6 de octubre de 2010

La gorra.-

"...lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado..." - Las Pastillas del Abuelo


Cuando abrió el ropero, la gorra cayó desde el estante más alto, a sus pies. La levantó con tranquilidad, hacía años que no la veía. Sin embargo, no tuvo ningún problema para recordar de dónde había salido. Alguien que en un recuerdo ahora parecía extrañado se la había dado, en una mezcla de amor con idolatría y necesidad de cariño. Se sentó en el borde de la cama, sin poder dejar de pensar en aquella persona, ahora tan lejana en el tiempo y posiblemente en el espacio, que con un gran sentimiento le había regalado algo tan sencillo y maravilloso al mismo tiempo. "Una gorra...", pensaba y repetía en su mente. Pocas veces había recibido un regalo tan simple, pocas veces había recibido un regalo tan sincero, pocas veces había recibido un regalo tan certero. Lo que sí, cientos de veces había olvidado regalos, sentimientos y personas que en algún momento de su vida la habían desconcertado y, quizás, hecho feliz. Por supuesto, la tarde húmeda, pesada y lluviosa no le dio permiso para que retomara sus tareas habituales.
Sentada en la cama, con la gorra entre las manos, decidió que ya era momento de redescubrir sus propios recuerdos. Dejó la gorra apartada y se acercó a su placard, para sacar una caja que creyó perdida en alguno de los agujeros negros que llamamos "mudanzas". Revisó papeles, fotos, cartas, notas y tarjetas de cumpleaños que había acumulado durante los años. Lo que más la impresionó no fue la cantidad de papeles que había acumulado, sino la cantidad de gente que ya no estaba en su vida, o no lo estaba de la misma forma que aparecía antes. Ahora bien, quizás, lo que más la aterrorizó fue su imagen distorsionada que los recuerdos le trajeron, y la imposibilidad de reconocer si la presente o la pasada era la real. 
Al cabo de un par de horas de rodearse de papeles y memorias, la primera lágrima cayó. Atrás de ella vino otra, y otra, y otra... 
A la mañana siguiente, se despertó rodeada de los mismos papeles que la durmieron. Los tomó con delicadeza uno por uno, los guardó de nuevo en la caja, y en ella agregó la gorra. Mientras preparaba el desayuno, nuevamente lagrimeó un rato. Otro poco más cuando lo comía, y salió impecable a trabajar. Sin embargo, no pudo sacarse de su mente a todos los que habían acompañado el camino que la había llevado a ser quien ahora era. A algunos los extrañaba, y mucho, sobre todo a aquellos que le habían demostrado que la alegría y el amor existían; a otros, agradecía tenerlos lejos, en particular a los que le habían demostrado que el mundo está completo de personas que no entienden lo que es la amistad; a otros, agradecía por tenerlos a su lado todavía.
Mientras el colectivo doblaba por la entrada al barrio, respiró hondo. Suspiró todavía más profundamente y sacó de su mente la imagen de tiempos pasados, añorando la época en la que no sentía. 
Cuando bajó y lo vio, tan temprano, tan lejos, tan dormido, en la puerta de su trabajo, todo desapareció de su mente, y disfrutó de su primer comienzo de año besando a quien la amaba. 


13 de septiembre de 2010

Felicidad / Infelicidad (La vida no siempre es sueño).-

¿Alguna vez sentiste que no tenías motivación para seguir con casi todo? ¿Que lo que te quedaba a futuro no era más que un proyecto de alguien que no estabas muy seguro de querer ser? Quizás sí, quizás no. Muchas veces la esencia de no tener nada a futuro es la seguridad de tenerlo todo hoy.Saber que mover un dedo significa creerse Dios, y que pegar un grito nos puede transformar en un segundo en basura descartable. Somos los que los demás quieren que seamos, lo que el mundo espera de nosotros, lo que la sociedad sabe que podemos dar. El gran problema de este planeta es que, a veces, nos levantamos del revés y algunos podemos ver que no necesariamente es así. Y es fácil cambiar todo cuando estamos solos, cuando nada ni nadie depende de nosotros; pero cuando algo tiene sus raíces en nuestras almas, es difícil diferenciar qué es lo mejor. ¿Seguimos el camino prefabricado que creemos haber elegido porque alguien nos vendió que somos los verdaderos dueños de nuestras vidas, o efectivamente tomamos el control de lo desconocido, es decir, de nosotros mismos, y buscamos lo que nos hace felices?  ¿Cuál de las dos felicidades es la real? ¿De cuál es de la que podemos nutrir lo trata de vivir con nosotros?

Felicidad de tener un título. Felicidad de cumplir con el sueño de mamá y papá. Felicidad de ser la mejor. Felicidad de no ser la mejor. Felicidad de luchar por lo que creemos justo. Felicidad de creer en algo real. Felicidad de ir en contra de la pantomima. Felicidad de cubrir los huecos. Felicidad de ser honestos con nosotros mismos. Felicidad de sabernos los únicos honestos entre el resto de la humanidad. Felicidad de no perdernos en la nebulosa de lo irreal.

