14 de marzo de 2010

No poder escribir.-

No podía escribir. No salían las letras, no caían las palabras, no había historia que quisiera ser contada.  Quería escribir, tenía esa necesidad adentro, se los juro, pero no había forma. Ni que mi vida dependiera de ello podría haber expuesto idea alguna en el papel. Y ahí estaba yo, tan parecida a un helecho como jamás había estado. Ahí, casi sin vida, frente al teclado, insensiblemente mirando a una pantalla vacía que titilaba en blanco.
No es que no tuviera dudas y planes y sueños cruzando por mi cabeza. Tenía cientos, y cada uno de ellos era un desconcierto aún mayor. La hoja digital blanca parecía cada vez más vacía, a medida que los minutos pasaban sin transformarse en absolutamente nada. Cerraba los ojos, los volvía a abrir, y todavía seguía ahí esa mirada vacía que me devolvía el monitor.
¿Cómo podía ser que la noche anterior las frases fluían solas, la cabeza corría como si estuviera conectada a un motor, y ahora que sus pulmones clamaban más por inspirar la magia de lo escrito que oxígeno, no lograba hacer funcionar el engranaje?
Y no es que no supiera cómo superar esos momentos. No, claro, como escritora había superado bloqueos, miedos, incluso depresiones que me cerraban cada una de las ventanas que trataba de abrir. Pero esto era distinto. En esos momentos, no era la necesidad de escribir lo que me movilizaba a explayarme larga y (muchas veces) tediosamente; no, era la obligación y el requerimiento externo lo que me sentaba en frente de mi blanca ignorancia y, sin quererlo, escribía lo que el que me lo pedía quería leer.
Esta vez, me sentía como cuando aprendí a nadar: extasiada, necesitada de aire, libre, inútil. Esa palabra: inútil. Otra vez en mi cabeza: inútil. Inútil, inútil, inútil. Imposible hacer nada contra mi impotencia. Estaba completamente llena de fantasías y absolutamente vacía de técnica. No podía escribir.
Y ahí lo descubrí. Me di cuenta de lo que estaba pasando, de esa situación única que por primera vez me atacaba. No, claro que no era mi repentina falta de palabras. Por primera vez en mi vida, quería escribir sobre lo inescribible. ¿Cómo describir en palabras lo que ni siquiera muchas veces podemos saber que estamos sintiendo?
Entonces, volví a girar mi silla, de la pantalla del televisor pasé a mirar la pantalla de la computadora. Mis dedos y sus uñas recién pintadas de ese rojo carmín tan raro en mí se movían solos sobre el teclado. Y escribían, y escribían, y escribían…

“No hay forma de describirlo. No existen palabras ni poemas ni cuentos ni novelas ni enciclopedias que contengan forma de descripción de lo que siento. Hemos intentado combinar cientos de sílabas y millones de metáforas para contarlo y transmitirlo, pero lo más difícil es aceptar que a veces, por muy embebidos que nos encontremos en el lenguaje, no alcanza para expresarlo en su totalidad.
Conversaciones que duran hasta las 7 de la mañana. Relojes que destrozan los minutos, y que transforman tres horas en quince minutos. Miradas que completan todos y cada uno de los silencios. Sonrisas que se escapan, más allá de la voluntad de sus dueños. Imposibilidad de sacar la mente de esa otra ciudad. Saber que está tan lejos, pero tan cerca cuando recuerdo que vuelve tan pronto. Sobre todo, ese presente alegre que provoca saber que alguien más en este mundo se para a pensar si algo puede ser mejor que compartir ese momento, ese beso, esa llamada. Y comparando ese momento con todos los otros momentos que viví, estar completamente segura, absolutamente decidida, certeramente convencida de que eso es felicidad.
No hay forma de describirlo. Y si lo necesitamos describir, no podemos escribirlo. No importa cuánto lo intentemos. Sólo el cosquilleo en la panza, esa sensación imposible de describir nos avisa que vamos a caer.”

5 de marzo de 2010

Teoría de la Inapetencia.

Parecía mágico. Todo estaba donde lo había soñado. Y particularmente ella, como el centro de atención del mundo. Era un día fantástico. Todo se movía a su alrededor, como jamás el mundo lo había hecho. El planeta entero parecía respirar de sus suspiros, y la sangre que movía las entrañas de la Tierra, la suya propia. Cuanto había deseado alguna vez, todo resplandecía en derredor. Supuso que por primera vez, después de muchos años, finalmente las órbitas se habían alineado para regalarle una serie de días continuados de necesaria paz y sobre todo, felicidad. 
Parecía. Y le siguió pareciendo. Sobre todo por lo que pasó después, al día siguiente. Se desmoronó cada una de las piezas que había armado esa irrealidad amorosa. Canciones surgidas de la más absoluta nada, devociones de desconocidos, sigilosos enamorados que aparecieron de la manera más intempestiva y menos adecuada. Y su corazón, tantas veces pisoteado, ahora había sido inflado de manera nefasta. Inflado únicamente para después, con una pequeña pero punzante aguja, hacerlo explotar, de manera que nunca más se pueda volver a formar. 
Algunos le decían que a veces las pinchaduras no explotan, sino que desinflan, y hace falta una curita para poder solucionarlo nomás. En otros casos, le decían que era su destino, y que si su corazón debía astillarse y no poder volverse a armar, no había nada que ella pudiera hacer. Pero no les creyó ni a uno ni a otros. Se creyó a sí misma y a su teoría de la inapetencia. 
Teoría de la inapetencia: está en la mente animarse a amar. Basta con tomar la decisión de convencerse de que nada mejor va a salir de enamorarse, para dejar de querer enamorarse. Y finalmente, convencerse de que no queremos una pareja, particularmente un hombre. Teoría de la inapetencia. No tener hambre de amor, nunca más. 
Pero ahora se había olvidado de ello. Luchar de a uno, lo había aprendido. No quiero a esta persona porque... Pero ahora no, eran cuatro, y todo se desmoronaba encima de ella. Cuatro paredes que parecían destinadas a aplastarla indefinidamente. O por lo menos a lo que quedaba de su corazón. 
Ella se sentó delante de la pantalla y empezó a escribir. Sin nombres, sin historias, con lágrimas en los ojos y una sonrisa mentirosa en  su boca. Soltando de una buena vez y para siempre su decepción. Por última vez había tenido hambre. Ahora, la gula no tendría nunca más lugar. 

23 de febrero de 2010

Por la tangente, al unísono.

Debería ser el nexo. Lo que finalmente fusione las dos partes y las transforme en una. Debería ser siempre lo que nos confluye, los que ambos queremos, lo que nos transforme en lo idílico de nuestra imaginación. Dos adultos jóvenes buscando conectarse, que apelan a su sexualidad como medio de expresión. Y al final, como todos los medios comunicativos del siglo XXI, destruyen todo lo que habían creado en algún momento.

