo que te eleva por los aires y volvieras a mí. Incluso que quizás, por primera vez llegaras. Pero no lo hiciste. La magia esta vez pareció desaparecer, de una vez y para siempre.
Las lágrimas que me acompañan no son de cocodrilo. Tampoco son siquiera pasajeras. Ni momentáneas. Son absoluta y comprensiblemente eternas. Porque el dolor de lo que se tuvo y se perdió para siempre sabiendo que no volvería jamás es inolvidable. Pero no del buen inolvidable, no de la sensación de mariposas en la panza de tu primer amor, sino del mal inolvidable, del que aparece cuando un avión se estrella frente a tus ojos y tu inutilidad.
Podría decirte que lo sé, pero jamás voy a entender cómo pudo ser que todo tuviera un final tan drástico. Bueno, al menos para mí.
Si sigo escribiendo un teclado va a perder su pulso. No me quedan ni letras, ni palabras, ni bronca, ni ira, ni llanto ya para poder decirte que voy a extrañar a la única persona que me hacía sentir acompañada y feliz, pero que también sé que soy una persona y que como tal lo único que puedo hacer por mí y que no vas a poder hacer vos es respetarme.
Te amo, amo tu recuerdo y lo que vivimos juntas, jamás te voy a olvidar. Marcaste todo, pero este es el final.
Todo historia tiene un final, pero en la vida todo final es un principio. Espero que así también lo sea para mí.
Para vos, Johy.
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