Infelicidad de no creer más en la gente. Infelicidad de nunca llegar, aunque lleguemos. Infelicidad de nunca ser lo suficientemente buenos. Infelicidad de tener que complacer. Infelicidad de siempre dejarnos para el final. Infelicidad de cumplir tus deseos. Infelicidad de ser lo que los demás quieren por facilidad. Infelicidad de cumplir con los designios sociales. Infelicidad de ser feliz. 

Infelicidad de no poder decirte que soy infeliz, porque jamás me lo justificarías. Felicidad de que no me importe lo que pensás, tanto que te digo lo infeliz que soy.

Felicidad de tener a alguien que se preocupa por mí. Infelicidad de saber lo infeliz que lo puedo hacer. 

30 de agosto de 2010

El niño interno.-

El sueño que vislumbraba se agotó.
Nuestras miradas quietas se ahogaron en la 
ignorancia de sabernos vivos. 
Y así, de repente, la nada.

Tengo un par de secretos
que guardo con rencor
(con el miedo de perder lo que sabemos
que no podremos recuperar).

Supongamos que no hay silencios
sino que todos los ruidos
se aúnan en un sólo pueblo,
en una calle, en una canción. 
Cuanto más gritamos
menos nos herimos.
Cuanto más callamos
menos te siento.

A lo lejos, una balsa.
A lo lejos, cientos de miles de 
hogueras.
Nosotros, inertes, nos amamos,
suponiendo que todo pasa sin ser.

Cuando los aullidos de la noche
me llaman al silencio, 
te espero.
Éramos únicos,
todo, no había más.

Un rayo aniquila mi imaginación.
Tus ojos, la hiel que me carcome.
Y acá yo, esperando a que tu sensatez se vaya.

[Necesito que te rías]

24 de agosto de 2010

La historia del amor.-

Hacía tiempo que había dejado de escribir historias de amor. Es que, a diferencia de la historia en general, la historia de amor se escribe por los que pierden. Seamos honestos, ¿a quién le gusta leer que efectivamente en algún jardín vecino el pasto es más verde? 
Me van a decir que los cuentos de hadas sí terminan bien, y que todos nos cansamos de leerlos. Lamento tener que corregirlos, pero los cuentos de hadas no terminan bien, sino que sencillamente no terminan. El encuentro inicial mágico del amor lo conocemos todos, pero después del beso del príncipe azul, ¿qué? ¿Conoció a la familia de la novia y fueron todos felices? ¿Pasó noches enteras con la mejor amiga de su princesa y nunca se le cruzó un diablito que otro? ¿Jamás se pelearon por la frazada? Vamos, los cuentos de hadas son la mitad de la historia.
Las historias completas que escuchamos siempre terminan mal. Y no hay otra forma: cuando una historia de amor termina, termina mal, insinúa algún músico popular por ahí. Ya sea que uno disfrutó de siglos con el amor de su vida, y de repente nuestro amor se decidió por aburrirse de la Tierra e irse; ya sea que lo conocimos por unas cuantas horas y nos dejó esperando con el corazón en la mano en la puerta de nuestros sueños.
Yo estoy convencida: las historias de amor las escriben los que pierden. Y por eso, hacía tiempo que no podía escribir. De buenas a primeras, él volvió a recalar en mi vida. Él, que parecía haberse esfumado con la simple necesidad de ser un recuerdo, había vuelto a despertarme. "La historia del amor la escriben los perdedores, porque nadie gana con el amor. Es una fantasía colectiva de dos que confluye los silencios solitarios en un silencio más hondo. Si alguien gana, no es amor, es consumo. El ganador se está llevando cosas de la otra persona, que lo que gana, pero siempre sabe que es como robarle un caramelo a un chico, lo que le impide estar orgulloso de ello (y mucho menos, contarlo)".
Debajo de la lluvia volví con sus palabras en mi mente, revoloteando como mariposas. Llegué a mi cuaderno sabiendo que no tenía razón. Es verdad, la historia del amor no la escriben los ganadores ni los perdedores. La historia del amor la escribe él mismo, que como todos nosotros es amo y señor de su destino; y nosotros acá, esperando a ver cuando le toca toparse con nosotros, para poderlo contar. 

19 de agosto de 2010

Del misterio de la ciudad y el bosque.