Crear una sincronía que se refleje en el movimiento del contorno de los cuerpos. Amoldarse uno a las necesidades del otro en simultáneo y al unísono, formando de la pareja esa imagen que crea la sombra de una única unidad. Se desarman en la comparsa de su propio rodar, y por mucho que lo intenten, no hay forma de desarmar lo creado. 
Todo sube, baja, se acerca, se aleja. Todo en melodía. Todo confluye. Todo explota de una buena vez, pero no por única vez. Todo se transforma en el recuerdo de lo que voló por las mentes de ambos. Todo ahora es la nada, un vacío a llenar. De repente, ahora todo desaparece como si nunca jamás hubiese existido. Y es entonces, en ese instante donde realmente todo se mezcla y recrea, o se desvanece. 
Él espera que esto no sea un sueño. La mira, y ve aquello que siempre quiso ver: su Lady Marmalade, su Mimí, la que lo seguirá a donde le pida, y a lo que le pida. No ve en ella una persona, ve lo que quiere ver: una mujer, una niña, una puta, a su mamá. Se ve a sí mismo, feliz, disfrutando de la comodidad de tener a su lado lo que necesite, cuando lo necesite.
Ella, ella se equivoca. Ella ve en esa cama, en esa tormenta que la atosiga, en quien ahora está a su lado, una compañía. Ve todo lo que cree necesitar: un amigo, un sentimiento, un deseo que apague lo que el alma le pide. Incluso, detrás de todo lo que desconoce, cree ver una especie de posibilidad de amor. Cree. Cree permanentemente en todo y en todos. Cree, y sobre todo cree en él. Sea quien sea "él" en ese momento, ella cree. Cree porque no puede darse el lujo de rendirse, no en esta ciudad. 
Se miran a los ojos. Él le da la espalda, buscando la primer excusa que le permita escaparse hasta tanto esté listo para gozar de nuevo. Ella lo mira a los ojos y busca entender lo que necesita, aunque sea físico. Lo encuentra, porque no es una ignorante - ninguna otra mujer los supo leer mejor -; y decide dárselo. La tormenta se desata paulatina pero incansablemente. La coreografía empieza de nuevo, otra vez tan conectados, otra vez tan lejos uno de otro. Los caminos paralelos se juntan en el infinito. Pero no hay hombre ni mujer que se jacte de inmortal.

14 de febrero de 2010

Del relato.-

Cada palabra era una lucha. Intentaba que las letras corrieran por la pantalla, pero apenas si habían aprendido a gatear. Las frases parecían paridas, y ni hablemos de las metáforas. Su personaje, el de Greta, se me transformaba cada vez en más complejo, impredecible y agobiante. Su némesis, Vera, era simple y fresca, casi que se sentía mágicamente natural. Creo que en esa antítesis estaba la magia de recrearlas, pero algo seguía sin congeniar. Frenaba al punto y aparte, y releía lo escrito hasta entonces. Al principio fueron doscientas, luego dos mil y alcanzaron a ser cientos de miles. Era un proceso agotador, pero cada movimiento tenía que ser coherente,  y cada suspiro de mi anotador se expresaba en lo que mis dedos tecleaban. No quedaba demasiado de la historia original, sencillamente porque el tiempo cambia todo, incluso las historias escritas. Quizás los nombres,algo en el brillo de los ojos de los personajes y en el sonido que tenían las palabras en mi mente al salir de sus bocas. Greta era de mediana estatura, morena, ojos marrones e inteligentísima. Vera, por el contrario, brillaba a cada paso, con sus cabellos rosados y sus ojos verdes, que combinados con la magia de su piel trigueña, la transformaban en alguien sensual y audaz.
Sus diálogos se daban en mi imaginación como si ya estuvieran guionados y programados en la televisión. Transcribirlos, por su velocidad, se volvía un tanto confuso e inocuo a la realidad, pero era necesario soltarlos. Es que la lucha dentro de mi cabeza parecía no tener fin, y no encontraba otra solución a la situación de sus dudas que dejándolas sueltas en los caracteres de la pantalla. Entiendo que no todo el mundo puede comprender lo que significa ser acosado por la naturaleza vivaz de sus personajes, particularmente cuando no han desarrollado la capacidad de compartir sus vidas con las creaciones de su imaginación. Para muchos, lo más sencillo es hacerlos desaparecer en la nebulosa de lo olvidado, y seguir adelante. Para algunos otros, descartarlos no es una real opción. 
En un momento explosivo, todo terminó. Su historia, y una parte de la mía. Releyéndolas, cada una se parecía tanto a mí que asustaban. Sin embargo, noté que no podía leer sus palabras en voz alta. Ahora era mi voz la que no podía escupir. Me dolía la garganta cada vez que intentaba nombrarlas o leerlas. Siempre supuse que lo escrito es tan parte de uno como lo dicho. Siempre creí en la sinceridad de la voz. Porque, seamos honestos, todos nos deschavamos cuando hablamos. Si nos duele algo, si estamos felices, si todo se cae a pedazos alrededor nuestro y no podemos hacer nada para salvarlo. No importa si sonreímos o si estamos llorando, en cuanto abrimos la boca no hay forma de evitar ser completamente sinceros. Y ahí estaba yo, sentada frente a ellas, frente a mí, completamente inútil. 
Me recosté pensando que había cumplido con mi obligación, pero angustiada. Toda mi vida se había desmoronado en cuanto leí esas líneas, esas que probablemente transformarían mi existencia en trascendental, pero que ahora eran crueles, casi masoquistas. Las palabras de Vera, esa fabulosa dama que se escapaba por debajo de mis yemas. Y Greta, que no dejaba que me escapara por la tangente. Amablemente me retiré de sus miradas, suplicando que ésa fuera la última vez que las veía. 

9 de febrero de 2010

Inabandonable.-



- "He's just NOT that into you"

Podría dejar todo como estaba, o podría volver a empezar. Cualquiera fuera la elección, todo parecía inútil: el problema esta vez tenía un nombre y ese nombre era yo. Yo y mi imaginación, una de esas pocas cosas que no logramos dejar en casa cuando nos escapamos al trabajo, a la facultad, al gimnasio. Y claro, en mi imaginación venía él, que en este momento se hacía llamar Esteban, pero podía cambiar sucesivamente porque él era mi imaginario príncipe azul. Él, la forma en la que hacía que me enamorara de él, le forma en la que buscaba que se enamorara de mí, lo felices que éramos cuando finalmente podíamos estar juntos. Cada minuto del día que se vaciaba se llenaba con su imagen y mi reciente y plagiada novela. Todo se repetía, en ciclos cada vez más cortos. ¿Y la realidad? Bien, gracias, creo. Hace tiempo que estoy alejada de ella. Es que sencillamente es más simple abandonarme a la victimización que viene después de darme cuenta de que más que príncipe azul, Esteban era un chico, uno más de esos que simplemente no estaban tan interesados en mí. Como lo habían sido cientos antes que él, y lo serían miles después. Porque, claro, la vida merece ser vivida de la manera más burbujeante posible, y si mi corazón estaba plantado en algún lugar extraño fuera de mi vida, entonces sería imposible que eso pasara. Pero lo que siempre recordaba, y siempre volvía a olvidar, era que mi corazón había quedado en algún otro lugar hace tiempo, algún espacio donde ya era imposible volver y recoger. 

- "Surgery or love?"
- "Both."
- "No, you can't have both. Surgery or love?"
- "Surgery"
- "Surgery"
- "Surgery"
- "Are you insane? Surgery is just a job. You'll get another one. But when love of your life goes far away from you, you can't get another one like it."
-  "I'm with them. Loves come and go. Surgery stays".-

La magia de la imaginación está en creer en sus creaciones. Sino, todo parecería falso y simplemente sería una mala parodia de la televisión. Pero cuando funciona correctamente, y le creemos, podemos llegar a vivir en ella, porque no podemos dejarla en un cajón al salir de casa. Entonces, debemos elegir: o vivimos en la realidad permanentemente, o nos mudamos a la imaginación. Y ahí es cuando todo se complica, si elegimos la segunda opción. Porque vivir momentáneamente en la imaginación nos expone a que cuando volvamos a la realidad todo sea absolutamente falso, y que el corazón haya comprado la historia que parte de la cabeza le vendió. Lamentablemente, detrás de ese reconocimiento, hay un paredón de 10 x 10 mts. Y nuestro corazón que va a 220 por autopista.

27 de diciembre de 2009

El camino de piedras.

Me despierto, abro los ojos y veo a mi alrededor todo aquello que ya existía cuando me dormí, pero mucho más brillante y mágico. Los lugares que me recordaban el dolor de perderte, ahora se convierten en recuerdos de una juventud que creía perdida. Las personas que me traían imágenes de saberte lejos son ahora compañeros de caminos que me acercan únicamente a algo mejor. Cada paso que doy por las veredas que recorrimos juntos, cada una de las pisadas parecen querer destrozar solamente el aire que hay entre mi felicidad y tu recuerdo. Veo tu rostro en aquellas anécdotas que nos hacían únicos, pero poco a poco tu foto se desvanece y surge un vacío que sólo espera por una nueva persona o por una nebulosa que termine por borrar por completo esa memoria que trae tanto mal. 
Me despierto, como todos los días, como siempre desde antes y después de tenerte, pero ahora me descubro olvidándote, dejándote pasar como quien roza un secreto, pero no intenta opinar. 
Y finalmente, una noche, me despierto en el mismo escenario, en el mismo tiempo, en la misma escena y con el mismo elenco, pero todo parece gris. Tus ojos son una neblina espesa, casi imposible de cruzar. Tu alma, oculta detrás de semejante opacidad, no parece ser la misma que la que alguna vez me regalaste. Incluso tu cuerpo, siempre tan sincero, siempre tan sutil, ahora es tosco, siniestro y sencillamente inútil para lo que intentás crear. Te veo y sé que quien fue mío se desvaneció en esta nueva certeza de inseguridad. Te veo, pero por más sencillo y vacío que sea, sé que no estás. Es entonces, en cuanto lo único que me abarca es la desilusión de saber perdido aquello que alguna vez quise, que transformás en real aquello que quise creer que era una broma que me jugaba mi sentir. Pasás a mi lado, ignorándome. De repente, te burlás de mi suavidad. Y te vas, destrozando lo poco que te sostenía en mi ser. 
Me despierto nuevamente en el mismo escenario, pero entiendo que la escena, el tiempo y el elenco son distintos. El guión ya no es improvisado, todo está escrito. La siguiente línea me delata: todo lo demás fue un sueño (o pesadilla, vaya uno a saber) y es este momento el que me lleva de nuevo a la realidad. Te sonrío, porque sé que ya no sos quien imaginé, porque ya no te puedo culpar por el despliegue de mi propia imaginación. Te sonrío, porque disfruto de saber que deje una piedra marcando el camino, el camino que ya no quiero volver a caminar. Te sonrío, porque me enseñaste por dónde no volver a pasar. Y no veo que me sonrías, pero lo entiendo, no creo que jamás puedas volver a despertar. 

11 de diciembre de 2009

Mundos.-

"...la más linda del amor/que un tonto ha visto soñar/metió mi rocanrol bajo este pulso..."
No había otra opción. Bailar con ella era la única posibilidad que quedaba. Me acerqué, lenta pero confiadametne, y la tomé de la cintura, como debía ser. Me miró con sus brillantes ojos marrones, con esa sonrisa que sólo destinaba a que mi mirada encontrara y que nunca le había visto compartir con nadie más. Desarmé el camino hasta la pista de su mano, procurando que bajo ningún punto de vista la perdiera. Llegamos y tal como suponía, todo a nuestro alrededor se había apagado. Quedábamos nosotros, la música, el silencio de nuestras bocas y el piso a nuestro pies. El tiempo pasaba y era milagroso que nada de todo eso se acabara. Todos los temas parecían conectados, unidos, interminables, infinitos. Nuestro andar se convertía en uno con cada paso que dábamos, e incluso ahora que estábamos bajando del auto, todo parecía continuar. Llegamos a la puerta y abrimos los dos juntos aquello que no pensábamos encontrar. Detrás de esa entrada vimos un mundo, o en realidad, varios mundos.
Uno de ellos era turbio, inconexo, desarmado en nuestras imágenes individuales y retrógrado en nuestra posibilidad de volar.
Otro, era un mundo casi fantástico, indescriptible, tanto como irreal; parecía mágico, pero sólo era onírico. Nuestro cuerpos y nuestras almas parecían una, nuestros sueños se acuñaban en una sóla y eterna imagen que no acababa jamás.
El tercero, era un mundo complejo. Amplio, no infinito pero sí inmenso, con una cielo no del todo despejado, donde otra vez estábamos los dos, cerca, interseccionados, como si fuéramos uno pero sin dejar de ser dos. Nuestros sentimientos no eran iguales, pero eran complementarios y a veces superpuestos. Pero lo único mágico y misterioso de todo este mundo, era que esos sentimientos, nuestros cuerpos, el paisaje, las imágenes que nos exponían permanente para vivir, todo era uno. Un continuo y permanente suceder que, circularmente, nunca terminaba y siempre concluía. Se repetía cíclicamente y volvía a empezar, siempre igual y siempre renovado.
Cruzaron la puerta. Entraron a su mundo. Todo se volvió uno.

7 de diciembre de 2009

Stuff.

Sometimes we just don't get what we won't, we get what we need. Eventually, some amazing musician ends up making that knowledge into a song. But despite the fact that we are the last ones to realize that we've lost the track, somehow life finds the way to show us that we'll do just fine.
Then, when everything shows up like it's all right, TV turns on o a movie comes up. A character acts like no one we know. That's the moment when we have a choice: we watch it as the imaginary expressed on a channel, or we hope for it to be the nearest to our reality as it can. Once you've started to go through that way, there's no coming back. You begin to think that there's the possibility of something of what you've just seen to be magically real.
I have no doubt that sometimes our senses are overrated. We trust them too much, and nobody warns us about the dangers of that believing. And we go for it, we go from 0 to 100 in 1 second, and when the wall comes up in front of our face, we pray with all our faith to get to our brakes before that wall gets to us.
At least, from where I came, feelings are bigger than brains when trouble appears. We spend all our lives trying to reach that point where we can leave our hearts behind, and decide about almost everything with those experiences that tell us we should run away or stay and fight, because either we or someone we know have been there or done that. But somehow, explosions happen. Things blow up and we have half a second to choose between being real or being smart, being true to ourselves or being true to our century. It's hard to think when nobody thinking, it's hard to take responsibility for the actions we didn't think about. And in the middle of all that, we, standing there, confused, scared, childishly behaving. We really wanna scream with all our voice that we cannot be more ashamed and that we need mum and dad to help us. But we can't. We can't because now people are watching. People don't watch, stare, and we know that. And we are more afraid of what people may say, than what we could say to ourselves if we saw us doing that.
I don't know if I'm wrong, I have no idea if what I feel it's right. I've stopped thinking about right and wrong a long time ago. Thankfully, I've realized that no matter what I do or what I choose, someone it's gonna be unhappy, upset (and I'm gonna be sad because I cannot fulfilled his or her expectations). Then, all I hope it's for love. For someone to love me, and who allows me to love back. Without fear, without taboos. Without nothing between us, just who lets me enjoy life. Like in the movie, like in fake life.