Era una noche como cualquier otra y tan distinta a las demás que asustaba. Sus ojos de cristal se habían transformado en brillantes llenos de magia, y cuanto más se despertaban, más iluminada parecía la realidad. Todo a nuestro alrededor era sincero (creo que jamás conocí otra luz tan brillante como aquella), dejando que corriéramos por la verdad como quisiéramos. Cuanto más corríamos, más necesitábamos seguir. Nos sentíamos eterno, inmunes a la verdad y a la mentira, únicos en el planeta y acompañados por una humanidad que no tenía la menor idea de lo que la vida era en realidad. Subíamos escaleras, escalábamos balcones, atravesábamos milenios, cumplíamos nuestra misión de cambiar el tiempo a la perfección. Si algo nos impedía seguir, no frenábamos ni nos sentíamos perdidos, ah no. Respondíamos con lucha, pasión y risas. A cada paso, los obstáculos aparecían y desparecían con la misma facilidad que un sueño desaparece cuando nos despertamos.
Contábamos con la ayuda de la oscuridad de la ciudad para seguir todos los pasos, pero no significa eso que sin ella no lo hubiésemos podido hacer. La valentía de su mirada le respondía a mi pavor que la más suculenta recompensa nos esperaba al final de semejante recorrido. Sumaba más misterios a su increíble pero oculta imaginación. Ninguno de los dos teníamos en claro si era suficiente con nuestro plan, pero creíamos en la suerte del principiante, y no nos dejábamos amedrentar por uno o dos que nos trataban de disuadir.
Acomodamos nuestros cuerpos y mentes a la tarea a terminar, y continuamos por las sinuosas calles de la urbe, que poco a poco se transformaban en desiertos a medida que la noche les absorbía la vida con su penumbra. No voy a mentir, no podría: no podía estar más aterrorizado. Pero era así cuando estábamos juntos: nada era demasiado fácil, nada demasiado imposible, nada era absoluto. La relatividad de la posibilidad de caer no era una opción para nosotros.
Volamos alto, muy alto, soñando con paraísos infinitos y universos del tamaño de un alfiler. Las estrellas que nos encandilaban se fundían lentamente con la imagen de nuestros deseos, y los árboles que nos rodeaban se volvían inertes al paso de los minutos. Todo en nuestro cielo se fusionaba con espejos de colores y monedas de chocolate. Cualquiera hubiese tratado de entenderlo, nosotros nos conformábamos con agradecer que podíamos vivirlo.
De repente, un horizonte en carne viva nos avisaba del final de nuestra empresa y el comienzo del retorno a casa. Héroes los dos, salvados por la vitalidad misma de la naturaleza y la felicidad absoluta de sabernos inmortales en nuestra finitud. Bajamos escaleras, descendimos balcones, volvimos el tiempo atrás. Nos dejamos vegetando en un amanecer de furia y dulzura, con la necesidad de volver a vivir lo antes posible, sabiendo que el deleite de esa noche era nuestro y que en nuestra misión, era el punto final.-     

10 de julio de 2010

Excepciones.-

Éramos las excepciones. Todo tiene una excepción que lo confirma (o reafirma), y alguien tiene que serlo para los demás. Pero no somos cualquier excepción, ah no. Somos de las excepciones inolvidables. Cómo no recordar el paquete de figuritas que vino con una de más, el paquete de papas fritas que tenía un chizito adentro, la botella de Coca con el premio en la tapita, o quizás esa pregunta imposible para todo el mundo que supiste contestar. Lo que sea, cuando pasan años y todavía lo recordás, es porque es inolvidable. Y así somos nosotros, las excepciones. 
Detrás de todos, éramos los que aparecíamos relucientes en el medio de la tormenta, blanco sobre negro, haciendo desaparecer todo a nuestro alrededor. Supongo que la naturaleza de algunos es estar fuera de lugar siempre. Las encuestas no nos tienen en ninguna opción, siempre estamos entre los otros. Somos la minoría de la minoría. Además, cuanto más intentamos camuflarnos entre la gente normal, más resaltamos. Las excepciones no podemos escondernos, porque es muy difícil transformar en invisible lo incandescente. 
Además, las excepciones son precisas y necesarias. Aparecen cuando más lo necesitamos, y eso las hace tan memorables. En los momentos más inestables, en los momentos más difíciles, más confusos, brillan las excepciones, demostrando que lo inesperado puede suceder cuando realmente es vital. 
Somos las excepciones, aquellas personas que sólo aparecen una vez en la vida, de manera inesperada, repentina, directa e inolvidable. Somos los que sostenemos la casa cuando empieza el terremoto, y salimos corriendo en cuanto termina para parar la inundación. Cuando menos lo esperes, ahí estará alguno de nosotros, levantando lo caído y ordenando el rompecabezas. Pero disfrutalo mientras dure, porque las excepciones son momentáneas y lo único que queda después es el recuerdo, tu recuerdo.  

23 de junio de 2010

Ceguera.-

Giran, giran todo el tiempo.
Y ellas, que no paran de moverse.
Yo acá parada, espero
que todo lo que mi cabeza decide sea.
Cuadran las mentiras que fueron
sinceras conmigo, conmigo.
Etérea melodía en mis oídos
la que ahora me desarma.
Y suspicaz el viento se desplaza,
rápido por los silencios que dejo
abiertos para que crezcan.
A veces todo parece simple
                                        [todo es simple]
pero el mar nos devuelve a la
irrealidad.
Despierto rodeada de grises
en una mañana con el más
                                      glorioso amanecer.
Acierto, creo, en pensar que
cierta vez me despertaré y seré
yo misma, la que se detiene y cree
que algo puede cambiar.
Lo que se encuentra a mi alrededor
se funde en negro
y me absorbe espacialmente.
Cegada por su brillo
tan distinto a mi realidad.
Suspiro de su aliento,
revivo por su mirar.
La única excusa para no
                                   [ya no]
abandonar.