5 de diciembre de 2009

Espectralmente.-

Sombría y seria, camina por las calles como si el mundo no existiera frente a ella. Cada paso que da atraviesa las baldozas, y cada mirada que regala al transeúnte de turno lo atraviesa como si no existiera. En su cabeza solamente existe la música y su imaginación, ésa que le permite creerse en un mundo del cual es el centro, sin notar que a su alrededor el mundo gira en torno a ella. No descansa en su afán de desaparecer en el reflector. La luz que la enfoca parece diluirla y, como si no existiera, a su paso queda una estela de algo que no debería haber estado jamás. Suspira en su silencio, y desarma su alma en su respiración. Contempla a la ciudad con la más patética de las ironías y disfruta de saberse ajena a la inmortalidad. Entre las sombras de los tacos y los portafolios aparece, portando solamente su desesperación por alejarse de lo que la rodea y su misterio de no saber quién es. Recorre las calles sin caminarlas, roza a los otros peatones, a los colectivos y a los autos con la frialdad de la muerte. Abre los ojos detrás de sus lentes y mientras sus labios rodean cada sílaba de sus canciones, lo único que busca es su lugar en el mundo. A veces pareciera que no existe, a veces simula estar parada allí. Lo único que le falta para saberse completa es que alguien le confirme que del otro lado del límite no hay nada, o está todo.
Las mejillas acaloradamente rosadas, las piernas temblorosamente debilitadas y la mente livianamente superflua. Se sienta sobre la hierba y ve un refugio que está a punto de desplomarse. Mientras, el azar le elige aquella canción que la divide en tantas partes como heridas tiene, como historias existen en el mundo. Una lágrima cae desde sus pestañas hasta sus rodillas. Una taconera pasa a su lado. Un trajeado pasa por el otro. Nadie la ve, nadie la percibe. Como si no estuviera, como si no existiera la realidad, como si nada fuera cierto, damas y caballeros se concentran en llegar, a dónde sea. Ella se queda quieta, esperando saber si quiere llegar a algún lugar. Ella se queda esperando una respuesta. Ella ya no sabe si quiere despertar una vez más.

3 de diciembre de 2009

Atravesando la rutina.-

Detrás de la pantalla, algo había cambiado. Los silencios de la casa parecían cada vez más llenos de imágenes y todo lo que podía sentir a su alrededor era compañía. De ese lado de la pantalla, ella, fuera de sus días grises y sus ampollas de tanto caminar, deseaba minuto tras minuto que se hicieran las once y volvieran a conectarse, cada uno y uno con el otro. A veces incluso creía que los días empezaban desde hacía seis meses con la única intención de que llegaran las noches y esos encuentros que, desde la tan inexorable lejanía los sentaban frente a frente, tête a tête.
Del otro lado de la línea, todas las noches era igual: llegaba, se sacaba los zapatos, tomaba lo primero que encontraba en la heladera y así, sin más y lo antes posible, se conectaba para encontrarse con ella. Después de muchos años, la rutina de la ducha, el noticiero, la cena nutricionalmente organizada y el eventual gimnasio, había desaparecido. Quizás era un error, una inconsciencia, pero en lo que a resultados concernía, nada había sido tan beneficioso en ese último tiempo como leerla, sentirla cerca.
Lo veía ahí, tan sincero como siempre, tan honesto. Escribía pero parecía que hablaba, hablaba pero parecía que le repetía lo que ella sentía. Suspiraba cada vez que lo veía conectado, y se amargaba terriblemente cuando los minutos pasaban y él no llegaba. Siempre había descreído de la Internet, del chat y de la insensibilidad de un conjunto de números 0 y 1 que transformaban los sentimientos en una innumerable sucesión de vaguedades inocuas. Siempre, hasta ahora. Con él, las palabras resultaban reales; las onomatopeyas, sensaciones; los silencios, enormidades. Es verdad que a partir de que empezaron a verse por las cámaras, las cosas resultaron mucho mas verdaderas. Pero incluso antes, nada había sido nunca tan sincero como lo que entre ellos crecía. Y ahora, estaban por conocer sus voces, lo único que impedía que todo fue prácticamente real.
Él no podía evitar responder a cada una de sus preguntas con la única respuesta verdadera que salía de su alma. Había intentado mentirle, engañarla, atraerla con sus ilusiones, pero le había sido imposible: el magnetismo de sus palabras hacía imposible que desarmara su vida para presentarle una película de vaya a saber quién. Lo único que le quedaba, cada vez que ese "buenas noches" llegaba, era dejarse ser y permitirse volar, guiado por la imaginación que cada día parecía más infinita en ella. A veces, se quedaba sin palabras, y resultaba fantástico como encontraba en una milésima de segundo, la palabra adecuada para que la risa o la lágrima siguiera surgiendo.
Otra vez se cortó la conexión. Otra vez, a rezar a quien fuera que siguiera del otro lado. Los minutos pasaban y no había forma de solucionarlo. Rogaba porque del otro lado se hubiese cortado también, o siguiese esperando, o algo. Algo que impidiera que la magia desapareciera, como la magia siempre hace, para siempre.
"Volvió".
Tres meses habían pasado desde la última charla. El silencio que tantas veces le había parecido increíblemente completo, ahora era vacío, ligero y absurdo. Arbitrario en su decisión de reaparecer con esa soledad repentina, increíblemente hiriente en su necesidad de hacerle notar que nada era tan grande como su pasión. Destrozaban los segundos, y todo parecía desarmarse a su alrededor. Redescubrir cada uno de los rincones de la habitación con la humedad de saberse perdido. La rutina había vuelto: llegar, ducharse esperando que por primera vez en meses el agua se llevara la desesperación, sentirse desahuciado al no lograrlo, dejar de comer al dejar de vivir, ir a la PC y rogar que apareciera; mandarle un mail como todas las noches y dormir con la esperanza de volverla a leer.
Ese domingo se conectó y no supo qué hacer. Abrió la ventana y lo pensó. Sabía que tenía poco tiempo, sabía que si no lo hacía y perdía la oportunidad no se lo iba a perdonar jamás. "Buenas noches". Silencio. "Hola?" "Hola".
Se fue a dormir cambiando la rutina. La esperanza de volver a sentir lo que alguna vez compartieron, ya no estaba. Esa noche el sueño vendría acompañado de la impotencia de saber que ya no podría cambiar la historia. Sabía que en cuanto se durmiera, el despertar se transformaría en uno de esos momentos cuasi imposibles. Pero tenía que hacerlo, para acompañarla, para estar con ella, aunque fuera por última vez.
El traje negro era una de esas vestimentas sobre las que tanto bromeaban, porque su profesión de artista plástica no le permitía entender porqué una persona dedicaría su vida a repetir normas y vivir de negro. Por primer vez se acercó a ella y le dio las fresias coloridas que tantas veces le había prometido. El salón enmudeció frente al contraste con las calas.

14 de noviembre de 2009

Nervios.-

Nervios. Esas horas antes siempre parecían agotadoras. Preferiría simplemente levantarme dentro del teatro y arrancar desde la manta que me rodea. Pero no, me toca tener que despertarme, acordarme de la función, acordarme de que cualquier error va a repercutir en el examen de los que me estén viendo, y sobre todo, en mí y mi performance. Cambiarme, arreglarme, maquillarme, sonreír. Sí, en el medio del caos interno, en el medio de la 3° Guerra Mundial interior, sonreír y asumir que todo va a salir bien. Saludar, desayunar, seguir sonriendo. Decir que estoy tranquila, cuando lo más parecido a mis manos son la de un enfermo de Alzheimer. Respirar hondo y mientras tomo el tibio café con leche, repasar las piezas, una por una, con sus partes preciosas y aquellas que todavía no puedo cantar. Desarmarme cada vez que recuerdo un error de los ensayos, y rogar que se repita cada vez que recuerdo un acierto en otro. Atravesando mi conmemoración a las notas caídas, los comentarios del profesor, de los compañeros, de los que me escuchan y ven algo en mí que a mí todavía me cuesta ver.
Freno, abro los ojos y suelto el aire que contenía. Disfruto de la posibilidad de subirme a esa cantante que se me para enfrente, de ponerme en su traje y de mostrarme más allá de mi cabeza. No tengo que ser brillante, no tengo que ser preciosa, no tengo que descubrir la teoría de la relatividad. Tengo que demostrar que adentro mío hay algo que me permite la magia de cantar y de cruzar de esternón a vértebra al que está en frente escuchándome. Quizás, no sea Callas, quizás no lo sea aún. Mis manos empiezan a dejar de temblar. Mis piernas de repente se vuelven ombúes y sostienen a mi cuerpo como nadie. Pongo a mi cabeza en tercera y empiezo a mirar el paisaje.
Abro la puerta y salgo para la presentación. Los nervios quedan por la escalera, la cocina, el comedor. La calle se vuelve un paraíso y su calma me llena. Cualquier error puede ser subsanado. Cualquier acierto va a ser relevante. Y en el medio de un día gris, un rayo de sol atraviesa las persianas que no me lo permitían ver. Sólo tengo que caminar.

6 de noviembre de 2009

Despertarse.-

Gris, húmedo y pegajoso. Ariadna se levantó pensando en quedarse durmiendo, pero se levantó. Marcos se levantó pensando en levantarse, y se levantó. Beso de buenos días silencioso de por medio, ambos dos encaminaron el ritmo de sus rutinas. Ella fue a la cocina a desayunar, él a la ducha. Mientras leía el diario y hacía como que disfrutaba de esa tostada, escuchaba la radio y el calor atroz que le enviaba con la máxima temperatura le pegaba en cada una de las células de su piel. En el baño, caía el agua cada vez más fría, y reventaba el enfriamiento en un estruendoso grito que no era acorde a la distancia que el dos ambientes establecía entre ellos. Una vez recompuesta la temperatura del agua, el silencio mental que trataba de alcanzar no le resultaba para nada sencillo. Esa radio que escuchaba no le permitía alejarse de la realidad, pero casi que estaba acostumbrado. Cerró la canilla y salió deseando salir.
Cuando cruzó la puerta, la rutina se volvió inútil, el hastío estúpido y la violencia innecesaria. Estaba ahí, con calor, con hartazgo, en silencio, desayuno mediante. Estaba ahí, como siempre, tan morocha y tan blanca, tan silenciosa en el medio de tanto ruiderío. Se acercó despacio, como para no despertarla antes de tiempo, temeroso de lastimar su tranquilidad. La abrazó y le dio un beso que no encajaba en la rutina, porque no era gris pero era húmedo y pegajoso, como el verano aquel en el que se habían conocido.
Lo miró y después de mucho tiempo lo volvió a reconocer. Era él, tal y como lo había conocido, hacía casi 15 años. Siempre con esos ojos negros que resplandecían al verla, y que le reflejaban su imagen más bella. Hacía años que no le mostraba que seguía siendo la reina, por lo menos, de su palacio de dos ambientes. Y le devolvió el beso con todo el amor que su mirada podía reflejar.
Húmedo y pegajoso sí, pero de gris ese día no tenía nada. Salieron a la calle juntos, trajeados, llaves del auto en las manos. Pero les alcanzaba con saber que habían vuelto a tener 17 otra vez, y habían decidido no volver a crecer nunca más.

14 de octubre de 2009

La guerra de los sexos III - Sobre la victoria de la histeria

Hoy monologo yo. La victoria de la histeria llegó para quedarse. De ambos lados, en todos los campos, en todos los batallones. Pequeños grupos insurgentes de histéricos, que cada vez se amplían más, avasallan a todo aquel que tiene la insensata decisión de tener una relación alguna vez denominada sana.
No pretendo ser idiota o minimalista: nobleza obliga a aceptar que un cierto nivel de histeriqueo codificado es interesante y hasta divertido por un período breve de tiempo. Que te paso mi teléfono pero te contesto uno de cada tres mensajes hasta la primera salida; que te llamo y no estás, y cuando estás, llegaste agotadísimo y sólo tenés tiempo para organizar nuestra visita al cine; que pierdo tu mail y te hago recorrer a todo el muestrario de mis amigas para que lo consigas de nuevo. A todos nos gusta ser presas y ser cazadores, es la gracia del juego. Pero un rato, hasta que queda establecido dentro de las reglas de juego que esto va a algo serio, o puede llegar a serlo. Y ahí, la histeria la ponemos en nivel 1 o 2 de 10, y jugamos con todos los demás botones de la consola que nos arma la mezcla de la relación con otra persona.
Pero cada vez más, y a mi pesar, me cruzo con historias que lo único que hacen es demostrarme lo rápido que se propaga esta peste de la individualización y el egoísmo entre la gente, por lo menos, entre los chicos y jovenes de la veintena de años, en todas sus combinaciones con otras cifras. Chicos enamorados, que no saben si ella quiere estar con él, lo ve como un amigo, o que no le dice como lo ve, pero de a ratos es el mejor amigo, y de a ratos el mejor amante. Y claro, atrás está ella, la que quiere ser conejita de playboy pero no le da para cadeta de McDonalds, la que necesita sentirse deseada y lo usa a él, el pobretón de turno que osó enamorarse de ella, para nunca perder a ese uno que siempre la desee. Y para eso, no lo suelta jamás, mostrándole solamente en los momentos en los que parece perderlo en brazos de otra, que ella en realidad también está ahí para su disposición.
Del otro lado, él, el que cuando le cuento a cualquiera mayor de 50 años no me cree que existe: la novedosa raza del histérico argentino. Generalmente fachero, este chico no lo hace por sentirse deseado, lo hace para sentirse poderoso (ojo, los dos combinan ambos aspectos, pero la mujer busca más el deseo, y el hombre más el poder). Sabe que la puede controlar, que puede no llamarla y lo va a llamar, que puede no hablarle y le va a hablar, que puede decirle que está con otra, y ella esperarlo a los pies de la cama. Tiene su pequeño séquito para controlar, que quizás no lo vean como un Adonis, pero seguro lo ven como un dios, y eso para él es suficiente.