9 de junio de 2010

Otra vez.-

Lo tenían todo. La tranquilidad, la paz, el amor, la felicidad. Todo ahí, al alcance de sus manos. Todo tan simple parecía. Lo habían visto cientos de veces, tenido en frente a sus narices en miles de ocasiones. Todas y cada una de ellas habían sido oportunidades de alcanzarlo, de conseguirlo. Todo se había concluido para que fuera lo que tenía que ser, y nada más. Suponía que lo habían visto: nadie podía ser tan estúpido como para no verlo. Era claro, evidente, casi que imposible de no chocarse con ello. Y ahí seguía, tan incólume como siempre. No pudo creer lo que veía... 

Otra vez se repetía la historia. Otra vez, como hacía años pasaba, rozaban sin sentir la oportunidad de ser completamente felices, y no la tomaban. Otra vez, abandonaban cualquier posibilidad de entender lo que pasaba a su alrededor. Otra vez, se conformaban con las mismas simples palabrerías. Otra vez, se creían lo que sus propias mentes inventaban, por sobre lo que los sentidos más extasiados les indicaban. Otra vez, volvieron a abandonar a la suerte que el destino cambiara. Otra vez, dejaron que el sueño se rompiera de nuevo. Otra vez, sin demasiado esfuerzo, cortaron los hilos que mantenían tejido el cielo. Otra vez, corrieron atrás de la mentira.

Después de ese día, la vida ya no fue la que conocían. Ya no habría otra oportunidad. El perdón y la felicidad estaban perdidos. 

Ella volvió a caminar, y decidió nunca más volver a comprender o perdonar. No se lo merecían. Por mucho que lo quisiera, ya nada sería lo mismo. Ella volvió a caminar. 

2 de junio de 2010

Dos.-

Dos noches pasó en vela. Dos noches, y seguía esperando para poder dormir. No es que quisiera hacerlo, pero claro, el cuerpo ya lo estaba pidiendo. Tenía todavía resto, pero el insomnio (que no lo era tanto) se prendía sin poder evitarlo, y allá caía cualquier posibilidad de volver a soñar. Respiró hondo y se dejó llevar.
Despertó aquella mañana sin recordar nada de la noche anterior, más que el momento en el que se acostó. Palabras sonaban en su mente, sombras que parecían personas se iluminaban en sus recuerdos. No estaba muy segura del día. Miró el reloj y le resultó intrusa la luz que se escabullía por las rendijas desde afuera hasta su rostro. Se levantó para darse cuenta de que había perdido dos días. Respiró hondo y empezó a pensar.
Salió a la puerta, sintiendo que el aire a su alrededor lo asfixiaba. Nunca iba a poder acostumbrarse a semejante sopor citadino. A veces, incluso, le costaba recordar porqué estaba todavía acá. “Ah, sí.”- pensó mientras subía los escalones.
Salió a la calle, sintiendo que todo a su alrededor era fantástico. “Nada es mejor que esta ciudad”. Caminó casi sin necesidad de mirar por dónde andaba, para llegar a su lugar. La peligrosa puerta del medio la vio entrar, tan airosa como siempre.
Suspendidos se quedaron, cuando una tarde de calor el pañuelo los cruzó y todo resultó perfecto y asfixiante. Nada peor ni mejor que un febrero en Buenos Aires. Todo a su alrededor se transformó en ese momento eterno. Algo quedaba de lo que pensaban hasta que se miraron. Esa necesidad de verse. Esa necesidad de verse por siempre. Esa necesidad que nunca más tuvieron que extrañar.


[Completos... Gracias por hacerme tan feliz...]

29 de mayo de 2010

Miedo.-

Miedo de que esto nunca termine.

Miedo, mucho miedo.
Miedo de no poder decirlo nunca.
Miedo, mucho miedo.
Una pared que corre hacia nosotros, 
y nosotros que no nos movemos.
Hoy, otra vez.
Mañana será otro día 
                               [más]
Miedo de no poder esconderme. 
Miedo, mucho miedo.
Miedo de no poder de dejar de llorar.
Miedo, mucho miedo.
Alrededor mío no queda nada,
nada más que el miedo que me rodea.
Así, simplemente.
Ayer ya pasó
                   [para siempre]
Miedo de no saber cómo volver.
Miedo, mucho miedo.
Miedo de no saber cómo solucionarlo.
Miedo, mucho miedo.
Cuando todo queda tan oscuro que
lo más claro es nuestra roída sombra.
Ahora, todo.
Ahora, nada
                 [nada más]

26 de mayo de 2010

Bocanada de aire fresco.-

Una bocanada de aire fresco, eso era ella para mí. Nunca entendí si estaba en su mirada, en su voz, en su risa. Creo que era mi ignorancia en el arte de entender su intrincada personalidad, pero fuera lo que fuese, era como volver a respirar cada vez que la veía.
De lo que hablaba, no lo sé. Hablaba mucho, y casi siempre sin demasiado filtro, lo que volvía sus cuasimonólogos bastante complejos de seguir. Hablaba de una manera fluida y y casi como si fuera un solo río, pero la realidad es que era un caudal insostenible de pensamientos.
Amaba como hablaba y yo no me dejaba amar. Más que amar, avasallar por su tierna locura. A veces, incluso, parecía que ella misma era avasallada por su propia pasión. No podía soportar que el mundo se cayera a su alrededor y ella no pudiera hacer nada para solucionarlo. Pero yo no entendía lo maravilloso que tenía su incontinencia emocional, incluso cuando eso era lo que me salvaba.
Una lluvia violenta durante una calurosa tarde de verano, eso era ella. Incluso aquella mañana en la que después de atacarme, desapareció para siempre.