Atrás de estos muchachos, hombres y mujeres que se preocupan mucho más por ser en sus mentes exitosos, que en la vida real y evitando que otras personas salgan lastimadas, los que se terminan pegando con sus paredes a 226 km/h. Hombres y mujeres que mueren por amar y ser amados, o que simplemente tuvieron la mala suerte de caer por estos pequeños monstruos de egoísmo, y que sufren de la duda de soltarlos y tratar de encontrar a alguien nuevo, con el miedo de no saber si existe; o bien, de seguir atados, a algo que saben que no es real, pero que por lo pronto se parece bastante. Lágrimas caen, puteadas se van con el viento y llegan a los oídos sordos de las nubes. Y así se sigue desarrollando el mundo moderno, con cada vez más de ellos, porque a nadie le gusta estar en el bando perdedor.


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esta es mi línea
porque detrás de todo
no quedan
ni tiempos, ni lugares
ni otras líneas que dejar
en esta línea te muestro
aunque no veas
mi alma
lo que vivimos juntos
dejo paso a paso
nuestro andar

esa es tu línea
intermitentemente paralela
a la mía
tan limpia y fresca
pareciera que nunca
jamás de los jamases
la hubieses pisado
sé que no
saltas y corro junto a tí
tratando de alcanzarte
sabiendo que no puedo

nuestra línea no existe
pero cada vez
que me muevo insensatamente
se cruzan en puntos
y se vuelve segura
y sigo corriendo
porque se que adelante
voy a chocarte
y no te liberaré más

años pasaron y mi línea
y tu línea y nuestra línea
nunca fueron una
y salteé casilleros
y escapé a líneas nuevas
y te veo aún a mi lado
pero estás tan lejos, tan lejos
que sé que indefectiblemente
tengo que dejarte
seguir con tu salteo
con tu escape de tu propia línea
y debo seguir la mía
tan segura desde un comienzo
hasta que se cruzó
[con la tuya.]

7 de octubre de 2009

Del Rock al Derecho en 21 años.

Sentada. Miro la pantalla y la verdad, o a decir verdad, no parece tan distinto. Al lado mío, el mismo televisor, la misma voz, el mismo vaso, el mismo resaltador. Detrás mío, la misma cama, el mismo conjunto de ropa desgarbada que resulta ser usada, el mismo conjunto estático de almohadones. Delante mío, la misma imagen de hace años, la misma entrada comprada con meses de anticipación, la misma cantidad de cosas que pienso que debería sacar del escritorio. Y es que nada parece demasiado distinto respecto de hace unos segundos.
Hago zapping, cambio los canales, apago el televisor y prendo la radio. Cambio los diales, voy y vuelvo entre emisoras, la apago. Reviso los diarios del mundo virtuales, los blogs de turno y el resto de las tareas que me corresponden donde me comentan la realidad del mundo. Reviso la cucha de mi perro, y me encuentro con sus ronquidos. Y es que no, todo parece igual que antes de que sucediera.
Abro los libros y las agendas, reviso los mails, reviso mi página, enciendo el teléfono y el celular. No, la temperatura, los tonos, las líneas, todo parece igual que hace minutos. Incluso, por mucho que lo intente y me mire al espejo, ni un gramo menos, ni un pelo más blanco, ni un centímetro de más en ningún lado.

12:38 am. De fondo, un tema cuyo título no parece ser evidente en el contexto en el que lo escucho: "Sunshine of your love". Pero su arpegio simple y real me recuerda que todo lo complejo puede parecer imposible de alcanzar, pero en realidad es mucho mas sencillo de entender que otras cosas. Un saludo se acerca, otro termina, uno está por comenzar. Las felicitaciones por un hecho imposible de evitar, son sucesivas. Pero así y todo, detrás de mis ganas de ser estrella de rock, y delante de mi necesidad de estudiar el derecho que organiza lo que creo que hay que desarmar y desarticular, hay una nenita que con sus rulos constantes se subía a su mecedora de caballito, y jugaba a la doctora con Juliana. Una nena que con zapatillas de danza negras y remeras de brillos, lejos de ser las sílfides que la rodeaban, hacía lo imposible por lograr encontrar eso que le iba a permitir expresar todo lo que necesitaba, mientras sus palabras llegaban mucho más lejos de los que pensaba. Una jovencita decidía dejar atrás todo lo que le molestaba, y empezar de cero, con gente que pudiera compartir con ella ciertas magias; tomaba las armas que le prestaban un ratito y saltaba por sobre las murallas que alguna vez le habían impuesto. Una adolescente completa compartía horas con adolescentes que le acompañaban en cada uno de los momentos que se suceden de la manera más feliz. Una joven que sale de su ámbito rodeado de murallas de cristal, de ideales impensados y destrucción racional, y entra en un ámbito que hubiese sido perfecto para repetir el modelo, salvo porque se cruzó con la necesidad de respirar. Una joven se mantiene firme por primera vez en la vida, en una forma de verla y vivirla, sin pensar si es buena, mala, simpática, atenta o lo que sea. La disfruta, y listo. Y ahora, esa joven, es jurídicamente capaz.

12:57 am. Y se supone que ahora sí puedo ser responsable por completo, más que hace 58 minutos atrás. Vaya uno a saber porqué. Porque lo que yo sé, es que lo único distinto, son las ganas de festejar.

2 de octubre de 2009

La guerra de los sexos II - De la aceptación y la negación (Lo que me costó la posesión de mi media naranja)

Pero vos no entendés, lo que pasa es que siempre hace lo mismo. Viene, se va, y después yo tengo que andar justificándola. No, si yo no soy un boludo, yo sé lo que anda haciendo cuando sale con las amigas... Sí, cómo no lo voy a saber. Esas pibas son una más trola que la otra. Seh... Acordate Lali. Sí, ESA Lali! La de Marquitos, la del Chino, la de Tomy! Sí, ésa. Bueno, es la primera en prenderse en las salidas que arma. Y sí, con compañeras de salida como ésa... Pero no seas pelotudo por dios! Vos me estás jodiendo? Que vaya con ella? Me estás jodiendo?! Ni en pedo. Con todo el cotorrerío ése, no me agarran ni en pedo. Que Pupi estuvo con Toti, que era el ex de Manu, que salía con Leo, que... No, boludo! Ni en pedo. Y los novios de las pendejas esas, los sometidos esos, ni en pedo. La última vez que se cruzaron con la redonda, fue cuando se chocaron con la bocha de polo los tarados. La otra vez venía de ver Instituto - Belgrano. Partidazo. Bueno, estaba uno de estos flacos... Nicky le decía la novia... Buah, cuestión que yo me puse a hablar del partidazo que recién terminaba de ver. Y el pelotudo salta y me dice "Belgrano... Y qué jugaban, cerca de Barrancas?" No, casi lo mato al imbécil. Pero la verdad, había garpado una banda porque ella se moría por ir y bueno... Vos decís que Carla va? Vos la dejás ir? Buah, si vos decís que sale joya, todo bien. Clara es un toque más tranqui que las otras locas... No, quiero decir, que es re tranqui, así que si la acompaña a Maru, va todo bien. Sale La Reina?