21 de mayo de 2010

Nudo.-

Esa necesidad que me carcome ahora no es la misma que antes.
Antes, ese antes inmenso que atacaba todo lo que me rodeaba.
Esta angustia es nueva, y coincide con esa extraña manera de amar.
Incluso creo que ya no existe mi realidad, es todo fantasía.
En mi mente, un mundo mágico se crea y reprime constantemente.
No hace a mí desarmarlo o darlo a luz, es tan independiente como mi respiración.
Tu mirada acusadora en mis ojos se repite.
La película de tu partida y mi delirio se hacen una en sí.
Misteriosa manera de extrañar esta la de sufrir.
El dolor en el pecho no para, y pareciera que nada lo hace.
Desastre a mi alrededor, ruinas que se caen a pedazos.
Somos dos, soy una. 
Cada cual recita lo de cada quien y no hay palabra austera.
Como si la noche no me conociera, así, tan igual a siempre.
Y el silencio del sufrimiento corre en mis oídos
                                               [podría ser tan irreal como parece, pero no]

Ahora todo fluye en mi imaginación pordiosera.
Caen las imágenes con la facilidad de una escena fílmica.
Mis lágrimas, tus gritos, el rencor desalmado.
Quisiera ser un cuerpo.
Los cuerpos se destruyen al dejarse estar en el tiempo.
Las personas no tenemos esa suerte.
El presente, potencialmente tan agradable, no me regala su sonrisa.
Algo no está bien, dice alguien en mi mente.
Yo misma me deshago de las bondades y las risas.
Aunque no lo parezca, no soy tan honesta ni tan amena
                                                                    [somos dos los mentirosos]

No alcanza con decidirse.
No alcanza.
La presión cada vez más inútil se apodera de mi consciencia.
Mi inconsciencia se fue cuando perdió la última batalla de voluntades.
Es que nadie se queda donde no tiene nada que hacer.
Me siento frente a mí y me miro absorta. 
Jamás me imaginé tan insulsa y desabrida. 
Soy el fantasma de lo que esperaba ser.
La pantomima de tus sueños.
Tus ojos no están al alcance de mis manos, por mucho que lo intentemos
                                                                   [y sé que los dos lo queremos]

Las letras se hacen innumerables y la somnolencia empieza a vencer.
Somos los desesperados del amor.
Ese sentimiento esquivo que no nos quiere dejar en paz.
Veo el acto de nuevo y te imagino ya devastado.
Quisiera poder evitarlo, ser la persona que debería estar siendo.
No la que vos querés, ni siquiera la que yo quiero ser.
La que podría estar siendo. 
El enemigo público número uno te habla. 
Estás rodeado, no hay donde escapar ni cómo.
Cuanto más lo escondes, más te destroza.
Otra vez la noche se vuelve negra y la ciudad su perfecta cómplice.
Supongo que ya no puedo cambiar
                                       [las personas no cambian me dijiste]

Los ojos secos ya no llueven.
La hiel me atraviesa y las manos se mueven solas.
Suenan dos o tres notas ineptas.
Cuando aprendan a sonar serán realidades.
El tiempo que no vuelve pasa.
Pasa, pero no lo suficientemente rápido.
Quisiera no tener que volver a empezar nunca más.

10 de abril de 2010

Antología del patchwork.


Reencontrar el camino.
Atrás, en el silencio, no queda nada. 
Todo lo que puedo ver está detrás mío.
Detrás nuestro si así lo decidimos. 
Un pasado gris.

Sofocantemente agotador,
todo es único,
todo es distinto cuanto más similar parece.
Y ahora el cuerpo,
la sangre, la mente, el misterio, 
todo se traduce en miedo.
Pareciera que somos ángeles,
hell angels.
Eso creemos, y seguimos
habiendo encontrado el camino.

Asustada corro.
Me desarmo, me rearmo, me repito.
Leo en tu mirada
la suerte, el desamor, la ternura.
Cuando más segura
todo creía
más me destruyo.
Y no queda absolutamente nada
                                                 [nada por perder, 
                                                                            o por ganar]

La guerra de telón de fondo
supera cualquier sinfonía interna
que pueda revivirme.
Supongo que no lo oyes,
¿o es que no quieres oírlo?
Los truenos, los gritos, las balas. 
Acontece la noche.

Dejar un mundo añejo y descolorido.
Desgastado por el paso del dolor
y corroído por el paso del tiempo.
Todo en un solo movimiento.
Aunque no quieras creerlo, 
nada es lo que parece.

En mi mente, tú.
En mi mente, el pavor,
la soledad, austera.
Cuando menos la esperaba,
cuando la creía perdida,
en mi mente, ella.
                          [Y los suspiros del desaire cada vez más internos.]

14 de marzo de 2010

No poder escribir.-

No podía escribir. No salían las letras, no caían las palabras, no había historia que quisiera ser contada.  Quería escribir, tenía esa necesidad adentro, se los juro, pero no había forma. Ni que mi vida dependiera de ello podría haber expuesto idea alguna en el papel. Y ahí estaba yo, tan parecida a un helecho como jamás había estado. Ahí, casi sin vida, frente al teclado, insensiblemente mirando a una pantalla vacía que titilaba en blanco.
No es que no tuviera dudas y planes y sueños cruzando por mi cabeza. Tenía cientos, y cada uno de ellos era un desconcierto aún mayor. La hoja digital blanca parecía cada vez más vacía, a medida que los minutos pasaban sin transformarse en absolutamente nada. Cerraba los ojos, los volvía a abrir, y todavía seguía ahí esa mirada vacía que me devolvía el monitor.
¿Cómo podía ser que la noche anterior las frases fluían solas, la cabeza corría como si estuviera conectada a un motor, y ahora que sus pulmones clamaban más por inspirar la magia de lo escrito que oxígeno, no lograba hacer funcionar el engranaje?
Y no es que no supiera cómo superar esos momentos. No, claro, como escritora había superado bloqueos, miedos, incluso depresiones que me cerraban cada una de las ventanas que trataba de abrir. Pero esto era distinto. En esos momentos, no era la necesidad de escribir lo que me movilizaba a explayarme larga y (muchas veces) tediosamente; no, era la obligación y el requerimiento externo lo que me sentaba en frente de mi blanca ignorancia y, sin quererlo, escribía lo que el que me lo pedía quería leer.
Esta vez, me sentía como cuando aprendí a nadar: extasiada, necesitada de aire, libre, inútil. Esa palabra: inútil. Otra vez en mi cabeza: inútil. Inútil, inútil, inútil. Imposible hacer nada contra mi impotencia. Estaba completamente llena de fantasías y absolutamente vacía de técnica. No podía escribir.
Y ahí lo descubrí. Me di cuenta de lo que estaba pasando, de esa situación única que por primera vez me atacaba. No, claro que no era mi repentina falta de palabras. Por primera vez en mi vida, quería escribir sobre lo inescribible. ¿Cómo describir en palabras lo que ni siquiera muchas veces podemos saber que estamos sintiendo?
Entonces, volví a girar mi silla, de la pantalla del televisor pasé a mirar la pantalla de la computadora. Mis dedos y sus uñas recién pintadas de ese rojo carmín tan raro en mí se movían solos sobre el teclado. Y escribían, y escribían, y escribían…

“No hay forma de describirlo. No existen palabras ni poemas ni cuentos ni novelas ni enciclopedias que contengan forma de descripción de lo que siento. Hemos intentado combinar cientos de sílabas y millones de metáforas para contarlo y transmitirlo, pero lo más difícil es aceptar que a veces, por muy embebidos que nos encontremos en el lenguaje, no alcanza para expresarlo en su totalidad.
Conversaciones que duran hasta las 7 de la mañana. Relojes que destrozan los minutos, y que transforman tres horas en quince minutos. Miradas que completan todos y cada uno de los silencios. Sonrisas que se escapan, más allá de la voluntad de sus dueños. Imposibilidad de sacar la mente de esa otra ciudad. Saber que está tan lejos, pero tan cerca cuando recuerdo que vuelve tan pronto. Sobre todo, ese presente alegre que provoca saber que alguien más en este mundo se para a pensar si algo puede ser mejor que compartir ese momento, ese beso, esa llamada. Y comparando ese momento con todos los otros momentos que viví, estar completamente segura, absolutamente decidida, certeramente convencida de que eso es felicidad.
No hay forma de describirlo. Y si lo necesitamos describir, no podemos escribirlo. No importa cuánto lo intentemos. Sólo el cosquilleo en la panza, esa sensación imposible de describir nos avisa que vamos a caer.”

5 de marzo de 2010

Teoría de la Inapetencia.