Vamos a Pachá no? Viene Lali no? Ah, menos mal. No, bolu', pasa que el otro día me dijo que Tomy se re calentó porque se enteró lo del chino...Y sí, pero también, si le cuenta a Luli que es la mejor amiga... Qué sé yo... Que se joda, también.. No, nada, a mí me encanta salir con ella, porque es como siempre, como cuando estábamos en quinto...Sí, buenísimo, las mejores noches con Lali. No, Car, no te enojes... Con vos también la paso increíble, pero vos me entendés, es que Lali es más zarpada, vos sos como más tranqui. Pero la pasamos re bien cuando salimos, lo sabés! Jajajaja... Bueno, dónde nos encontramos? En lo de Romi, ajá. Y Sofi? No viene? Por qué? Ah, el novio... Sí, ese pibe... No, es un desastre. Yo le dije que lo controle. Sí la otra vez fui yo con Fede, porque sabía que salía con él y un par más de los chicos, y Sofi no quería ir sola con ellos. Pero sino, ya sabíamos que iba a cagarla mal. Así que lo convencí y fui con mi bebé. Sí, igual, un embole, porque claro, como estaba ahí se hacía el buen pibe, pero estoy segura de que cuando sale con los pibes solo, yo lo conozco, se debe hacer el langa mal... CÓMO QUE VAN HOY A LA REINA?! NO ME DIJO NADA!! Ves?! Ves?! Después me dice que no, que no pasa nada, que sale con los chicos, pero no, yo lo conozco...Ah, ahora me va a escuchar. Pero no importa, porque entonces cuando salimos, olvidate, hoy la rompemos. Y que termine como termine. Si el se puede ir de joda con los amigos, yo también!

29 de septiembre de 2009

La guerra de los sexos I - La batalla de la cordura emocional

Hola? Hola? Estás ahí? Ah, no... Bueno, cómo andás? Yo bien, como siempre, eh... Bueno, nada, quería saber cómo andabas, cómo seguías, cómo habías terminado la noche... A la noche te llamo de vuelta... Besos.-

Hola, cómo andás? Nunca te encuentro eh? La verdad, no me gusta nada esto de dejar mensajes... Odio no saber si los escuchás, si te enterás de que te los dejo. Quería saber cómo andabas, si todo estaba mejor. Un beso.

Dani? Hola? Ahh... Cómo odio este contestador... Bueno, espero que esté todo bien. Ehhh... Bueno... Cuando puedas, si querés, llamame. Yo tengo el celular prendido. Besos.

"hola!como tas?todo bien?te deje un mje en el contstador.me llamas?besos"

Quince-Cuatro-Tres-Ocho-Cuatro-Doce-Setenta y siete... Hola? Hola! Por fin te encuentro! Cómo andás? Ah, andás ocupado? Podés hablar?... No, nada... Te llamé, te llegaron los mensajes? Ah, no tenés crédito...Esta bien. No, nada, quería saber cómo andabas, porque como no me llamaste...Sí, claro, estuviste ocupado. Sí, claro... Sí, perdoname, no quería molestar, pasa que... Ah, mucho laburo. No, todo bien yo. Acá, lo mismo de siempre, con la facu... No! No te preocupes, sólo quería preguntarte cómo andabas...Dale, dale, buenísimo, espero tu llamado entonces. Suerte en la reunión! Besos!

Hola? Hola? Tututututut.

Hola?...

"che,como andas?"

Contactos - Juli Kimia - Llamar... Hola? Ah, cómo andás? No, todo bien. Sí, mucho bardo, un kilombo estas semanas... Che, qué hacés esta noche?... Bueno, vamos a cenar? Dale, paso tipo 9 entonces. Cómo era tu dirección? Ah, cierto... No, después vemos qué hacemos, no te preocupes. Te veo a la noche entonces, besos.

Hola, Dai? No sabés! Me llamó! Sí, viste? Yo sabía que era un tímido... Claro, es que estaba a full con el laburo, pobre... Sí, me invitó a cenar, un divino. Sí, y seguro que después me lleva a pasear por algún lado. No, cómo decís eso? Él es distinto, no es como el resto. Nah, nada que ver, boloa'. Él es más tranqui, un pibe simple, nada que ver con los últimos. Seh... Que vos lo conocés? Cómo? Ah, salió con Nani? Pero sigue con ella? No sabés... ahora la llamo a Nani y le pregunto... No, claro, con razón se acordó de salir conmigo... Claro, se debe haber peleado con ella, y ahora para darle celos quiere salir conmigo. Que hijo de...Ah, pero no sabés? Bueno, ya fue, yo lo llamo y le digo que no. A mí de tarada otra vez no me toman... Vos te das cuenta? Siempre lo mismo yo! Soy una boluda... Por Dios...No lo puedo creer que siempre me pase lo mismo... Che, Dai, te dejo así lo llamo a este pibe y después a Nani, que ya me va a escuchar la conch...!!

Nico? Cómo andás? Seh, una loca la flaca. Sí, la piba esa, la de Kimia. Sí, la llamé ayer para ir a cenar. Todo bien, parecía una mina bárbara la verdad, pero quince minutos después me llamó llorando y re loca la flaca. Seh, un desastre. Me dijo que era un hijo de puta, que no sé que más... No sé, la verdad que no le entendí nada. Creo que me dijo algo de Mariana, pero ni idea. Sí, capaz que la conoce, qué se yo. Otra loca la verdad. Che, qué hacen con los pibes hoy? Sale partido? Bueno, avisale a Nacho que yo voy... Sí, dale, y hoy invito yo, que ando con plata encima, jajaja....

24 de septiembre de 2009

Simulando.

El pelo suelto para disimular el tamaño de la cabeza. Los lentes con marco angosto, para no ensanchar más la cara. El flequillo largo que disimula el frentón que llevo por delante. El delineado que abra mis ojos chiquitos. Un labial rojo que resalte mis labios pequeños. Un par de pantalones ajustados que muestren mis piernas no tan macetonas. La camisa abierta para ocultar los 5 kilos de más. El corpiño push - up para ocultar la falta de ataque. Las zapatillas que disimulen los pies anchos. La malla al cuerpo bajo todo que forme la figura que no existe. Las uñas semipintadas para parecer un poco menos falsa. El cinturón rockero comprado en Once igual al que las colegas mueren por comprar en Palermo. El reloj pulsera infaltable para ocultar mi natural impuntualidad. Mi pulsera negra que desaparece bajo las mangas largas de la camisa grunge. El aspecto general que me categoriza, me conforma, me define, me ubica en tiempo - espacio - ideología - capacidad - resistencia - conformidad.