Parecía mágico. Todo estaba donde lo había soñado. Y particularmente ella, como el centro de atención del mundo. Era un día fantástico. Todo se movía a su alrededor, como jamás el mundo lo había hecho. El planeta entero parecía respirar de sus suspiros, y la sangre que movía las entrañas de la Tierra, la suya propia. Cuanto había deseado alguna vez, todo resplandecía en derredor. Supuso que por primera vez, después de muchos años, finalmente las órbitas se habían alineado para regalarle una serie de días continuados de necesaria paz y sobre todo, felicidad. 
Parecía. Y le siguió pareciendo. Sobre todo por lo que pasó después, al día siguiente. Se desmoronó cada una de las piezas que había armado esa irrealidad amorosa. Canciones surgidas de la más absoluta nada, devociones de desconocidos, sigilosos enamorados que aparecieron de la manera más intempestiva y menos adecuada. Y su corazón, tantas veces pisoteado, ahora había sido inflado de manera nefasta. Inflado únicamente para después, con una pequeña pero punzante aguja, hacerlo explotar, de manera que nunca más se pueda volver a formar. 
Algunos le decían que a veces las pinchaduras no explotan, sino que desinflan, y hace falta una curita para poder solucionarlo nomás. En otros casos, le decían que era su destino, y que si su corazón debía astillarse y no poder volverse a armar, no había nada que ella pudiera hacer. Pero no les creyó ni a uno ni a otros. Se creyó a sí misma y a su teoría de la inapetencia. 
Teoría de la inapetencia: está en la mente animarse a amar. Basta con tomar la decisión de convencerse de que nada mejor va a salir de enamorarse, para dejar de querer enamorarse. Y finalmente, convencerse de que no queremos una pareja, particularmente un hombre. Teoría de la inapetencia. No tener hambre de amor, nunca más. 
Pero ahora se había olvidado de ello. Luchar de a uno, lo había aprendido. No quiero a esta persona porque... Pero ahora no, eran cuatro, y todo se desmoronaba encima de ella. Cuatro paredes que parecían destinadas a aplastarla indefinidamente. O por lo menos a lo que quedaba de su corazón. 
Ella se sentó delante de la pantalla y empezó a escribir. Sin nombres, sin historias, con lágrimas en los ojos y una sonrisa mentirosa en  su boca. Soltando de una buena vez y para siempre su decepción. Por última vez había tenido hambre. Ahora, la gula no tendría nunca más lugar. 

23 de febrero de 2010

Por la tangente, al unísono.

Debería ser el nexo. Lo que finalmente fusione las dos partes y las transforme en una. Debería ser siempre lo que nos confluye, los que ambos queremos, lo que nos transforme en lo idílico de nuestra imaginación. Dos adultos jóvenes buscando conectarse, que apelan a su sexualidad como medio de expresión. Y al final, como todos los medios comunicativos del siglo XXI, destruyen todo lo que habían creado en algún momento.

Crear una sincronía que se refleje en el movimiento del contorno de los cuerpos. Amoldarse uno a las necesidades del otro en simultáneo y al unísono, formando de la pareja esa imagen que crea la sombra de una única unidad. Se desarman en la comparsa de su propio rodar, y por mucho que lo intenten, no hay forma de desarmar lo creado. 
Todo sube, baja, se acerca, se aleja. Todo en melodía. Todo confluye. Todo explota de una buena vez, pero no por única vez. Todo se transforma en el recuerdo de lo que voló por las mentes de ambos. Todo ahora es la nada, un vacío a llenar. De repente, ahora todo desaparece como si nunca jamás hubiese existido. Y es entonces, en ese instante donde realmente todo se mezcla y recrea, o se desvanece. 
Él espera que esto no sea un sueño. La mira, y ve aquello que siempre quiso ver: su Lady Marmalade, su Mimí, la que lo seguirá a donde le pida, y a lo que le pida. No ve en ella una persona, ve lo que quiere ver: una mujer, una niña, una puta, a su mamá. Se ve a sí mismo, feliz, disfrutando de la comodidad de tener a su lado lo que necesite, cuando lo necesite.
Ella, ella se equivoca. Ella ve en esa cama, en esa tormenta que la atosiga, en quien ahora está a su lado, una compañía. Ve todo lo que cree necesitar: un amigo, un sentimiento, un deseo que apague lo que el alma le pide. Incluso, detrás de todo lo que desconoce, cree ver una especie de posibilidad de amor. Cree. Cree permanentemente en todo y en todos. Cree, y sobre todo cree en él. Sea quien sea "él" en ese momento, ella cree. Cree porque no puede darse el lujo de rendirse, no en esta ciudad. 
Se miran a los ojos. Él le da la espalda, buscando la primer excusa que le permita escaparse hasta tanto esté listo para gozar de nuevo. Ella lo mira a los ojos y busca entender lo que necesita, aunque sea físico. Lo encuentra, porque no es una ignorante - ninguna otra mujer los supo leer mejor -; y decide dárselo. La tormenta se desata paulatina pero incansablemente. La coreografía empieza de nuevo, otra vez tan conectados, otra vez tan lejos uno de otro. Los caminos paralelos se juntan en el infinito. Pero no hay hombre ni mujer que se jacte de inmortal.

14 de febrero de 2010

Del relato.-

Cada palabra era una lucha. Intentaba que las letras corrieran por la pantalla, pero apenas si habían aprendido a gatear. Las frases parecían paridas, y ni hablemos de las metáforas. Su personaje, el de Greta, se me transformaba cada vez en más complejo, impredecible y agobiante. Su némesis, Vera, era simple y fresca, casi que se sentía mágicamente natural. Creo que en esa antítesis estaba la magia de recrearlas, pero algo seguía sin congeniar. Frenaba al punto y aparte, y releía lo escrito hasta entonces. Al principio fueron doscientas, luego dos mil y alcanzaron a ser cientos de miles. Era un proceso agotador, pero cada movimiento tenía que ser coherente,  y cada suspiro de mi anotador se expresaba en lo que mis dedos tecleaban. No quedaba demasiado de la historia original, sencillamente porque el tiempo cambia todo, incluso las historias escritas. Quizás los nombres,algo en el brillo de los ojos de los personajes y en el sonido que tenían las palabras en mi mente al salir de sus bocas. Greta era de mediana estatura, morena, ojos marrones e inteligentísima. Vera, por el contrario, brillaba a cada paso, con sus cabellos rosados y sus ojos verdes, que combinados con la magia de su piel trigueña, la transformaban en alguien sensual y audaz.
Sus diálogos se daban en mi imaginación como si ya estuvieran guionados y programados en la televisión. Transcribirlos, por su velocidad, se volvía un tanto confuso e inocuo a la realidad, pero era necesario soltarlos. Es que la lucha dentro de mi cabeza parecía no tener fin, y no encontraba otra solución a la situación de sus dudas que dejándolas sueltas en los caracteres de la pantalla. Entiendo que no todo el mundo puede comprender lo que significa ser acosado por la naturaleza vivaz de sus personajes, particularmente cuando no han desarrollado la capacidad de compartir sus vidas con las creaciones de su imaginación. Para muchos, lo más sencillo es hacerlos desaparecer en la nebulosa de lo olvidado, y seguir adelante. Para algunos otros, descartarlos no es una real opción. 
En un momento explosivo, todo terminó. Su historia, y una parte de la mía. Releyéndolas, cada una se parecía tanto a mí que asustaban. Sin embargo, noté que no podía leer sus palabras en voz alta. Ahora era mi voz la que no podía escupir. Me dolía la garganta cada vez que intentaba nombrarlas o leerlas. Siempre supuse que lo escrito es tan parte de uno como lo dicho. Siempre creí en la sinceridad de la voz. Porque, seamos honestos, todos nos deschavamos cuando hablamos. Si nos duele algo, si estamos felices, si todo se cae a pedazos alrededor nuestro y no podemos hacer nada para salvarlo. No importa si sonreímos o si estamos llorando, en cuanto abrimos la boca no hay forma de evitar ser completamente sinceros. Y ahí estaba yo, sentada frente a ellas, frente a mí, completamente inútil. 
Me recosté pensando que había cumplido con mi obligación, pero angustiada. Toda mi vida se había desmoronado en cuanto leí esas líneas, esas que probablemente transformarían mi existencia en trascendental, pero que ahora eran crueles, casi masoquistas. Las palabras de Vera, esa fabulosa dama que se escapaba por debajo de mis yemas. Y Greta, que no dejaba que me escapara por la tangente. Amablemente me retiré de sus miradas, suplicando que ésa fuera la última vez que las veía. 

9 de febrero de 2010

Inabandonable.-



- "He's just NOT that into you"

Podría dejar todo como estaba, o podría volver a empezar. Cualquiera fuera la elección, todo parecía inútil: el problema esta vez tenía un nombre y ese nombre era yo. Yo y mi imaginación, una de esas pocas cosas que no logramos dejar en casa cuando nos escapamos al trabajo, a la facultad, al gimnasio. Y claro, en mi imaginación venía él, que en este momento se hacía llamar Esteban, pero podía cambiar sucesivamente porque él era mi imaginario príncipe azul. Él, la forma en la que hacía que me enamorara de él, le forma en la que buscaba que se enamorara de mí, lo felices que éramos cuando finalmente podíamos estar juntos. Cada minuto del día que se vaciaba se llenaba con su imagen y mi reciente y plagiada novela. Todo se repetía, en ciclos cada vez más cortos. ¿Y la realidad? Bien, gracias, creo. Hace tiempo que estoy alejada de ella. Es que sencillamente es más simple abandonarme a la victimización que viene después de darme cuenta de que más que príncipe azul, Esteban era un chico, uno más de esos que simplemente no estaban tan interesados en mí. Como lo habían sido cientos antes que él, y lo serían miles después. Porque, claro, la vida merece ser vivida de la manera más burbujeante posible, y si mi corazón estaba plantado en algún lugar extraño fuera de mi vida, entonces sería imposible que eso pasara. Pero lo que siempre recordaba, y siempre volvía a olvidar, era que mi corazón había quedado en algún otro lugar hace tiempo, algún espacio donde ya era imposible volver y recoger. 

- "Surgery or love?"
- "Both."
- "No, you can't have both. Surgery or love?"
- "Surgery"
- "Surgery"
- "Surgery"
- "Are you insane? Surgery is just a job. You'll get another one. But when love of your life goes far away from you, you can't get another one like it."
-  "I'm with them. Loves come and go. Surgery stays".-

La magia de la imaginación está en creer en sus creaciones. Sino, todo parecería falso y simplemente sería una mala parodia de la televisión. Pero cuando funciona correctamente, y le creemos, podemos llegar a vivir en ella, porque no podemos dejarla en un cajón al salir de casa. Entonces, debemos elegir: o vivimos en la realidad permanentemente, o nos mudamos a la imaginación. Y ahí es cuando todo se complica, si elegimos la segunda opción. Porque vivir momentáneamente en la imaginación nos expone a que cuando volvamos a la realidad todo sea absolutamente falso, y que el corazón haya comprado la historia que parte de la cabeza le vendió. Lamentablemente, detrás de ese reconocimiento, hay un paredón de 10 x 10 mts. Y nuestro corazón que va a 220 por autopista.