Y en mis auriculares, sonando de fondo al paisaje urbano que me rodeaba, "Live Forever" de Oasis. Mi cabeza lo más abierta posible, el cerebro lo más desarrollado posible y las ganas de seguir avanzando para hacer avanzar, ocultando la imbecilidad social.

16 de septiembre de 2009

Parecía.-

Suspendido y único, pero tan complejo como siempre. Parecía que flotaba, parecía que no era, parecía tantas cosas que llegaba a desaparecer. Pestañeó y se levantó, con el esfuerzo de sus pocos años que tantos parecían al lado de los míos, riéndose, como siempre. Parecía tan cercano, y todo el tiempo me resultaba extrañamente distante en su sonrisa. La baldosa floja y su poca estabilidad hicieron que una carcajada en estéreo se escapara, haciendo que lo que estaba alrededor pareciera un simple contexto, una mera casualidad. Cruzamos con miradas infantiles al alma ensordecedoramente abrumada del otro, y encontramos lo que no veíamos en nosotros mismos: nuestra sencillez. Lo ayudé a levantarse nuevamente, y con la risa todavía entre los labios, las ganas de cambiar el mundo se hicieron más palpables. Paso a paso las utopías que minutos atrás parecían increíblemente imposibles ahora no eran otra cosa más que proyectos a futuro. Había en su voz una sutil e innata mentira, y en sus palabras, la ironía que llevaba a sus entrelíneas un poco más allá. Ya no era la queja, era la diferencia. Ya no era el mundo inentendible rodeándonos, era el próximo bienestar que parecía no sólo alcanzable, sino reveladoramente acogedor. Una bocanada de aire con aroma a lluvia se entremezcló con la esencia de menta y recorrió en un abrir y cerrar de ojos desde la punta de mi nariz hasta el dedo meñique de mi pie derecho. Todo mi cuerpo sintió la frescura que su alma parecía proyectarme, y aunque era peligrosamente inalcanzable, me dejé llevar por la idea de que la posibilidad de volver a ser una niña estaba frente a mí. La gravedad me jugó una mala pasada y, entendiéndome par, sencillamente sonrió mientras a través de sus ojos estallaba en carcajadas una atrás de la otra. Me reí yo para liberarlo de semejante presión, y el no pudo contener más lo que él creía burla, pero yo entendía como libertad. Hábilmente me dejó llevar por su mano, y fue entonces, no sé si en el momento en el que planté firme los dos pies en el suelo, o en el que lo solté, volví a la realidad. Nunca, jamás en mi vida, la realidad había parecido tan cercana a la irrealidad de la locura.

10 de septiembre de 2009

El deshormiguero más grande del mundo.-

Millones de ellos se mueven, siempre tan apurados, bajo el rayo de sol o la lluvia, haciendo lo que corresponde. Se golpean, se atropellan, sa aplastan, y siguen haciendo lo que corresponde. Todos casi negros, todos casi grises. A su alrededor el maravilloso color de la vida, pero no les compete anexarse a ese movimiento alegre de hojas, flores, pájaros, agua, rayos, viento. No, porque no es lo que corresponde.
Siguen derecho, siguen caminando. Rompen las barreras de las vías para acelerar el paso. Llegan temprano a lugares vacíos, llegan tarde a lugares llenos. Nada de eso importa, ellos continúan con su movimiento constante y sin pausa, pues es lo que se corresponde.
Siempre con pasos increíblemente marcados y seguidos uno del otro. Con ojos más parecidos a cataratas que a lagos, siguen andando, pasando. Se mueven, van, vienen, se cruzan, se anudan. Y siempre tan solos. Pero eso sí, siempre haciendo lo que corresponde.
De repente, estrepitosa y sorpresivamente, colapsa su armazón de metal. No sé si los agobia el miedo o siguen haciendo lo que corresponde.
Caído el Parlamento, la ciudad no colpasa. Los niños siguen, portando sus mochilas. Las madres siguen susurrándelos que los aman. Los abogados siguen ajetreadamente vacíos. Y los médicos, fríamente encamillados. El movimientos no se frena ni por un momento. Simplemente siguen, procurando moverse lo suficiente como para evitar ser ellos la próxima víctima. Si hace falta, desarmarán el origen del mundo. Si es lo que corresponde.-

6 de septiembre de 2009

Ella.-

Y volvió. Después de que había parecido que se hubiese escapado, que hubiese desaparecido, que quizás, por alguna razón, simplemente quizás, hubiese muerto. Pero no, ahí estaba, parada frente a mí tan viva como la última vez que la había visto. Incluso, describirla la haría sonar a aquella que alguna vez convivió conmigo, volviendo de mis días una pesadilla. Sus rulos ahora más amplios pero igual de castaños, sus ojos miel que parecían haber sido atravesados por meses de tristeza, menos cintura, más miedos y una voz que sonaba parecida a la última vez que le había escuchado, pero que cargaba con el peso de haber recibido los golpes de la soledad.
Anonadada en la sospecha de que llegaba para no irse pronto, la revisé de pies a cabeza y de nariz a a nuca, tratando de encontrar en ella las diferencias con la última vez, tratando de entender qué la hacía volver. No dijo palabra, incluso sabiendo que moría por preguntarle lo que mis ojos ya le estaban reclamando que explicara. Es que siempre fue así de arisca, de cínica: llegaba para no irse y para dejarme con la intriga de para qué venía hasta el momento en el que me decía "me voy", y yo sabía que ya lo había conseguido.
Suspiré hondo, tomé en mis manos la fuerza que necesitaba para pedirle que se fuera, y la tomé de un hombro. Un escalofrío recorrió cada una de las vértebras de mi columna: una catarata de imágenes que más que recuerdos eran avisos y consejos de precaución me atacaron sin darme tiempo a respirar. La solté, pero no por decisión propia, sino porque su aura estaba rodeada de la energía que un cable pelado puede proyectar. Me miró, sabiéndose victoriosa, sabiendo que ya había perdido esas fuerzas que había recolectado y que no había manera de echarla de allí.
Volví a alejarme lentamente, mirándola a los ojos, esperando que me dijera que no iba a quedarse, que esta vez iba a dejar mi vida en paz, que por más catastrófica que en ese momento fuera la sucesión de mis días, ella no iba a inmiscuirse para que fuera aún más compleja. Esperaba eso y mucho más, pero como siempre, no dijo nada. Me miró y sonrió, socarronamente, dejándome bien en claro que ella ponía las condiciones en su estadía, así como el plazo y el objetivo. Una lágrima se deslizó imprudentemente por mi mejilla dejándole bien en claro que lo había entendido, que no haría nada por detenerla y que una vez más, estaba habilitada a darle un giro de 180° a mi vida. La última vez, algo la había frenado, pero esta vez entendí que venía a terminar lo que había empezado, y nada la detendría.-